Sus ojos. Blancos. Completamente blancos. Sin pupilas. Sin vida.

—Cuando me di cuenta de que había tomado el camino equivocado, ya era demasiado tarde.

Cinthia sostuvo la taza de café entre las manos antes de comenzar su relato. Durante unos segundos observó la espuma como si buscara allí las palabras adecuadas.

Después respiró hondo.

—Volvía de la facultad. Esa noche habíamos salido más tarde de lo habitual de una clase de Derecho. Estaba agotada y solo quería llegar a casa.

Hizo una pausa.

—Mis compañeras siempre se quedaban hablando después de cursar, pero yo ya no tenía energía para eso. Así que decidí volver sola.

Todo ocurrió una noche de otoño, mientras caminaba por la calle Junín en dirección a la avenida Las Heras para tomar el colectivo 37.

Al llegar a la altura de la Basílica Nuestra Señora del Pilar comenzó a bordear el muro perimetral del Cementerio de la Recoleta.

Fue entonces cuando algo cambió.

—Al principio pensé que era cansancio —me explicó—. Pero empecé a sentirme rara.

El aire parecía inmóvil.

Demasiado inmóvil.

Como si el tiempo hubiera disminuido su marcha.

—Sentía el cuerpo pesado. Y una sensación muy extraña... como si alguien me estuviera observando.

Cuando llegó frente a la entrada principal del cementerio, algo la obligó a detenerse.

Todavía hoy no sabe explicar por qué.

Simplemente ocurrió.

Giró la cabeza.

Y miró hacia el interior.

Las antiguas rejas de hierro permitían observar buena parte del acceso principal. Bajo la luz tenue de los faroles nocturnos, el cementerio parecía una pequeña ciudad abandonada.

Las calles de baldosas se extendían entre mausoleos y criptas de mármol alineadas como diminutas viviendas silenciosas.

A lo lejos, las estatuas permanecían inmóviles bajo la oscuridad.

Era un paisaje tranquilo.

Pero profundamente inquietante.

—No sé cuánto tiempo me quedé mirando. Tal vez unos segundos. Tal vez varios minutos.

Lo único que recordaba con claridad era el cambio repentino de temperatura.

—De golpe hizo frío.

Mucho frío.

Y tuve la certeza de que no estaba sola.

Decidió seguir caminando.

Fue entonces cuando lo vio.

A pocos metros de la entrada, inclinado sobre el suelo, un hombre trabajaba en silencio.

Vestía una camisa clara de corte antiguo y un pantalón oscuro que parecía pertenecer a otra época.

Llevaba un sombrero gastado.

Las manos sostenían un cepillo de cerdas gruesas con el que fregaba lentamente el piso de piedra.

—Escuchaba el ruido del cepillo contra el suelo —recordó—. Era el único sonido que había.

La escena parecía extraña.

Pero no imposible.

Quizás algún empleado.

Quizás un cuidador.

Quizás alguien encargado del mantenimiento.

Movida por la curiosidad, Cinthia se acercó unos pasos.

—Le pregunté si necesitaba ayuda.

El hombre no respondió.

Ni siquiera levantó la cabeza.

—Pensé que no me había escuchado.

Volvió a intentarlo.

Esta vez un poco más fuerte.

Silencio.

El hombre continuó fregando el suelo con movimientos lentos y repetitivos.

Como si ella no existiera.

Como si estuviera sola.

Y entonces algo dentro de ella comprendió que aquello no era normal.

—Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Retrocedió.

Decidió alejarse.

Pero antes de marcharse giró la cabeza una última vez.

Y se quedó paralizada.

El hombre había dejado de limpiar.

Ahora permanecía completamente inmóvil.

Observándola.

—Fue ahí cuando vi sus ojos.

Su voz se volvió apenas un susurro.

—Eran completamente blancos.

Sin pupilas.

Sin expresión.

Sin vida.

El corazón comenzó a golpearle el pecho con violencia.

