No el frío de la tarde de invierno. Otro. Como si alguien, justo detrás de mí, hubiera abierto la puerta de un freezer.

Lo que sigue nos lo mandó un seguidor de Obscura. Nos pidió que lo contáramos. Por respeto y para resguardar su identidad, lo llamaremos Luciano. Lo dejamos con sus palabras, casi tal cual nos llegó.

Todo empezó un Día del Niño. Yo tenía ocho años.

Ese año nos regalaron, a mi hermano —un año menor— y a mí, nuestras primeras bicicletas. Las clásicas Auroritas.

Un sábado a la tarde, mientras mi mamá dormía la siesta, se me ocurrió la genial idea de tirarme por la bajada de Salta: la pendiente bien pronunciada que hacía la calle en la esquina de mi casa, en General San Martín.

Mi hermano, compinche como siempre, accedió enseguida. Salimos en silencio, con las bicicletas, hasta la esquina.

Ahí, como buen hermano mayor, le dije que se quedara. Que primero iba yo, porque nunca habíamos andado por la calle —siempre por la vereda— y no quería que le pasara nada.

Como previendo lo que un rato más tarde iba a pasarme a mí.

Me senté en la bici. Empujé. Y de ahí en adelante no recuerdo nada.

Lo próximo que tengo en la memoria es una luz al fondo, rodeada de oscuridad. Y una voz que me decía: tranquilo, ya vienen mamá y papá.

Lo que pasó, según me lo contó mi hermano, fue que un Peugeot 504 me llevó por delante. El conductor me subió al auto y me llevó al hospital Eva Perón.

De eso no recuerdo nada. Lo sé porque me lo contaron: llegué sin signos vitales. Me tuvieron que reanimar en la guardia.

Nunca supe si aquella luz era algo del más allá o, simplemente, la lámpara de la guardia. Y ya no me importa demasiado.

Lo que sí sé es que ese accidente me dejó esta sensibilidad hacia lo paranormal. Años después, un chamán me lo puso en palabras: al haber estado entre dos mundos, quedé en condiciones de percibir lo que una persona común no percibe.

Aclarado esto, paso al primer hecho que me tocó vivir.

Fue un sábado, a la tardecita. Creo que al año siguiente.

Habíamos ido con mis viejos y mis abuelos al cementerio de San Martín, a llevarle flores a un hermano mío que había fallecido unos años antes. Llegamos tarde. Estaba por cerrar.

La tumba quedaba detrás de unos nichos. Era invierno, el día estaba gris, hacía mucho frío esa tarde y ya empezaba a oscurecer. Casi las seis. La hora del cierre.

El frío me empezó a hacer efecto y me dieron ganas de ir al baño. Avisé y salí corriendo, porque ya nos teníamos que ir.

No recuerdo bien dónde quedaban los sanitarios —pasaron más de treinta años—, pero sé que estaban pasando unos nichos. Tardé unos minutos en encontrarlos. No muchos. Pero para un chico de nueve años, ubicarse en un lugar así no es fácil.

Un detalle: esos lugares nunca me dieron miedo. Ni de chico. Cada tanto me voy a recorrer alguno, siempre solo, sin que nadie me acompañe. Me tildan de raro. Y está bien, lo soy. Quizás porque, desde aquel accidente, nunca terminé de sentirme del todo de este lado.

Pero esa tarde fue distinta.

Cuando vi el cartel de los baños, corrí y me metí. Estaba apurado: ya nos íbamos, y la vejiga me estaba por explotar.

Ya adentro, un poco más aliviado, lo escuché.

El golpe de la puerta de chapa cerrándose de prepo. Y enseguida, la llave girando en la cerradura.

Me estaban encerrando.

Tardé unos segundos en reaccionar. Quizás un minuto, no más. La noche cayendo afuera. Y yo, encerrado en el baño de un cementerio.

Me pasaron mil cosas por la cabeza. Lloraba, gritaba, llamaba a mis padres, pateaba la puerta. Piel de gallina. Frío en la nuca. Y una certeza que no me podía sacar de encima: no quería darme vuelta.

Duró poco. No más de diez, quince minutos. Pero ahí, en ese baño, fue mi primer contacto con lo otro.

Porque en algún momento de esos minutos, además de todo lo que ya venía sintiendo, apareció algo nuevo.

Un frío distinto.

No el de la tarde de invierno, que ya me había calado los huesos. Otro. Uno que sobresalía del resto. Como si alguien, justo detrás de mí, hubiera abierto la puerta de un freezer.

Cerré los ojos. Me invadió un miedo que no había sentido nunca. No quería mirar atrás. Me tragué el llanto y repetía, bajito: por favor, por favor.

En un momento giré noventa grados y quedé de costado. Y volví a sentirlo. El mismo frío, pero ahora en el brazo y la pierna derecha. Literalmente, como si hubieran abierto un freezer en la pared, justo frente a la puerta.

Fue ahí. En ese preciso momento. Entreabrí los ojos.

Y lo vi.

Era una persona mayor. Aunque, a esa edad, cualquiera de más de treinta me parecía mayor. Sin color en la piel. El rostro vacío. Elegantemente vestido. Casi sin expresión.

Solo me miraba. Extrañado. Como quien mira algo que no encaja, algo que no debería estar ahí.

Sin un solo sonido. Solo la mirada.

Me quedé petrificado. No atiné ni a moverme. Lloraba por lo bajo, moqueaba, pero ya no pateaba la puerta ni gritaba. Algo me decía que no empeorara las cosas. Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer.

A los pocos segundos, volví a oír la llave entrar en la cerradura.

Un señor canoso, alto y corpulento, asomó la cara apenas abrió la puerta.

No esperé. Salí disparado.

Abracé a mi mamá y lloré con todo. Ella me abrazaba. Mi papá se reía —nunca supe qué le causaba tanta gracia—. Y mis nonos, con ese acento italiano bien marcado que les salía solo cuando se enojaban, le reprochaban al cuidador cómo era posible. Cómo lo habían encerrado al chico. Cómo no se fijaban si quedaba alguien adentro antes de cerrar.

Con los años entendí algo que de chico no podía.

Esa cara no me miraba a mí. Miraba lo que el accidente me había dejado pegado: que una parte mía también había estado del otro lado, y había vuelto.

Por eso me observaba extrañado. Como se mira algo que no termina de pertenecer a ningún lado.

Pasé noches sin dormir. Fue traumático, de verdad.

Pero fue apenas la primera de varias.

Luciano nos contó que esta fue solo la primera. Las que siguen, las vamos a ir publicando.

Y si a vos también te pasó algo que no podés explicar, escribinos. En Obscura los leemos todos.