Tenía sangre. Mucha sangre. Y nos estaba sonriendo.
"Bebí de ella profundamente, y en el dulce trance de la absorción, volví a mi ser, y lo que encontré fue una sed aún más profunda."
Joseph Sheridan Le Fanu, Carmilla
Era una de esas noches en las que dormir parecía imposible.
El reloj avanzaba lentamente hacia la madrugada mientras yo recorría sin entusiasmo los canales de televisión.
Películas empezadas.
Programas repetidos.
Infomerciales absurdos.
Nada lograba distraerme de ese estado de vigilia incómoda que suele aparecer cuando el silencio de la noche se vuelve demasiado evidente.
Fue cerca de las cuatro de la mañana cuando mi celular vibró sobre la mesa de luz.
Un correo electrónico.
Pensé que sería publicidad.
Pero me equivoqué.
El mensaje provenía del formulario de contacto de Obscura Buenos Aires.
Y hablaba de algo que inmediatamente llamó mi atención.
Una aparición extraña en las calles de Nueva Pompeya.
Una figura cubierta de sangre.
Conocí a Martín pocos días después.
Nos encontramos en un pequeño bar sobre la avenida Sáenz.
Su aspecto llamaba la atención.
Vestía completamente de negro.
Llevaba varios anillos plateados y el cabello largo le caía sobre los hombros.
Sin embargo, más allá de su estética, había algo que resultaba imposible ignorar.
Parecía genuinamente asustado.
—Esto pasó el domingo a la madrugada.
La voz le temblaba ligeramente.
—Veníamos de un boliche con un amigo.
Tomó un sorbo de jugo antes de continuar.
—Nos bajamos del colectivo cerca de la iglesia.
Mi amigo estaba bastante borracho, así que decidimos caminar un poco antes de llegar a casa.
Nada parecía fuera de lo normal.
Hasta que lo vieron.
—Había alguien agachado junto a un hombre que dormía en la vereda.
Al principio creyó que se trataba de un robo.
O una pelea.
Pero cuando la figura levantó la cabeza comprendió que algo no encajaba.
—Nos estaba mirando.
Martín tragó saliva.
—Y no se movía.
Le pedí que describiera lo que había visto.
Guardó silencio durante varios segundos.
—Era muy pálido.
Demasiado.
Según su relato, el hombre vestía ropa oscura y parecía cubierto de tierra.
Como si hubiera pasado mucho tiempo bajo tierra.
O dentro de algún lugar abandonado.
—¿Y qué fue lo que te asustó?
La respuesta llegó de inmediato.
—La boca.
Apretó los dedos contra el vaso.
—Tenía sangre.
Mucha sangre.
Por primera vez durante toda la entrevista, desvió la mirada.
—Y nos estaba sonriendo.
La historia habría terminado allí de no ser por un detalle.
Tanto Martín como su amigo describieron exactamente lo mismo.
La misma figura.
La misma sonrisa.
La misma sensación de peligro.
Y ambos aseguraban que aquella persona desapareció pocos segundos después.
Como si la niebla que cubría la calle se la hubiera tragado.
Decidí viajar hasta Nueva Pompeya para averiguar si alguien más había escuchado historias similares.
La avenida Sáenz estaba tan concurrida como siempre.
Colectivos.
Automóviles.
Vendedores ambulantes.
Miles de personas atravesando el barrio sin prestar atención a nada más.
Resultaba difícil imaginar criaturas sobrenaturales en medio de semejante movimiento.
Sin embargo, las historias existían.
Edelmiro, un vendedor ambulante de la zona, fue el primero en responder.
—Acá hay cada loco...
Se rió.
—Pero vampiros nunca vi.
Otra vecina, Fernanda, tampoco parecía convencida.
—Si alguien apareció cubierto de sangre, seguramente fue una pelea.
O algo peor.
Su explicación era razonable.
Quizás demasiado razonable.
Porque a veces las leyendas sobreviven precisamente cuando las explicaciones parecen insuficientes.
La conversación más extraña ocurrió cuando ya estaba por marcharme.
Un hombre mayor se acercó lentamente.
Tenía aspecto descuidado y olía intensamente a alcohol.
Me observó durante unos segundos antes de hablar.
—Estás preguntando por el hombre de negro.
No fue una pregunta.
Fue una afirmación.
Lo seguí hasta una pequeña plaza cercana.
Allí comenzó a contarme su historia.
—Yo también lo vi.
—¿Cuándo?
—Hace años.
Miró hacia la iglesia.
—Y no era un hombre común.
Según él, varias personas en situación de calle aseguraban haber visto una figura similar merodeando la zona durante la madrugada.
Siempre sola.
Siempre vestida de negro.
Siempre apareciendo cerca del amanecer.
—¿Qué creés que era?
El anciano sonrió.
Una sonrisa cansada.
—No importa lo que yo crea.
Dio un largo trago de una botella envuelta en papel.
—Lo importante es que nadie quiere acercarse cuando aparece.
Le pregunté dónde pensaba que se ocultaba.
Se limitó a señalar la iglesia.
Nada más.
Cuando cayó la noche decidí caminar por los alrededores.
La Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya se alzaba silenciosa sobre la avenida.
Las luces iluminaban parcialmente la fachada neogótica.
Y las sombras parecían más profundas entre los callejones cercanos.
Recorrí varias cuadras.
No encontré vampiros.
No encontré criaturas sobrenaturales.
Y estaba a punto de regresar cuando algo llamó mi atención.
Al otro lado de la calle vi una figura inmóvil observándome.
Vestía de negro.
Delgada.
Silenciosa.
Permaneció allí apenas unos segundos.
Luego giró lentamente y desapareció detrás de una esquina.
Corrí para alcanzarla.
Pero cuando llegué no había nadie.
La calle estaba vacía.
Completamente vacía.
Regresé a Lanús sin respuestas.
Como suele ocurrir en toda buena leyenda urbana.
Quizás Martín vio a un asesino.
Quizás a un adicto.
Quizás a alguien cubierto de sangre después de una pelea.
O quizás encontró algo mucho más antiguo.
Algo que lleva décadas ocultándose entre las sombras de Buenos Aires.
Después de todo, las historias de vampiros no nacieron en Transilvania.
Existen relatos similares en casi todas las culturas del mundo.
Y la ciudad guarda demasiados túneles, sótanos y rincones olvidados como para afirmar con absoluta certeza que conocemos todo lo que se esconde bajo nuestras calles.
Lo único que sé es que, desde aquella investigación, cada vez que paso por Nueva Pompeya durante la madrugada, me descubro observando las sombras un poco más de la cuenta.
Y cuando veo a alguien demasiado pálido caminando solo bajo las luces amarillas de la avenida...
procuro no cruzar su mirada.