La historia oficial lo talló en bronce. Pero el bronce no cuenta las reuniones a puertas cerradas, los juramentos en voz baja, los secretos que se llevó a la tumba.
Hoy, 17 de agosto, la Argentina recuerda a José de San Martín. Lo vamos a ver en los actos, en las placas, en el billete, en el bronce de mil plazas: el Libertador, el Padre de la Patria, la figura de mármol perfecto. Pero detrás de esa estatua hubo un hombre de carne y hueso que se movió, durante buena parte de su vida, en un mundo de sociedades secretas, juramentos y reuniones a puertas cerradas.
Ese costado —el San Martín de las logias— es uno de los más fascinantes y menos contados de nuestra historia. Y todavía guarda enigmas sin resolver.
Un hombre entre sociedades secretas
La vida de San Martín está cruzada por las sociedades secretas de principio a fin. Cuando estaba en Europa, antes de volver a América, ya se movía en esos círculos. En Cádiz y en Londres —dos ciudades clave de la época— se relacionó con americanos que, refugiados y organizados en logias, soñaban con la independencia del continente.
Según las investigaciones, San Martín integró la logia de los Caballeros Racionales, y algunas fuentes sostienen que ya había sido iniciado en la masonería durante su etapa en España. El dato importante es este: cuando San Martín cruza el Atlántico de regreso, en 1812, no viene solo con su espada. Viene con una red, con contactos, con una forma de organizarse que iba a resultar decisiva.
La Logia Lautaro
El nombre clave es la Logia Lautaro. San Martín la fundó en Buenos Aires en 1812, junto a Carlos María de Alvear y otros, poco después de su llegada. Y su objetivo no era místico ni religioso: era político y militar. Buscaba, lisa y llanamente, lograr la independencia de la América española y coordinar los esfuerzos para conseguirla.
Acá conviene una aclaración honesta, porque es donde muchos exageran. Los historiadores discuten si la Logia Lautaro fue una logia masónica en sentido estricto o, más bien, una sociedad secreta política que usaba las formas de la masonería —los juramentos, los grados, el secreto, los rituales de iniciación— como estructura de organización. La diferencia es fina, pero importa. Lo indiscutible es que funcionaba como las logias: con hermetismo absoluto, lealtad total entre miembros y decisiones tomadas en la sombra.
Lo notable es lo bien que funcionaba ese esquema. La logia era una máquina de organización: permitía manejar, con muy pocas personas y máxima coordinación, un ejército, un ministerio o una gobernación entera. San Martín entendió el poder de esa herramienta y la replicó. Fue creando logias lautarinas por donde pasaba —Buenos Aires, Mendoza, Córdoba, Chile—, tejiendo una red continental de aliados jurados al mismo objetivo.
El secreto detrás del cruce de los Andes
Hay un dato que revela hasta qué punto esta red secreta movía los hilos de la historia grande. Se cuenta que el propio nombre "Lautaro" funcionaba como clave para referirse al cruce de los Andes. Y que la coordinación entre las logias de Buenos Aires, Mendoza y Chile fue lo que hizo posible, en lo político y lo financiero, la gesta militar más importante de San Martín.
Hay incluso una anécdota que lo pinta de cuerpo entero: cuando necesitaba respaldo político para su campaña, San Martín se aseguró de que los hombres en el poder pertenecieran a la red. Quien no integraba la logia, quedaba afuera de las decisiones. El poder real, en buena medida, se jugaba puertas adentro, lejos de la vista pública.
¿Fue masón, entonces?
Llegamos a la pregunta del millón, y la respuesta honesta es: no hay una respuesta cerrada. Es, precisamente, uno de los enigmas que sobreviven.
Hay quienes lo afirman con total seguridad —la propia masonería argentina lo reivindica como uno de los suyos— y señalan su iniciación en España, su paso por los Caballeros Racionales, su vida entera entre logias. Y hay historiadores que piden prudencia: que una cosa es haber usado las estructuras de las sociedades secretas como herramienta política, y otra distinta es haber sido un masón practicante en el sentido ritual y filosófico del término. La documentación de la época es esquiva —por definición, estas sociedades no dejaban registros—, y eso deja el terreno abierto a la interpretación.
Y ahí está, justamente, lo fascinante para nosotros. San Martín se llevó ese secreto a la tumba. Murió en Francia, en 1850, lejos de todo, y muchas de las respuestas sobre su vida en las logias se fueron con él.
El hombre detrás del bronce
Lo interesante de todo esto no es "descubrir" que San Martín tenía un lado oculto, como si fuera un escándalo. Al contrario. Es entender que el prócer de mármol fue, ante todo, un hombre de su tiempo: un tiempo en que la independencia de medio continente se gestó, en buena parte, en la penumbra de reuniones secretas, entre hombres que juraban lealtad en voz baja y planeaban revoluciones lejos de la luz.
La historia oficial lo talló en bronce. Pero el bronce no cuenta las reuniones a puertas cerradas, los juramentos en voz baja, los secretos que se llevó a la tumba. Y quizás por eso, más de siglo y medio después, el San Martín de las logias sigue siendo una figura que nos sigue haciendo preguntas.
Como corresponde a alguien que supo, mejor que nadie, guardar un secreto.