Que me estaba mirando como una persona.

Algún lugar de Buenos Aires, hace más de sesenta años

Don Pedro corría.

Corría como nunca había corrido en su vida.

Las calles de tierra desaparecían bajo sus pies mientras el corazón le golpeaba el pecho con violencia.

Detrás de él algo lo perseguía.

Algo imposible.

Algo que no debería existir.

La noche envolvía los descampados y los árboles en una oscuridad casi absoluta. Apenas algunas luces lejanas indicaban la presencia de casas dispersas entre los caminos de tierra.

Tropezó.

Cayó de rodillas.

Intentó levantarse.

No pudo.

El agotamiento había terminado por vencerlo.

Fue entonces cuando escuchó el gruñido.

Cercano.

Demasiado cercano.

Cerró los ojos esperando el final.

Esperando el dolor.

La muerte.

Pero en lugar de un ataque escuchó un aullido.

Un sonido largo y profundo que pareció atravesar toda la noche.

Y después...

nada.

Solo oscuridad.


Actualidad

El tren se detuvo lentamente en la estación de Adrogué.

Bajé al andén una mañana soleada dispuesto a encontrar respuestas sobre una vieja leyenda que todavía sobrevive en algunos barrios del partido de Almirante Brown.

La historia del Hombre Lobo.

O, como suele conocerse en nuestro país, el Lobizón.

Don Pedro me esperaba en un banco de la Plaza San Martín.

La edad había encorvado ligeramente su espalda, pero sus ojos conservaban una intensidad llamativa.

Junto a él estaba su nieto, que parecía mucho más interesado en su teléfono celular que en las historias de su abuelo.

Después de los saludos de rigor, fue directo al punto.

—Te lo dije por teléfono, pibe.

Hizo una pausa.

—Yo lo vi.


El encuentro

Según su relato, la experiencia ocurrió a finales de la década de 1960.

Por entonces, muchas zonas de Adrogué conservaban un aspecto muy diferente al actual.

Había menos casas.

Más terrenos baldíos.

Más oscuridad.

—Volvía caminando de noche.

La voz del anciano se volvió más lenta.

—Y lo vi cruzar la calle.

Le pedí que lo describiera.

Guardó silencio durante unos segundos.

—No era un perro.

La respuesta fue inmediata.

—¿Por qué?

—Porque caminaba raro.

Según Don Pedro, la criatura avanzaba sobre cuatro patas, pero sus movimientos resultaban extraños.

Antinaturales.

Como si no perteneciera completamente al mundo animal.

—Era enorme.

Mucho más grande que cualquier perro que hubiera visto.

También recordaba los ojos.

Brillaban bajo la luz de la luna.

Y lo observaban fijamente.

—Cuando me vio empezó a correr.

Yo corrí también.

Y después pasó lo que te conté.

Nunca supo cuánto tiempo permaneció inconsciente.

Cuando recuperó el conocimiento estaba solo.

La criatura había desaparecido.


Viejas historias

Mientras conversábamos surgieron otras versiones de la leyenda.

Historias transmitidas entre vecinos durante décadas.

Relatos sobre una bestia que aparecía durante las noches de luna llena.

Algunos aseguraban haber escuchado sus aullidos.

Otros decían haber visto una enorme sombra cruzando los descampados.

También existían explicaciones más racionales.

Una de ellas hablaba de un perro enfermo que aterrorizó a los vecinos durante años.

Según la historia, varios hombres organizaron patrullas nocturnas para encontrarlo.

Finalmente lo identificaron y acabaron con él.

—Capaz era eso —admitió Don Pedro.

Luego sonrió.

—Pero yo no creo.


La otra testigo

Cuando la conversación parecía terminar, el anciano recordó algo.

—Francisca.

—¿Quién?

—Ella también lo vio.

Me explicó que vivía a pocas cuadras y que años atrás había contado una experiencia similar.

No llegué a encontrarla aquella tarde.

Pero varios vecinos confirmaron haber escuchado su versión.

Y lo curioso era que coincidía en varios detalles.

La altura.

Los ojos.

Y la velocidad con la que desaparecía.


El misterio

Las leyendas sobre hombres lobo existen prácticamente en todo el mundo.

Europa tiene sus licántropos.

Estados Unidos sus hombres bestia.

Y Argentina posee al Lobizón.

Una figura profundamente arraigada en el folklore popular.

Tanto que incluso inspiró la tradición según la cual el séptimo hijo varón recibe el padrinazgo presidencial.

Quizás todo sea producto de supersticiones.

Quizás las historias nacieron a partir de animales confundidos con criaturas imposibles.

O quizás no.


Epílogo

Cuando me despedí de Don Pedro el sol comenzaba a descender sobre Adrogué.

Las calles estaban llenas de gente.

Autos.

Comercios.

Niños jugando en las plazas.

Resultaba difícil imaginar que, décadas atrás, aquel mismo lugar estuviera rodeado de terrenos vacíos y sombras.

Sin embargo, mientras caminaba hacia la estación, recordé algo que me había dicho el anciano antes de irme.

Una frase sencilla.

Pero inquietante.

—Nunca me dio miedo lo que vi.

—¿Entonces qué fue lo que te asustó?

Don Pedro bajó la vista unos segundos.

—Que me estaba mirando como una persona.

No respondió nada más.

Y por primera vez durante toda la entrevista tuve la sensación de que, quizás, aquel hombre todavía recordaba perfectamente lo que había visto aquella noche.

Porque los recuerdos suelen deformarse con el tiempo.

El miedo también.

Pero algunas miradas...

esas jamás se olvidan.