¿Quién es ese señor? El que está parado al lado suyo.

¿Qué ocurre cuando el cuerpo exhala su último suspiro?

¿Existe realmente algo más allá de la muerte?

¿Hay una conciencia capaz de sobrevivir a la desaparición física?

Desde tiempos remotos, la humanidad ha intentado responder esas preguntas. Religiones, filósofos, científicos y pensadores han elaborado teorías de todo tipo, pero la verdad continúa siendo uno de los mayores misterios de nuestra existencia.

Quizás por eso los hospitales ocupan un lugar especial dentro del imaginario paranormal.

Son espacios donde la vida y la muerte conviven a diario.

Lugares donde algunos llegan al mundo.

Y otros lo abandonan.

La historia que compartiré a continuación me fue relatada por Mauro, un enfermero del Hospital General de Agudos Dr. Juan A. Fernández, ubicado en el barrio porteño de Palermo.

Nos encontramos una tarde de otoño, cuando su turno estaba por terminar.

Mientras tomábamos café en un bar cercano al hospital, comenzó a contarme una experiencia que todavía recuerda con claridad.


—Pasó hace varios años —me dijo—. Estaba trabajando en el turno noche.

Los hospitales adquieren una atmósfera diferente durante la madrugada.

Los pasillos se vacían.

Las conversaciones disminuyen.

Los sonidos se vuelven más evidentes.

El zumbido de los equipos médicos.

Los pasos del personal de guardia.

Las ruedas de una camilla avanzando a lo lejos.

Mauro llevaba varias horas trabajando cuando ingresó un paciente en estado crítico.

—Hicimos todo lo que pudimos para estabilizarlo.

Bajó la vista.

—Pero falleció poco después.

La muerte ocurrió en una habitación compartida.

Dos camas.

Un pequeño baño.

Y apenas unos metros separando a ambos pacientes.

Mientras el equipo realizaba los procedimientos correspondientes, Mauro continuó atendiendo al hombre internado en la cama de enfrente.

—Le estaba administrando medicación cuando pasó.

Guardó silencio unos segundos.

Como si todavía pudiera ver la escena.

—De repente el paciente se quedó mirando detrás mío.

—¿Qué tenía de raro?

—La expresión.

Su respuesta fue inmediata.

—Parecía confundido. Como si estuviera viendo algo que no entendía.

El hombre levantó lentamente la mano.

Y señaló hacia el pasillo.

—¿Quién es ese señor? —preguntó.

Mauro sintió un escalofrío.

—Pensé que estaba desorientado.

Pero algo en el tono de la pregunta le llamó la atención.

—¿Qué señor? —le respondí.

El paciente no apartó la vista del lugar.

—El que está parado al lado suyo.

Por primera vez durante toda la conversación, Mauro se mostró incómodo.

—Me di vuelta.

—¿Y qué viste?

—No estoy seguro.

La respuesta fue apenas un murmullo.

—Creí ver una figura.

Una silueta.

Algo que desapareció apenas giré la cabeza.

Volvió a mirar su taza de café.

—Duró menos de un segundo.

Le pregunté si el paciente describió lo que había visto.

Asintió.

—Dijo que era un hombre mayor. Muy parecido al paciente que acababa de fallecer.

Según el relato, la figura permanecía inmóvil junto a la cama vacía.

Observando.

Como si contemplara el cuerpo que acababa de dejar atrás.


Le pregunté si aquella había sido la única experiencia extraña de su carrera.

Mauro sonrió.

—Ni cerca.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—Cuando trabajás muchos años en hospitales terminás escuchando historias de todo tipo.

Y algunas son difíciles de explicar.

Recordó entonces una experiencia ocurrida a una compañera de trabajo.

Había sucedido aproximadamente un año antes.

También de madrugada.

También en una sala de internación.

—Eran cerca de las tres de la mañana.

Su compañera realizaba una recorrida habitual cuando uno de los pacientes comenzó a hacerle señas para que se acercara.

—Parecía asustado.

La enfermera pensó que se sentía mal.

Pero cuando llegó junto a la cama recibió una respuesta inesperada.

—Me pidió que cerrara la puerta.

—¿Por qué?

—Porque había un hombre parado en la entrada observándolo.

La enfermera giró la cabeza.

No había nadie.

Solo un pasillo vacío iluminado por luces fluorescentes.

Para tranquilizarlo, decidió seguirle la conversación.

—¿Cómo es ese hombre?

El paciente describió a una persona mayor, de cabello gris y aspecto serio.

La descripción parecía extrañamente detallada.

Demasiado detallada.

Horas más tarde, durante un descanso, la enfermera comentó el episodio al resto del personal.

Uno de los médicos presentes dejó de sonreír.

Reconocía perfectamente aquella descripción.

Pertenecía a un paciente que había fallecido en la misma sala pocas horas antes.

Cuando regresaron a la habitación para verificar el estado del hombre que había realizado el comentario, descubrieron que había muerto mientras dormía.

Mauro hizo una pausa.

—Historias como esa circulan en todos los hospitales.


La conversación continuó durante bastante tiempo.

Hablamos sobre medicina.

Sobre el desgaste emocional de la profesión.

Sobre las guardias interminables.

Sobre la costumbre de convivir diariamente con el sufrimiento y la muerte.

Pero cada vez que el tema regresaba a aquellos episodios, Mauro respondía de la misma manera.

Sin exageraciones.

Sin dramatismo.

Como alguien que simplemente relata algo que vio.

O creyó ver.

—Al principio me daban miedo —admitió—. Después te acostumbrás.

—¿Y vos qué creés que son?

Se quedó pensando unos segundos.

—No lo sé.

La respuesta me pareció sincera.

Y probablemente sea la única respuesta posible.


Nos despedimos al caer la tarde.

Mientras caminaba por las calles de Palermo pensé en la cantidad de historias similares que había escuchado a lo largo de los años.

Médicos.

Enfermeros.

Camilleros.

Personal de limpieza.

Trabajadores de morgues.

Personas que conviven diariamente con la muerte y que, aun así, se muestran incapaces de explicar ciertas experiencias.

Quizás todo tenga una explicación racional.

El cansancio.

El estrés.

La sugestión.

La medicación.

La necesidad humana de encontrar significado donde no lo hay.

O quizás existan momentos en los que la frontera entre la vida y la muerte se vuelve más delgada de lo que imaginamos.

Lo cierto es que, en algún lugar de Buenos Aires, mientras la mayoría duerme, un enfermero continúa recorriendo silenciosos pasillos iluminados por luces blancas.

Y tal vez, en alguna habitación olvidada por la madrugada, alguien siga observando desde el umbral.

Sin comprender todavía que ya se ha ido.