¿Qué pasa si después no quiere marcharse?

Existen juegos que atraviesan generaciones.

Algunos nacen para divertir.

Otros para desafiar el miedo.

Y unos pocos parecen haber sido creados para abrir puertas que jamás deberían abrirse.

Entre ellos se encuentra el Juego de la Copa.

Probablemente el ritual paranormal más conocido de la Argentina.

Basta una hoja de papel.

Las letras del abecedario.

Los números.

Una copa invertida.

Y la voluntad de hacer una pregunta.

Lo que ocurra después depende de quién cuente la historia.

Algunos aseguran que no es más que un juego.

Otros prefieren no volver a mencionarlo.

La historia que voy a relatar pertenece a este segundo grupo.


Hace años escuché un rumor que circulaba por Berazategui.

La historia hablaba de un grupo de adolescentes que había ingresado a un departamento abandonado cerca de la estación ferroviaria.

Se reunieron durante una noche de invierno.

Llevaron velas.

Una copa.

Y la intención de contactar algo que no pertenecía a este mundo.

Lo que ocurrió después nunca quedó del todo claro.

Intrigado por la historia decidí investigar.


Comencé preguntando en la peatonal principal de Berazategui.

La famosa Calle 14.

Como suele ocurrir con las leyendas urbanas, cada persona conocía una versión diferente.

—Escuché que estaban drogados —me dijo Gisela.

—Dicen que hacían rituales satánicos —aseguró Marta.

—Mi amigo conoce la verdadera historia —intervino Mauricio.

Aquella última frase terminó conduciéndome hasta David.


Nos encontramos en una cafetería cercana al edificio municipal.

Llegó casi una hora tarde.

Llevaba una carpeta negra bajo el brazo y observaba constantemente a través de las ventanas.

Parecía nervioso.

Después de algunas presentaciones comenzó a hablar.

—Yo vivía frente al departamento.

Su voz era baja.

—No participé de nada. Solo escuché.

Según su relato, aquella noche de invierno la lluvia golpeaba contra los vidrios de su departamento.

El viento hacía vibrar las persianas.

Y el edificio de enfrente, normalmente vacío, tenía las luces encendidas.

—Al principio escuché risas.

Nada raro.

Pensé que algunos chicos se habían metido para tomar alcohol.

Pero después empezaron a decir cosas extrañas.

David recordó algunas frases.

Preguntas repetidas.

Nombres.

Invocaciones.

Palabras relacionadas con espíritus y muertos.

—¿Estás ahí?

—¿Podés escucharnos?

—¿Quién va a morir primero?

Aquella última pregunta todavía parecía incomodarlo.

—Ahí me di cuenta de que estaban jugando a la copa.


Durante aproximadamente una hora continuó escuchando las voces.

Al principio todo parecía normal.

Incluso divertido.

Pero algo cambió.

—Empezaron a discutir.

Según él, las respuestas que obtenían a través de la copa comenzaron a generar tensión entre los participantes.

Las risas desaparecieron.

Y fueron reemplazadas por discusiones cada vez más agresivas.

—Escuché a una chica llorando.

Luego gritando.

David creyó que se trataba de una pelea.

Incluso consideró llamar a la policía.

Pero antes de hacerlo ocurrió algo que todavía hoy le cuesta explicar.

—Escuché un ruido.

—¿Qué clase de ruido?

Permaneció unos segundos en silencio.

—No era una voz.

—¿Un grito?

—Algo parecido.

Su mirada se perdió en algún punto de la mesa.

—Era como un rugido.

O un aullido.

Pero no parecía humano.

La respuesta me produjo un escalofrío involuntario.

Porque era exactamente el tipo de descripción que uno espera escuchar en una historia inventada.

Y sin embargo David no parecía estar exagerando.

Parecía recordar.


Minutos después llegaron varios patrulleros.

Las luces azules iluminaron la calle.

Los vecinos comenzaron a asomarse por las ventanas.

Y la actividad dentro del departamento terminó abruptamente.

—¿Qué pasó después?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabés?

—Nunca lo dijeron.

Según David, el lugar permaneció clausurado durante varias semanas.

Circularon rumores.

Muchos rumores.

Algunos hablaban de una sobredosis.

Otros de una pelea violenta.

Otros de un pacto.

Nadie parecía coincidir.

Y la ausencia de información terminó alimentando todavía más la leyenda.


Antes de despedirnos me mostró una fotografía.

No era la imagen de un demonio.

Ni una evidencia sobrenatural.

Era simplemente una vieja fotografía del interior del departamento tomada años después.

Las paredes estaban cubiertas de humedad.

Había restos de velas consumidas.

Y sobre el suelo podía distinguirse un círculo dibujado con pintura negra.

Probablemente una broma.

Probablemente parte del ritual.

O quizás algo más.

No había forma de saberlo.


Esa tarde regresé a Lanús con más preguntas que respuestas.

Como ocurre en toda buena leyenda urbana.

Quizás aquella noche no sucedió nada sobrenatural.

Quizás un grupo de adolescentes mezcló alcohol, sugestión y miedo hasta perder el control.

Quizás los rumores hicieron el resto.

O quizás realmente lograron contactar algo.

Algo que jamás respondió a la pregunta correcta.

Porque cuando la gente juega a la copa suele preguntar quién está del otro lado.

Pero casi nadie se pregunta algo mucho más importante.

¿Qué ocurre si realmente alguien responde?

Y, sobre todo...

¿qué pasa si después no quiere marcharse?