El arma no fue un cuchillo ni un revólver. Fue una tarde de té entre amigas. Por eso, quizás, es el caso que más escalofríos da.

Hay crímenes que aterran por su violencia. El de Yiya Murano aterra por lo contrario: por lo amable que parecía. No hubo gritos, ni forcejeos, ni un arma a la vista. Hubo tazas de té, masitas finas, charlas de sobremesa entre amigas de años. Y después, la muerte. Esa es, quizás, la razón por la que el caso de la "envenenadora de Monserrat" quedó grabado a fuego en la memoria argentina.

Porque el horror, esta vez, tenía cara de señora bien y servía la merienda con una sonrisa.

La prestamista de Monserrat

Se llamaba María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano, pero todos la conocían como Yiya. Había nacido en Corrientes en 1930, y a fines de los años 70 vivía con su marido en un departamento de la calle México, en el barrio porteño de Monserrat. Era una mujer sociable, extrovertida, conocida en su círculo por su carácter simpático y por sus dotes en la cocina.

Pero Yiya tenía otro oficio, menos visible: era prestamista. Manejaba un esquema de inversiones —de esos que prometen ganancias que ninguna inversión real puede dar— en el que había metido a varias de sus amigas y conocidas. Les pedía dinero prestado con la promesa de devolverlo con intereses jugosos. Y durante un tiempo, el esquema funcionó, como funcionan todos hasta que dejan de funcionar.

El problema llegó cuando las deudas se volvieron impagables y las amigas empezaron a reclamar lo suyo.

Las tardes de té

Fue entonces cuando, según la Justicia, Yiya encontró su solución. Una solución tan fría que cuesta creerla.

Entre febrero y marzo de 1979, en el lapso de pocas semanas, murieron tres mujeres de su entorno. Nilda Gamba. Lelia Formisano de Ayala. Y Carmen Zulema del Giorgio, que además era su prima. Las tres tenían algo en común: le habían prestado dinero a Yiya, y las tres habían compartido con ella una merienda poco antes de morir.

Al principio, nadie sospechó. Las muertes se atribuyeron a paros cardíacos, a problemas gástricos —cosas que en mujeres de sesenta y pico no llamaban demasiado la atención—. Yiya asistió a los velatorios, consoló a las familias, siguió con su vida. Y de paso, había falsificado recibos para simular que ya les había devuelto el dinero a las víctimas. El móvil era ese, tan mezquino como escalofriante: matar para no pagar.

El detalle que la delató

Lo que rompió el silencio fue la insistencia de una hija. Diana, la hija de Carmen del Giorgio, no se quedó tranquila con la explicación del paro cardíaco. Empezó a atar cabos: otras dos mujeres a las que Yiya les debía dinero habían muerto en circunstancias parecidas, casi al mismo tiempo. Demasiada casualidad. Fue a la policía.

La Justicia ordenó exhumar los cuerpos. Y ahí apareció la verdad: en las vísceras de las víctimas había rastros de cianuro. El veneno clásico de las novelas policiales —Yiya, dato que la pinta entera, era lectora de Agatha Christie—, cuyo sabor y olor se comparan con el de las almendras amargas.

Acá hay un matiz que la cultura popular deformó, y vale la pena aclararlo. Durante décadas se dijo que Yiya envenenaba las masitas. Pero los expertos que revisaron el caso coinciden en que lo más probable es que el cianuro estuviera en el té —o en los saquitos—, donde el amargor del veneno pasaba más desapercibido. El mito de "las masas envenenadas" quedó, pero el arma real habría sido la infusión. Un detalle menor, si no fuera porque muestra cómo una historia real se recubre de leyenda con el paso del tiempo.

Yiya Murano fue detenida el 27 de abril de 1979.

El juicio y la fama

El caso tuvo un recorrido judicial largo y accidentado. En una primera instancia, increíblemente, Yiya fue absuelta y recuperó la libertad. Recién en junio de 1985, cuando la Cámara del Crimen revisó el fallo, se la condenó a prisión perpetua por los homicidios. Estuvo presa alrededor de diez años.

Y acá el caso toma un giro muy argentino, muy de su época. Porque Yiya Murano, lejos de esconderse, se convirtió en un personaje. Ya en libertad, en los años 90, hizo de los sets de televisión su escenario. Con su carisma extraño, su labia de novela y sus declaraciones ambiguas —nunca confesó, siempre jugó al misterio, a veces aparecía con sobres lacrados que agitaba prometiendo pruebas de su inocencia—, se transformó en una especie de ícono pop macabro. La sociedad que la había juzgado terminó, en parte, fascinada por ella. Un fenómeno inquietante en sí mismo: la asesina convertida en celebridad.

Murió en 2014, en Buenos Aires, rodeada de misterio y prácticamente en el anonimato.

Por qué el caso todavía nos inquieta

El caso Yiya Murano quedó como uno de los grandes hitos del true crime argentino, y se la suele señalar como la primera asesina serial del país. Con los años volvió una y otra vez: en libros, en una serie de ficción, en un documental. La fascinación no se apaga.

Pero, como con todo caso real, vale la pena recordar que detrás del personaje pop y del apodo pegadizo hubo tres mujeres muertas: Nilda, Lelia y Carmen. Personas de carne y hueso, con hijos y familias, que fueron traicionadas de la peor manera —por alguien en quien confiaban, en el gesto más cotidiano e inofensivo que existe, compartir una merienda—. Ese es el verdadero corazón oscuro del caso, y conviene no perderlo de vista entre tanto folclore mediático.

Lo que hace al caso Yiya tan perturbador no es la sangre, porque no la hubo. Es la ruptura de algo sagrado: la confianza. La idea de que el peligro podía estar sentado enfrente tuyo, sirviéndote una taza, sonriendo.

El arma no fue un cuchillo ni un revólver. Fue una tarde de té entre amigas. Por eso, quizás, es el caso que más escalofríos da.