Y corrió.

Corrió sin mirar atrás.

Mientras avanzaba por la calle Junín todavía podía escuchar detrás de ella el sonido del cepillo arrastrándose sobre la piedra.

Una y otra vez.

Una y otra vez.

No se detuvo hasta llegar a las inmediaciones del entonces Buenos Aires Design.

Allí recuperó el aliento.

Y reunió valor para mirar hacia atrás.

No había nadie.

Ni el hombre.

Ni el sonido.

Ni rastro alguno de lo ocurrido.

Solo la oscuridad.

Sin pensarlo dos veces abordó el primer colectivo que pasó por la avenida.


—Fue exactamente ahí.

Cinthia señaló la entrada principal del Cementerio de la Recoleta.

Desde nuestra mesa podía verse la fachada neoclásica sostenida por enormes columnas griegas.

A pesar de la distancia, evitaba mirarla directamente.

Y comprendí por qué.

Años después, el recuerdo todavía seguía vivo.

Terminamos el café en silencio.

Cuando nos despedimos, ella caminó en dirección a Las Heras.

Yo, en cambio, no pude resistir la tentación de acercarme al cementerio.

Sobre el frontis de la entrada podía leerse una inscripción en latín:

Requiescant in Pace.

"Que descansen en paz."

Una frase curiosa para un lugar donde, según cuentan, muchos muertos parecen negarse a hacerlo.

Atravesé las rejas.

Había turistas recorriendo las avenidas principales, así que tomé uno de los senderos laterales para alejarme del ruido.

A medida que avanzaba, el silencio se hacía más profundo.

El Cementerio de la Recoleta es una ciudad dentro de la ciudad.

Entre sus calles descansan presidentes, militares, artistas, científicos y figuras fundamentales de la historia argentina.

Pero también sobreviven historias que jamás fueron enterradas del todo.

Tras varios minutos de caminata encontré lo que buscaba.

Una pequeña bóveda.

En el frente destacaba una escultura en relieve.

Representaba a un hombre sosteniendo herramientas de trabajo.

Había llegado al lugar correcto.

—Señor Alleno... —murmuré.

La historia de David Alleno es una de las más extrañas asociadas al cementerio.

Durante décadas trabajó allí como cuidador.

Con el tiempo desarrolló una profunda obsesión por aquel lugar.

Una obsesión silenciosa.

Paciente.

Meticulosa.

Ahorró durante años cada moneda de su sueldo para comprar una parcela dentro del mismo cementerio.

Mandó construir su propia tumba.

Encargó incluso una escultura que lo representara con las herramientas de su oficio.

Cuando la obra estuvo terminada, tomó una decisión definitiva.

Renunció a su empleo.

Esa misma noche se quitó la vida.

Desde entonces, generaciones de visitantes y empleados aseguran haber visto a un hombre caminando entre las calles del cementerio después del anochecer.

Algunos dicen que barre senderos vacíos.

Otros afirman que limpia las entradas de las bóvedas.

Y unos pocos aseguran haberlo visto observándolos desde la distancia.

Siempre vestido como un trabajador de otra época.

Siempre en silencio.

Como si jamás hubiera abandonado sus responsabilidades.

Como si la muerte no hubiera sido suficiente para alejarlo de su trabajo.

Permanecí algunos minutos frente a la tumba.

No ocurrió nada.

No escuché pasos.

No vi sombras.

No sentí ninguna presencia.

Y sin embargo...

Había algo perturbador en aquel lugar.

Algo imposible de describir.

Finalmente me persigné y emprendí el camino hacia la salida.

Mientras caminaba entre las criptas recordé las palabras de Cinthia.

Y comprendí que quizás había algo de verdad en ellas.

Porque si algo aprendí aquella tarde es que algunos muertos del Cementerio de la Recoleta no descansan.

Algunos siguen vigilando.

Algunos siguen cuidando.

Y algunos...

todavía tienen trabajo que hacer.