No era transparente. No flotaba. Era una mujer de carne y hueso... o al menos eso habría jurado en ese momento.

Esta historia nos llega gracias a una seguidora que, por cuestiones de privacidad, prefirió quedar en el anonimato.

Mientras escuchaba este testimonio no pude evitar pensar que la memoria es un monstruo interesante. Borra algunos detalles sin esfuerzo y, sin embargo, conserva otros durante décadas.

Esta historia es prueba de ello.

Corría el año 2005, tenía apenas 15 años. Mi papá acababa de comprar un departamento en la costa, por Mar del Plata, muy cerca de la playa La Perla, y esa era la primera vez que íbamos a verlo.

Después de bajar las cosas del auto y acomodar lo indispensable, surgió el plan inevitable: recorrer el barrio, conocer los alrededores y acercarse a la playa. Pero como cualquier adolescente en esa edad, preferí quedarme.

Antes de salir, decidimos qué habitación ocuparía cada uno. Una vez sola, me puse los auriculares, encendí el MP3 y comencé a ordenar las cosas que iban a quedar en el cuarto.

La casa todavía se sentía extraña. Silenciosa, solo interrumpida por el sonido de las uñas de mi perra en la cerámica.

Pero me ayudaba pensar que era simplemente una propiedad recién adquirida. Si bien era un lugar desconocido, con el tiempo se convertiría en el escenario de todas nuestras vacaciones familiares.

Después de un rato, y ya cansada de sacar cosas, empecé a sentir hambre. Decidí hacer una pausa y salir al living para ver si todavía quedaban algunos de los bizcochitos que habíamos comprado en una estación de servicio durante el viaje.

Fue entonces cuando la vi.

Parada en medio del living.

Durante unos segundos no sentí miedo. Lo primero que sentí fue desconcierto. No entendía quién era esa mujer ni cómo había llegado hasta ahí.

Entonces giró la cabeza y me miró.

Y algo dentro mío me dijo que aquello no estaba bien.

Lo más perturbador de todo es que no la recuerdo como una aparición. No era transparente. No flotaba. No tenía nada sobrenatural. No se parecía en nada a los fantasmas de las películas. Era una mujer de carne y hueso... o al menos eso habría jurado en ese momento.

Podía distinguir cada detalle: el cabello rubio cayéndole de forma desordenada hasta media espalda, las pecas que recorrían su rostro y parte del cuello, las arrugas de la tela de lo que llevaba puesto.

Pero de todo lo que vi aquella tarde, hay algo que jamás olvidé.

Sus ojos.

Verdes.

Y cargados de un resentimiento que todavía hoy me cuesta describir.

Cuando logré reaccionar, llamé a Tila, mi labradora chocolate. La perra acudió de inmediato. Y en cuanto vio a la mujer, comenzó a gruñir. Fue la primera vez que sentí que aquello no estaba ocurriendo solo en mi cabeza.

Ese momento fue suficiente. La agarré del collar y regresé rápidamente a la habitación.

Sin darle la espalda.

Mientras retrocedíamos, esa mujer permaneció inmóvil. No dio un paso. No hizo un gesto. No pronunció ni una palabra. Simplemente nos observó. Y mantuvo la mirada fija en mí hasta el instante exacto en que la puerta se cerró.

Entonces comenzaron los golpes. Del otro lado. Secos. Violentos. Cada vez más fuertes.

No sé cuánto tiempo permanecí encerrada. Tampoco recuerdo cuándo dejaron de escucharse. Solo recuerdo haberme quedado ahí, abrazada a Tila, esperando que todo terminara.

Cuando mis padres regresaron, seguía atrincherada en la habitación. No reaccioné hasta escuchar que me llamaban por mi nombre desde el otro lado de la puerta.

Al verme, mi mamá se preocupó y me dijo que estaba blanca como un papel.

Les conté lo ocurrido, aunque en un primer momento nadie pareció darle demasiada importancia. Pensaron que podía tratarse de una confusión, una impresión causada por estar sola en un lugar desconocido o simplemente un mal momento.

Pero esa misma noche ocurrió algo que cambiaría la forma en que la familia vería aquella experiencia.

Mi papá vivió un episodio similar. Y él era una de las personas más escépticas que conocía.

Cerca de la madrugada se levantó para ir al baño. Mientras caminaba por el departamento, notó que Tila estaba gruñendo. La perra estaba inmóvil frente al ventanal que daba al patio. Al acercarse para ver qué ocurría, alcanzó a distinguir la figura de una mujer observándolo desde la oscuridad. Sin pensarlo demasiado, salió al patio convencido de que alguien había entrado a la propiedad. Pero cuando llegó al lugar donde la había visto, no encontró a nadie ni señales de que hubiera otra persona allí.

Con el paso de los días, comenzamos a preguntar por la historia del lugar. Algunos vecinos nos hablaron de una joven que había muerto años atrás. Según nos contaron, se había quitado la vida arrojándose desde la terraza del edificio. El departamento de planta baja, donde nos encontrábamos, tenía un patio interno que daba al pulmón de la construcción donde la habían encontrado.

Nunca pudimos confirmar todos los detalles de aquella historia. Pero la descripción que escuchamos nos resultó inquietantemente familiar.

Tiempo después, mamá realizó varias limpiezas espirituales en la propiedad, gracias a una conocida. Y, desde entonces, nunca volví a ver a la mujer.

La casa siguió siendo parte de las vacaciones familiares y los años continuaron avanzando.

Sin embargo, algunas cosas permanecen.

Más de dos décadas después, nuestra seguidora todavía recuerda aquellos ojos verdes observándola desde el centro del living.

Porque hay recuerdos que el tiempo desgasta.

Y otros que nunca terminan de irse.