El hombre lobo de Almirante Brown
A fines de los años 60, en los descampados de Adrogué, Don Pedro vio cruzar una criatura enorme que no era un perro. Lo persiguió. Y lo que más lo aterró fue que lo miraba como una persona.
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A fines de los años 60, en los descampados de Adrogué, Don Pedro vio cruzar una criatura enorme que no era un perro. Lo persiguió. Y lo que más lo aterró fue que lo miraba como una persona.
Entre las estaciones de Ranelagh y Villa España, en Berazategui, aparecen pequeñas esferas de luz flotando entre los árboles. Algunos dicen que son reflejos. Otros, que son seres vivos.
En una misma casa de Caballito, tres personas de la misma familia, en tres épocas distintas, vieron lo mismo: hombres de otra época descendiendo la escalera del patio. Ninguno conocía el relato del otro.
Una casa abandonada en Lanús que nadie quiere habitar. En 2005, una familia entera murió allí en una sola noche. Los vecinos aún recuerdan los gritos y una voz grave que no hablaba en español.
Lila era una nena cuando su familia se mudó a un departamento de Dock Sud. Una madrugada encontró a su madre sentada sola en la oscuridad. La mujer giró y preguntó: ¿vos también sentís frío?
Manchas blancas frente a los invernaderos, puertas que se abren solas y decenas de gatos: los rumores que rodean al Jardín Botánico Carlos Thays cuando cae la noche en Palermo.
Una noche de invierno, un grupo de adolescentes entró a un departamento abandonado de Berazategui con velas y una copa. Las risas se volvieron gritos. Y después se escuchó algo que no era humano.
Alejandra escuchaba voces que la llamaban por su nombre en una vieja pensión. Después empezó a ver a una mujer alta de camisón blanco que, noche a noche, se acercaba más a su cama.
De madrugada, en Nueva Pompeya, Martín vio a una figura pálida agachada junto a un hombre que dormía en la vereda. Cuando levantó la cabeza, tenía la boca cubierta de sangre. Y sonreía.
Cinthia vio a un hombre con ropa de otra época fregando el suelo en la entrada de la Recoleta. Cuando giró la cabeza, él la miraba: sus ojos eran completamente blancos.
En ciertas noches de luna llena, sobre la calle Jorge Newbery, una figura cuelga de un árbol cerca del Cementerio de la Chacarita. Tiene los ojos abiertos. Pero no miran nada.
Durante quince años, Melo convivió con un espíritu en su departamento de Parque Chas: ventanas que se cerraban solas, un peso invisible sentándose en su cama y un cuadro arrancado de la pared.