Era simplemente una silueta más oscura que la propia oscuridad.

"En la parálisis del sueño, la mente despierta en el infierno mientras el cuerpo permanece atrapado en la tierra."

Hay experiencias que la medicina puede explicar.

Y hay experiencias que, aun teniendo una explicación, continúan provocando miedo.

La parálisis del sueño pertenece a esa categoría.

Quienes la padecen suelen describir los mismos síntomas: despertar en plena madrugada, ser incapaces de mover el cuerpo y sentir una presencia observándolos desde algún rincón de la habitación.

La ciencia atribuye estos episodios a una alteración temporal entre el sueño y la vigilia.

Pero para quienes los experimentan, la explicación suele resultar insuficiente.

La historia que voy a contar comenzó con un correo electrónico enviado por una joven llamada Alejandra.

Lo que inicialmente parecía un simple caso de parálisis del sueño terminó convirtiéndose en algo mucho más inquietante.


Nos encontramos una tarde de miércoles en una conocida pizzería sobre la avenida Hipólito Yrigoyen.

A simple vista, Alejandra parecía una chica común.

Sin embargo, algo llamaba la atención de inmediato.

El cansancio.

Aunque habían pasado semanas desde los hechos que iba a relatarme, todavía conservaba profundas ojeras.

Y, cada vez que recordaba ciertos momentos, sus ojos parpadeaban nerviosamente.

—Todo empezó una noche de julio —me dijo.

Vivía con sus padres en una casa de El Jagüel.

Era pleno invierno.

Y se despertó cerca de las cuatro de la madrugada.

Lo primero que notó fue que no podía moverse.

—Intenté levantarme para ir al baño.

No pude.

Pensé que me estaba pasando algo grave.

La sensación duró apenas unos segundos.

O al menos eso creyó.

Hasta que levantó la vista.

—Había alguien en mi habitación.

La frase salió casi en un susurro.

—¿Alguien?

—Una sombra.

Según su relato, una figura oscura permanecía inmóvil a los pies de la cama.

No tenía rasgos definidos.

No parecía una persona.

Era simplemente una silueta más oscura que la propia oscuridad.

—¿Y qué pasó después?

—Nada.

Me observó.

Y desapareció.

La experiencia fue aterradora.

Pero también parecía encajar perfectamente con las características clásicas de una parálisis del sueño.

El problema fue que volvió a ocurrir.

Y luego otra vez.

Y otra más.

Durante varios días consecutivos.


—La primera semana se quedó lejos.

La segunda empezó a acercarse.

Mientras hablaba, Alejandra mantenía las manos entrelazadas sobre la mesa.

—Cada noche aparecía un poco más cerca.

La situación comenzó a afectar su descanso.

Dormía cada vez menos.

Y el miedo se transformó en una obsesión.

—Intentaba mantenerme despierta.

Tomaba café.

Miraba televisión hasta tarde.

Lo que fuera con tal de no dormir.

Pero el cansancio siempre terminaba venciendo.

Y entonces volvía a verla.

Una noche ocurrió algo diferente.

Alejandra estaba convencida de encontrarse completamente despierta.

Miraba televisión en su habitación.

La puerta estaba cerrada con llave.

—Escuché pasos en el pasillo.

El relato se volvió más pausado.

—Después sentí que no podía moverme.

Nuevamente la misma sensación.

La misma inmovilidad.

La misma desesperación.

Y entonces la figura apareció.

Esta vez junto a la puerta.

Observándola.

—¿Qué hiciste?

—Intenté gritar.

Y no pude.

La sombra comenzó a avanzar lentamente hacia la cama.

—Cuando llegó cerca sentí un frío horrible.

Por primera vez durante la entrevista, Alejandra apartó la mirada.

—Y después pude moverme.

Se incorporó gritando.

La figura había desaparecido.

Segundos más tarde sus padres entraron corriendo en la habitación.


Preocupados por la situación, decidieron buscar ayuda.

Consultaron médicos.

Psicólogos.

Incluso personas relacionadas con prácticas espirituales.

Las opiniones fueron variadas.

Algunos hablaron de estrés.

Otros de trastornos del sueño.

Otros de energías negativas.

Lo único cierto era que Alejandra continuaba sintiendo miedo de regresar a su habitación.

Durante varias semanas durmió en casas de familiares y amigos.

Poco a poco los episodios comenzaron a disminuir.

Hasta desaparecer.

Al menos aparentemente.


Días después decidí visitar la vivienda.

No porque esperara encontrar fantasmas.

Sino porque quería comprender mejor el contexto de la historia.

La casa era completamente normal.

Un barrio tranquilo.

Una calle silenciosa.

Una habitación como cualquier otra.

Sin embargo, admito que permanecer allí me produjo cierta incomodidad.

Quizás por sugestión.

Quizás por haber escuchado demasiados relatos similares.

O quizás por otra cosa.

No lo sé.

Lo único que recuerdo es la sensación de estar en un lugar donde alguien había pasado muchas noches aterradoras.

Y a veces el miedo deja marcas.

Incluso cuando aquello que lo provocó ya no está.


Antes de despedirnos le hice una última pregunta.

—¿Qué creés que era esa sombra?

Alejandra permaneció en silencio durante varios segundos.

—No lo sé.

Sonrió débilmente.

—Y creo que prefiero no saberlo.

La respuesta me pareció sincera.

Porque la verdad es que existen dos posibilidades.

La primera es que todo haya sido producto de la parálisis del sueño.

Una experiencia médica perfectamente documentada.

La segunda...

Bueno.

La segunda es la razón por la que historias como esta continúan contándose.

Porque miles de personas en todo el mundo describen exactamente la misma figura.

La misma presencia.

La misma sensación de ser observados durante la madrugada.

Y resulta difícil no preguntarse cómo personas que jamás se conocieron pueden ver la misma sombra.

Quizás la ciencia termine explicándolo algún día.

O quizás algunas puertas de la noche permanezcan cerradas para siempre.

Lo único que sé es que, si alguna vez despertás sin poder moverte y sentís que algo te observa desde los pies de la cama...

probablemente no vuelvas a mirar la oscuridad de la misma manera.