No estoy muerta. La frase salió nuevamente. Más desesperada. Más urgente.
Las películas de terror nos enseñaron que las historias de fantasmas siempre ocurren en castillos abandonados, hospitales en ruinas o cementerios olvidados. Lugares oscuros, alejados del mundo, donde resulta fácil creer que algo sobrenatural puede esconderse entre las sombras.
La realidad suele ser diferente.
A veces el horror aparece en los lugares más comunes.
Y a veces, cuando sucede, no le ocurre a un desconocido.
Te ocurre a vos.
La historia que voy a contar sucedió hace varios años, durante un viaje a la ciudad de Tandil. No la escuché de un amigo ni me llegó a través de un tercero. La viví personalmente.
Y todavía hoy, cada vez que la recuerdo, sigo sin encontrar una explicación.
Era septiembre.
Los últimos días del invierno comenzaban a retirarse lentamente y los primeros indicios de la primavera asomaban en los árboles.
Había decidido viajar solo a Tandil durante un fin de semana largo.
Necesitaba desconectarme.
Alejarme un poco del ruido constante de Buenos Aires.
Encontré un pequeño camping ubicado en las afueras de la ciudad. El lugar estaba rodeado de árboles, senderos de tierra y suaves colinas cubiertas de vegetación.
Parecía perfecto.
Llegué durante la tarde.
Armé la carpa, recorrí el predio y pasé algunas horas explorando los alrededores.
El camping era tranquilo.
Demasiado tranquilo.
A medida que caía la noche, el lugar comenzaba a transformarse.
Los sonidos de los pájaros desaparecían.
El viento recorría las copas de los árboles.
Y la oscuridad avanzaba lentamente entre los senderos.
Después de cenar me reuní con algunos turistas alrededor de un fogón improvisado.
Como suele ocurrir cuando varias personas comparten una noche al aire libre, la conversación terminó derivando hacia historias extrañas.
Apariciones.
Experiencias paranormales.
Lugares embrujados.
Cada uno tenía algo para contar.
Algunos relatos eran claramente exagerados.
Otros parecían demasiado sinceros para ser inventados.
Nos quedamos hablando hasta pasada la medianoche.
Finalmente regresé a la carpa.
El cansancio me venció apenas apoyé la cabeza sobre la almohada.
No sé exactamente qué me despertó.
Miré el reloj del celular.
03:27.
Durante algunos segundos permanecí inmóvil dentro de la bolsa de dormir.
Todo estaba en silencio.
Entonces comprendí que necesitaba ir al baño.
Maldije en voz baja.
Salir de la carpa a esa hora y con aquel frío era lo último que quería hacer.
Pero no tenía alternativa.
Me puse una campera, tomé una linterna y salí al exterior.
El aire helado me golpeó de inmediato.
El camping parecía desierto.
Las luces de los sanitarios brillaban a lo lejos como pequeños faros en medio de la oscuridad.
Comencé a caminar.
El sendero estaba cubierto por una fina capa de niebla que apenas se elevaba unos centímetros sobre el suelo.
Mis pasos resonaban sobre la tierra húmeda.
Y entonces la vi.
Al principio pensé que era otra persona del camping.
Una mujer.
Estaba inmóvil junto a un alambrado que separaba el predio de un campo abierto.
Miraba hacia el horizonte.
Sin moverse.
Sin hacer absolutamente nada.
Reducí la velocidad.
La figura permaneció inmóvil.
No parecía notar mi presencia.
No me pareció extraño.
Tal vez también había salido a caminar.
Tal vez no podía dormir.
Continué avanzando.
Sin embargo, algo me hizo volver la cabeza.
Ella seguía allí.
Exactamente en la misma posición.
Observando la oscuridad.
Sentí una incomodidad difícil de explicar.
Pero seguí caminando.
Y terminé entrando al edificio de los baños.
Había varias luces encendidas.
El interior estaba completamente vacío.
O eso creí.
Porque cuando terminé y me acerqué a los lavabos, vi algo reflejado en el espejo.
Alguien estaba detrás de mí.
Giré bruscamente.
Era la misma mujer.
Mi corazón se detuvo durante un segundo.
No la había escuchado entrar.
No había oído pasos.
Nada.
Simplemente estaba allí.
Observándome.
Tendría poco más de veinte años.
Llevaba el cabello oscuro y largo, ligeramente desordenado.
La ropa parecía antigua.
Extrañamente antigua.
Como si perteneciera a otra época.
