Algunas figuras desaparecen cuando las observás. Y otras, cuando ellas terminan de observarte a vos.

"Aquel que cuelga del árbol no está muerto. Está atrapado entre este mundo y el siguiente, suspendido en un purgatorio eterno."

El Cementerio de la Chacarita es una ciudad dentro de otra ciudad.

Detrás de sus altos muros descansan millones de personas. Presidentes, artistas, obreros, inmigrantes, desconocidos. Historias completas reducidas a una fecha grabada sobre mármol, bronce o piedra.

Con más de noventa hectáreas de extensión, es el cementerio más grande de Buenos Aires y uno de los más importantes de América Latina.

También es uno de los lugares que concentra la mayor cantidad de leyendas urbanas de la ciudad.

Apariciones.

Sombras.

Voces.

Y figuras que parecen negarse a abandonar el mundo de los vivos.

Entre todas ellas existe una historia particularmente perturbadora.

La del ahorcado de Chacarita.


La leyenda afirma que, durante ciertas noches de luna llena, una figura humana puede verse colgando de uno de los árboles ubicados sobre la calle Jorge Newbery, cerca de las vías del ferrocarril.

Los testigos describen siempre la misma imagen.

Un cuerpo suspendido.

Inmóvil.

Balanceándose suavemente con el viento.

Algunos aseguran que parece un cadáver reciente.

Otros hablan de una figura semitransparente.

Pero todos coinciden en algo.

Cuando intentan observarlo mejor...

desaparece.

Intrigado por la historia, una tarde de junio viajé desde Lanús hasta Chacarita para averiguar cuánto había de verdad detrás de la leyenda.

No tardé demasiado en encontrar personas dispuestas a hablar.

Martín fue uno de los primeros.

Trabajaba en la zona cuando tuvo su experiencia.

—Lo vi desde el colectivo.

—¿Qué viste exactamente?

—Un cuerpo colgando de un árbol.

Su respuesta fue inmediata.

—Pensé que era una persona real.

—¿Y qué hiciste?

—Nada. Me quedé paralizado.

Martín aseguró que, cuando volvió a mirar apenas unos segundos después, la figura ya no estaba.

Como si jamás hubiera existido.

La siguiente entrevista fue con Agustina, una estudiante universitaria que regresaba habitualmente de noche por esa zona.

—Lo vi una sola vez.

Señaló un enorme árbol cercano a las vías.

—Estaba ahí.

Su voz se volvió más baja.

—Parecía transparente.

Según su relato, la figura permanecía suspendida de una soga que colgaba de una de las ramas más altas.

—Lo que más recuerdo son los ojos.

—¿Qué tenían de particular?

—Estaban abiertos.

La respuesta me produjo un escalofrío involuntario.

—Pero no miraban nada.

Como si estuvieran perdidos.

Como si pertenecieran a alguien que ya no recordaba quién era.

Enzo, otro vecino del barrio, nunca vio la aparición.

Pero sí escuchó hablar de ella desde pequeño.

—Mi tío la vio cuando era adolescente.

—¿Y qué decía?

—Que tenía algo que ver con la fiebre amarilla.

Aquella observación captó inmediatamente mi atención.

Porque detrás de muchas leyendas suele esconderse algún fragmento de historia.


En 1871 Buenos Aires sufrió una de las mayores tragedias sanitarias de su historia.

La epidemia de fiebre amarilla provocó miles de muertes y colapsó los cementerios existentes.

Las calles se llenaron de carros fúnebres.

Las familias abandonaban sus hogares.

Y la ciudad parecía transformarse lentamente en un inmenso velorio.

Fue entonces cuando se habilitó el Cementerio de la Chacarita.

Para trasladar los cuerpos hasta allí se implementó un servicio especial que la historia recuerda como el Tranvía Fúnebre.

Día tras día, interminables cortejos recorrían la ciudad transportando a los fallecidos.

Muchos vecinos creen que la leyenda del ahorcado nació durante aquellos años.

Otros sostienen una historia diferente.

Hablan de un joven que perdió a la mujer que amaba durante la epidemia.

Incapaz de soportar el dolor, habría puesto fin a su vida cerca de la tumba donde ella descansaba.

Con el paso del tiempo, ambas historias terminaron mezclándose.

Como suele ocurrir con las leyendas urbanas.


Al caer la noche decidí recorrer personalmente el lugar.

Las calles cercanas al cementerio estaban casi vacías.

Los árboles proyectaban largas sombras sobre las veredas.

Y el ruido constante del tránsito parecía llegar desde muy lejos.

Caminé por Jorge Newbery observando cada árbol.

Cada rama.

Cada rincón oscuro.

Intentando descubrir aquello que tantos aseguraban haber visto.

Durante varios minutos no ocurrió nada.

Solo el viento.

Solo el sonido lejano de un tren atravesando la oscuridad.

Y entonces lo vi.

O al menos eso creí.

Entre las ramas de uno de los árboles distinguí una silueta oscura.

Inmóvil.

Suspendida.

Mi corazón se aceleró de inmediato.

Di algunos pasos hacia adelante.

La figura permaneció allí.

Observándome.

O eso me pareció.

Una nube cubrió momentáneamente la luna.

La oscuridad se volvió más profunda.

Y cuando la luz regresó...

ya no había nada.

Ni cuerpo.

Ni soga.

Ni sombra.

Solo ramas agitándose suavemente con el viento.

Permanecí varios segundos inmóvil.

Esperando.

Pero la aparición no regresó.


Aquella noche abandoné Chacarita sin respuestas.

Como ocurre con tantas leyendas urbanas.

No encontré pruebas.

No obtuve fotografías.

No descubrí el origen exacto de la historia.

Pero sí comprendí algo.

Las leyendas sobreviven porque hablan de nuestros miedos más antiguos.

La muerte.

La pérdida.

La imposibilidad de dejar atrás aquello que amamos.

Quizás el ahorcado de Chacarita nunca haya existido.

Quizás sea apenas una sombra creada por generaciones de vecinos.

O quizás no.

Quizás todavía haya alguien esperando entre los árboles.

Alguien incapaz de abandonar este mundo.

Alguien condenado a contemplar eternamente los muros del cementerio.

Y si alguna noche caminás por Jorge Newbery bajo la luz de la luna, tal vez te convenga no mirar demasiado tiempo hacia las ramas.

Porque algunas figuras desaparecen cuando las observás.

Y otras...

cuando ellas terminan de observarte a vos.