Nunca hablaba. Nunca hacía nada. Solo me observaba.

Las pensiones antiguas suelen tener algo particular.

Quizás sea la cantidad de personas que pasaron por ellas a lo largo de los años. Quizás los recuerdos que permanecen atrapados entre sus paredes. O tal vez sea simplemente la sugestión que producen los edificios antiguos.

Lo cierto es que muchas de las experiencias paranormales que llegan a Obscura Buenos Aires ocurren precisamente en lugares de tránsito: hoteles, pensiones, residencias estudiantiles o casas alquiladas.

La historia que comparto a continuación me fue relatada por Alejandra durante una conversación mantenida por videollamada.

Lo que leerán es una reconstrucción fiel de aquella entrevista.


—Buenos días, Alejandra. ¿Cómo estás?

—Muy bien, Matías. Gracias por contactarme.

—Me comentaste que hace algunos años viviste una experiencia paranormal bastante intensa. ¿Podrías contarme qué ocurrió?

Alejandra asintió.

Parecía tranquila, aunque cada vez que hablaba de ciertos momentos de la historia bajaba la mirada, como si todavía le resultara incómodo recordarlos.

—Hace varios años tuve que mudarme a Buenos Aires por cuestiones de trabajo y estudio. Como no podía alquilar un departamento, terminé instalándome en una pensión.

—¿Cómo era el lugar?

—Era una casa antigua, bastante grande. A pesar de los años se encontraba en buen estado. Me asignaron una habitación amplia con cama, una pequeña sala y baño privado. Al principio me sentí cómoda. El primer mes transcurrió con total normalidad.

Hizo una pausa.

—Y después comenzaron las voces.

—¿Las voces?

—Sí. Escuchaba que alguien me llamaba por mi nombre.

Su respuesta fue inmediata.

Como si hubiese esperado esa pregunta.

—Al principio era apenas un susurro. Algo muy leve. Pensaba que había escuchado mal. Pero con el tiempo empezó a ocurrir cada vez más seguido.

—¿Había alguien cuando escuchabas esas voces?

—Nunca. Preguntaba a los demás huéspedes si me habían llamado, pero nadie sabía de qué estaba hablando.

Durante varias semanas intentó convencerse de que se trataba del cansancio.

Trabajaba durante el día.

Estudiaba por las noches.

Dormía poco.

La explicación parecía razonable.

Hasta que comenzó a notar algo extraño.

—Los dueños tenían un perro que se encariñó mucho conmigo. Cada vez que escuchaba el susurro llamándome, él también reaccionaba.

—¿Cómo reaccionaba?

—Giraba la cabeza exactamente hacia el lugar de donde provenía la voz.

Aquello fue lo primero que realmente la inquietó.

Porque si el perro también escuchaba algo...

entonces ya no podía atribuirlo únicamente a su imaginación.

Los fenómenos continuaron.

Y poco a poco comenzaron a cambiar.

—Una noche me desperté y vi una silueta caminando por la habitación.

—¿Pensaste que era una persona real?

—Sí. Mi primera reacción fue pensar que alguien había entrado. Pero desapareció casi de inmediato.

—¿Y después?

—Volví a verla.

La segunda vez fue diferente.

La figura ya no estaba caminando.

—Había una mujer sentada en uno de los sillones.

Alejandra se quedó en silencio unos segundos.

—Y desapareció delante de mis ojos.

Intentó ignorarlo.

Intentó convencerse de que el estrés estaba afectando su percepción.

Incluso habló con otros huéspedes.

Ninguno tomó el tema demasiado en serio.

—Me decían que estaba agotada. Que estudiaba demasiado. Que extrañaba a mi familia.

—¿Y vos qué pensabas?

—Que tal vez tenían razón.

Pero los episodios continuaron.

Y cada vez eran más difíciles de explicar.

—Al principio aparecía lejos.

Después empezó a acercarse.

La veía en distintos lugares de la habitación.