—¿Estás bien? —pregunté.
No respondió.
Su mirada permanecía fija sobre mí.
Y fue entonces cuando noté algo extraño.
Parecía confundida.
Desorientada.
Como alguien que acaba de despertar en un lugar desconocido.
—¿Necesitás ayuda?
Silencio.
La mujer abrió lentamente la boca.
Y habló.
—No estoy muerta.
Las palabras me dejaron inmóvil.
—¿Qué?
—No estoy muerta.
La frase salió nuevamente.
Más desesperada.
Más urgente.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Quién sos?
No respondió.
Solo repitió:
—No estoy muerta.
Durante unos segundos nos quedamos mirándonos.
Ella parecía aterrada.
Mucho más aterrada que yo.
Como si intentara convencerme de algo.
O convencerse a sí misma.
Entonces dio un paso hacia adelante.
Y por un instante pensé que iba a desplomarse.
Extendí una mano para ayudarla.
Ella hizo lo mismo.
Nuestras manos casi se tocaron.
Y el frío fue instantáneo.
No era una sensación normal.
Era un frío profundo.
Antinatural.
Como tocar hielo en mitad de una noche de invierno.
Retrocedí sobresaltado.
Y la mujer desapareció.
Simplemente desapareció.
No se desvaneció lentamente.
No corrió.
No salió del baño.
Un segundo estaba allí.
Al siguiente ya no.
No dormí el resto de la noche.
Regresé a la carpa completamente alterado.
Intenté convencerme de que había soñado.
De que el cansancio me había jugado una mala pasada.
Pero había un problema.
Yo sabía perfectamente que estaba despierto.
Y también recordaba el frío de aquella mano.
Al amanecer decidí investigar.
Comencé preguntando a algunos empleados del camping.
La mayoría no sabía nada.
Hasta que hablé con Aurelio.
Un hombre mayor que llevaba décadas trabajando en el lugar.
Escuchó mi historia sin interrumpirme.
Y cuando terminé de hablar permaneció en silencio.
—No sos el primero.
La respuesta me sorprendió.
—¿Cómo?
—No sos el primero que ve a una chica.
Sentí un nudo en el estómago.
Aurelio encendió un cigarrillo.
—Hace muchos años hubo un accidente en la ruta.
Me contó que una joven había sufrido un choque cerca de la zona.
La encontraron varias horas después.
Todavía con vida.
Atrapada entre los restos del vehículo.
Según la historia, durante mucho tiempo permaneció consciente sin comprender la gravedad de sus heridas.
Repitiendo una y otra vez la misma frase.
"No estoy muerta."
No sobrevivió.
Aquella noche volví al baño.
Solo.
A la misma hora.
Esperé durante más de una hora.
No apareció nadie.
Ni una sombra.
Ni un ruido extraño.
Nada.
Como si la experiencia jamás hubiera ocurrido.
Al día siguiente emprendí el regreso a Buenos Aires.
Pensé que la historia terminaría allí.
Pero estaba equivocado.
Durante el viaje de regreso hablé con uno de los turistas que había compartido el fogón conmigo.
Sin que yo le contara nada, me preguntó algo inesperado.
—Che... ¿vos también viste a la chica?
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Qué chica?
—La del camping.
El hombre evitó mi mirada.
—La que aparece cerca del alambrado.
Ninguno de los dos volvió a hablar del tema.
Han pasado muchos años desde entonces.
Nunca encontré registros claros del supuesto accidente.
Nunca pude confirmar si la historia que me contó Aurelio era cierta.
Y quizás eso sea lo más inquietante.
La ausencia de respuestas.
La imposibilidad de saber qué ocurrió realmente aquella madrugada.
A veces pienso que todo fue producto del cansancio.
Una mezcla de sueño, sugestión y oscuridad.
Una explicación racional.
Una explicación cómoda.
Pero entonces recuerdo aquella voz.
La desesperación en sus ojos.
Y el frío imposible de su mano.
Todavía hoy, cuando el reloj marca las tres de la mañana y me descubro despierto en la oscuridad, vuelvo a pensar en ella.
En aquella muchacha perdida entre la vida y la muerte.
Y en la única frase que parecía importar.
La única que repetía una y otra vez.
Como si intentara aferrarse a algo que ya se estaba desvaneciendo.
—No estoy muerta.
Y hay noches en las que todavía me pregunto si realmente intentaba convencerme a mí.
O si, en realidad, intentaba convencerse a sí misma.