Parecía una persona... pero no exactamente.
A poco más de cuarenta minutos de Plaza Constitución se encuentra Ranelagh, una de las localidades más pintorescas del partido de Berazategui.
Sus calles arboladas, sus antiguas construcciones de estilo inglés y sus amplios espacios verdes le otorgan una personalidad distinta al resto del conurbano bonaerense. Durante los fines de semana, cientos de personas se reúnen en las plazas cercanas a la estación ferroviaria para compartir mates, practicar deportes o simplemente disfrutar de la tranquilidad del lugar.
Sin embargo, cuando cae la noche, algunas historias comienzan a circular entre vecinos y trabajadores ferroviarios.
Historias sobre luces.
Pequeñas esferas luminosas que aparecen entre los árboles y los descampados ubicados entre las estaciones de Ranelagh y Villa España.
Algunos aseguran que se trata de simples reflejos.
Otros hablan de fenómenos atmosféricos.
Y unos pocos sostienen algo mucho más extraño.
Que son seres vivos.
La primera vez que escuché sobre estas luces fue a través de varios mensajes enviados por lectores de Obscura Buenos Aires.
Los testimonios coincidían en algunos detalles.
Las apariciones ocurrían principalmente durante la madrugada.
Las luces flotaban a poca altura del suelo.
Y parecían desplazarse con una inteligencia difícil de explicar.
Intrigado, decidí visitar la zona.
Tomé el tren hasta Villa España una tarde de otoño y recorrí el trayecto que conecta ambas estaciones.
Durante el día, el lugar resultaba completamente normal.
La avenida Luis Agote atravesaba sectores residenciales y espacios abiertos.
Los árboles formaban largos túneles verdes sobre algunos tramos de la calle.
Nada parecía sugerir la presencia de fenómenos extraordinarios.
Pero bastó conversar con algunos vecinos para descubrir que la historia era mucho más conocida de lo que imaginaba.
Ignacio fue uno de los primeros en hablarme del tema.
—Las vi varias veces —me aseguró—. Incluso llegué a fotografiarlas.
—¿Y qué eran?
—No lo sé.
Sonrió.
—Mi viejo dice que es un error de la cámara. Pero yo las vi antes de sacar la foto.
Otro vecino, Marcos, tenía una explicación diferente.
—Son hadas.
Lo dijo con total seriedad.
—Una vez vi una muy cerca. Tenía forma humana. Chiquita. Como una persona diminuta hecha de luz.
La descripción me recordó inmediatamente a ciertos relatos folklóricos europeos sobre seres feéricos.
Sin embargo, no todos compartían aquella visión.
Lucía, vecina del barrio desde hacía años, parecía mucho menos entusiasmada.
—Las veo desde mi ventana algunas noches.
—¿Y qué creés que son?
Guardó silencio unos segundos.
—No lo sé.
Miró hacia la calle.
—Pero no me gusta verlas.
—¿Por qué?
—Porque siempre aparecen alrededor de las tres de la mañana.
Su respuesta me dejó pensando.
La llamada "hora muerta" aparece con frecuencia en innumerables relatos paranormales.
Probablemente se trate de una coincidencia.
O quizás no.
La tarde comenzaba a desaparecer cuando decidí permanecer en la zona un poco más.
Quería observar el lugar durante el anochecer.
A medida que la oscuridad avanzaba, el paisaje cambiaba por completo.
Los árboles proyectaban sombras más profundas.
Los sonidos de la ciudad parecían alejarse.
Y algunos sectores del recorrido quedaban prácticamente desiertos.
Durante varios minutos no ocurrió nada.
Luego escuché algo.
Un ruido entre las ramas.
Levanté la vista.
No vi animales.
No vi personas.
Solo oscuridad.
Y entonces apareció.
A unos cincuenta metros de distancia.
Una pequeña luz blanca.
Suspendida entre los árboles.
Permaneció inmóvil durante apenas unos segundos.
Después comenzó a desplazarse lentamente.
No parpadeaba.
No parecía la luz de una bicicleta.
Ni de una linterna.
Tampoco de un automóvil.
Simplemente flotaba.
Observé cómo avanzaba entre los árboles.
Y de pronto desapareció.
Sin ruido.
Sin transición.
Como si nunca hubiera estado allí.
Quizás existiera una explicación racional.
Una luciérnaga.
Un reflejo.
Algún fenómeno óptico provocado por la distancia.
Pero incluso hoy me cuesta explicarlo.
Más tarde me refugié en una confitería cercana a la estación de Berazategui.
Mientras revisaba algunas fotografías relacionadas con los supuestos orbes, una camarera se acercó a mi mesa.
—¿Estás mirando las luces?
La pregunta me sorprendió.
Asentí.
Ella observó una de las imágenes durante unos segundos.
—Yo también vi una.
—¿Dónde?
—En la ventana de mi habitación.
Se presentó como Martina.
Y su historia fue probablemente la más extraña de todas.
—La luz estaba flotando afuera.
Pensé que era un reflejo.
Pero cuando me acerqué vi algo dentro.
—¿Qué viste?
Dudó unos segundos antes de responder.
—Un rostro.
—¿Un rostro humano?
—Más o menos.
Bajó la voz.
—Parecía una persona... pero no exactamente.
No añadió nada más.
Y tampoco quise insistir.
Porque algunas historias resultan más inquietantes precisamente por aquello que omiten.
Regresé a Buenos Aires entrada la noche.
Mientras el tren avanzaba entre estaciones pensé en todas las explicaciones posibles para aquellos orbes.
Fenómenos atmosféricos.
Errores visuales.
Reflejos.
Sugestión.
Pero también pensé en algo más.
En la persistencia de ciertas leyendas.
Porque las historias sobre luces misteriosas existen desde mucho antes de las cámaras fotográficas, de Internet y de las redes sociales.
Las encontramos en relatos indígenas.
En leyendas rurales.
En historias de viajeros.
Y también aquí.
En los suburbios de Buenos Aires.
Quizás los orbes de Ranelagh no sean más que una ilusión.
O quizás existan cosas que todavía no comprendemos.
Lo único que sé es que, si alguna noche caminás entre Villa España y Ranelagh y ves una pequeña luz observándote desde la oscuridad...
tal vez sea mejor no seguirla.