Junto a una puerta.

Sentada en una silla.

Parada en el pasillo.

Hasta que una noche la encontró al pie de la cama.

—¿Cómo era?

—Alta. Muy alta.

La descripción surgió sin vacilaciones.

—Tenía el cabello largo, negro y muy desordenado. Llevaba un camisón blanco antiguo con encajes. Parecía una persona de otra época.

—¿Te observaba?

—Siempre.

La respuesta llegó en apenas un susurro.

—Nunca hablaba. Nunca hacía nada. Solo me observaba.

Sin embargo, hubo una aparición que la marcó más que todas las demás.

—Me estaba acomodando para dormir cuando la vi al lado de la cama.

Por primera vez, la mujer estaba tan cerca que Alejandra pudo distinguir claramente su rostro.

—Estaba inclinada sobre mí.

Aquella noche gritó.

Y la figura desapareció.

Pero el verdadero límite llegó tiempo después.

—Me despertó un golpe.

—¿Un golpe?

—Sí. Algo me golpeó los pies.

La expresión de Alejandra cambió mientras recordaba aquel momento.

—Sentí una mano.

Fría.

Muy fría.

—Y cuando miré hacia abajo, ella estaba ahí.

De pie junto a la cama.

Observándome.

La aparición desapareció segundos después.

Pero para entonces el miedo ya había dejado de ser una simple incomodidad.

Era una presencia constante.

Algo que la acompañaba cada noche.

—Fue ahí cuando decidí buscar ayuda.

Alejandra recurrió a un sacerdote de la zona.

Le contó todo lo que había ocurrido.

Para su sorpresa, el hombre no se burló ni intentó desacreditarla.

Simplemente escuchó.

—¿Te creyó?

—Sí.

—¿Y qué hizo?

—Consiguió permiso para bendecir la pensión.

Pocos días después se realizó la bendición.

Además, Alejandra fue trasladada a otra habitación dentro del edificio.

Y algo cambió.

Las voces desaparecieron.

Las apariciones cesaron.

La mujer dejó de manifestarse.

—Nunca volví a verla.

—¿Y cuánto tiempo después te mudaste?

—Muy poco. No quería seguir viviendo ahí.

—¿Sabés qué era aquello?

—No.

Negó lentamente con la cabeza.

—Y creo que nunca lo sabré.

Llegados a ese punto decidí hacerle una última pregunta.

—¿Fue esa tu única experiencia paranormal?

Alejandra sonrió.

Por primera vez durante toda la entrevista.

—No.

—¿Habías vivido algo parecido antes?

—Desde los ocho años tengo experiencias de este tipo.

—Entonces, ¿creés que algunas personas son más sensibles que otras?

—Sí. El sacerdote me dijo algo parecido. Que no todo el mundo percibe estas cosas. Que algunas personas parecen ser más receptivas.

La conversación continuó durante varios minutos más.

Hablamos de su vida actual.

De su trabajo.

De sus estudios.

Y de cómo aquella experiencia quedó atrás.

O al menos eso parecía.

—¿Volviste a tener contacto con algo sobrenatural?

Alejandra se tomó unos segundos antes de responder.

—Hace mucho tiempo que no.

Luego sonrió.

Pero aquella sonrisa no parecía completamente convencida.

—Aunque supongo que nunca puedo estar segura de que haya terminado.


La videollamada finalizó poco después.

Mientras apagaba la computadora, no pude evitar pensar en aquella antigua pensión ubicada en las inmediaciones de Humberto Primo y Bernardo de Irigoyen.

Quizás todo tenga una explicación racional.

Tal vez el estrés, el cansancio y la sugestión fueron suficientes para construir una experiencia aterradora.

O quizás no.

Porque hay algo inquietante en los lugares donde miles de personas han vivido, soñado, sufrido y muerto.

Y a veces uno no puede evitar preguntarse si algunos huéspedes...

simplemente nunca se marcharon.