¿Estamos restaurando el patrimonio… o estamos empezando a alquilar el silencio de los muertos?

El Cementerio de la Recoleta siempre fue mucho más que un cementerio.

Entre sus callejones de mármol descansan presidentes, escritores, militares, artistas y figuras que forman parte de la memoria argentina. Sus bóvedas no son simples construcciones funerarias: muchas son verdaderas piezas de arquitectura, esculturas habitables y fragmentos de la historia de Buenos Aires.

Por eso, la noticia que comenzó a circular en las últimas horas generó sorpresa, incomodidad y un debate inevitable.

El Gobierno de la Ciudad publicó la Disposición N° 278/GCABA-DGCOYP/26, que abre una Licitación Pública (N.º 10002-1251-LPU26) para otorgar la concesión de uso y explotación onerosa de un espacio ubicado dentro del Cementerio de la Recoleta, en Junín 1760. El lugar corresponde a la Sección 17, Tablón 201, Sepulturas 1 a 12 —una bóveda con capacidad para doce sepulturas—, y el plazo previsto para la concesión es de cinco años.

Los números del pliego le dan volumen concreto a la medida: se trata de un espacio de 24,55 m² cubiertos, ubicado dentro del Área de Protección Histórica APH14, con un canon base mensual de $1.600.000 y una participación mínima del 20% sobre los ingresos que genere el servicio de turismo nocturno. Las ofertas se abren el 9 de septiembre de 2026, a través de la plataforma Buenos Aires Compras.

Lo que encendió la polémica no es solamente la existencia de una concesión, sino los usos permitidos por el pliego: una tienda de recuerdos (gift shop), un local de alimentos y bebidas y la posibilidad de desarrollar visitas nocturnas dentro del cementerio.

La sola combinación de esas palabras produce una imagen difícil de ignorar: souvenirs, café y turismo nocturno funcionando dentro de una antigua bóveda protegida por su valor patrimonial.

Según trascendió a partir de la documentación oficial, el espacio estaría deshabitado, es decir, no contendría restos humanos en uso funerario activo. Ese dato es importante y evita caer en afirmaciones falsas o exageradas.

Sin embargo, la pregunta de fondo sigue siendo otra: ¿alcanza con que una bóveda esté vacía para convertirla en un local comercial más?

Un patrimonio de doscientos años

El Cementerio de la Recoleta fue inaugurado en 1822 y es considerado uno de los conjuntos funerarios más valiosos de América Latina. Su trazado urbano, sus esculturas y sus mausoleos forman parte del patrimonio histórico y artístico de la ciudad.

Quienes cuestionan la medida no necesariamente discuten la necesidad de mantener, restaurar o financiar estos espacios. El punto sensible es el tipo de actividad elegida para hacerlo.

Una cosa es organizar visitas guiadas, actividades culturales o programas de conservación patrimonial. Otra muy distinta es permitir la explotación comercial de una bóveda con fines gastronómicos o de merchandising.

La sensación de muchos vecinos y especialistas puede resumirse en una frase incómoda: no todo espacio patrimonial debe convertirse en una experiencia de consumo.

El turismo oscuro y su equilibrio delicado

Y ahí aparece el aspecto más inquietante para quienes trabajamos temas de historia oscura, cementerios y memoria colectiva.

La Recoleta ya es uno de los principales destinos de turismo oscuro de Sudamérica. Miles de personas la visitan atraídas por leyendas, tragedias familiares, símbolos funerarios y relatos de fantasmas. Ese interés existe desde hace décadas y forma parte de la identidad cultural del lugar.

Pero el turismo oscuro funciona sobre un equilibrio delicado: la fascinación por la muerte no debería transformarse en una banalización de la muerte.

Cuando un cementerio histórico comienza a pensarse en términos de souvenirs, bebidas y explotación comercial, el riesgo es que el visitante deje de percibirlo como un espacio de memoria para verlo como una atracción temática.

Y ese límite es mucho más difícil de definir de lo que parece.

¿Esto ya pasó en otro lado?

Cementerios como Père-Lachaise (París), Highgate (Londres) o algunos cementerios monumentales italianos conviven hace años con cafeterías, librerías y tiendas de recuerdos. Ahí no hay drama: esos negocios funcionan en pabellones de acceso o construcciones administrativas pensadas para recibir visitantes. Tampoco es un invento el turismo nocturno: hay recorridos, conciertos y exposiciones dentro de cementerios históricos de Europa y Estados Unidos desde hace décadas. Y sin ir tan lejos, acá nomás, el Cementerio Británico de Chacarita organiza hace tiempo recorridas nocturnas donde un guía cuenta, tumba por tumba, la historia de quienes descansan ahí.

Lo que no encontramos como antecedente conocido es esto: tomar una bóveda real, con capacidad para doce sepulturas, y convertirla directamente en el local. No al lado. No en la entrada. Adentro. Ese es el límite que nadie había cruzado todavía, y es exactamente el que la Ciudad puso en licitación.

El debate incómodo

Tal vez la discusión no sea jurídica, sino simbólica.

La documentación oficial puede indicar que se trata de un espacio sin uso funerario actual. Puede existir un canon, un contrato y un procedimiento administrativo válido.

Pero los cementerios históricos no son únicamente una suma de metros cuadrados disponibles. Son lugares donde una sociedad deposita su relación con la muerte, el recuerdo y el paso del tiempo.

Por eso, la pregunta que hoy sobrevuela la Recoleta no es si la licitación existe —porque existe—, sino algo mucho más profundo:

¿Estamos restaurando el patrimonio… o estamos empezando a alquilar el silencio de los muertos?