Buscaron el mal en la forma de sus orejas. Nunca se les ocurrió mirar la casa donde había crecido.
A principios del siglo XX, Buenos Aires era una ciudad que crecía a los tumbos. Los barcos vomitaban inmigrantes todos los días, los conventillos se llenaban, y en los terrenos baldíos y las casas en construcción de los barrios del sur crecía otra cosa, más difícil de nombrar. Fue ahí, entre esos baldíos, donde la ciudad conoció por primera vez un tipo de horror para el que no estaba preparada.
Lo llamaron el Petiso Orejudo. Y con él, la Argentina tuvo su primer asesino serial documentado.
Un chico entre los baldíos
Se llamaba Cayetano Santos Godino. Nació en Buenos Aires en 1896, hijo de un matrimonio de inmigrantes calabreses que había desembarcado años antes con las manos vacías y la cabeza llena de esperanzas. La casa de los Godino no era un buen lugar para crecer. El padre era alcohólico y violento, y arrastraba una enfermedad que marcó la salud de Cayetano desde el nacimiento. El chico llegó al mundo enfermo, y estuvo varias veces al borde de la muerte en sus primeros años.
Desde muy temprano mostró conductas que aterraban a quienes lo rodeaban. Pasó por varias escuelas; de todas lo expulsaron. A los diez años ya había sido denunciado por su propio padre y recluido en una alcaidía. Después vendría una colonia de menores. El Estado de la época no sabía qué hacer con un chico así: no había instituciones, ni categorías, ni protocolos. Nadie entendía qué tenía adelante.
Entre 1906 y 1912, Godino cometió una serie de crímenes que conmocionaron a la sociedad porteña. Sus víctimas fueron siempre chicos, menores que él. También le fascinaba el fuego: llegó a incendiar varios edificios, y tras uno de sus arrestos dejó una frase que quedó grabada en la crónica policial: le gustaba ver trabajar a los bomberos.
Por respeto a las víctimas y a sus familias, no vamos a detenernos en los detalles de los crímenes. Están documentados, son atroces, y no hace falta regodearse en ellos para entender por qué este caso marcó a fuego la historia. Lo que nos interesa es lo que vino después: qué hizo la sociedad, y la ciencia, con semejante enigma.
Las orejas del diablo
Cuando la justicia y los científicos de la época se toparon con Godino, creyeron encontrar algo más que un criminal. Creyeron encontrar una teoría hecha carne.
Corría el auge del positivismo criminológico de Cesare Lombroso, el médico italiano que sostenía que el criminal nacía criminal, y que se lo podía identificar por sus rasgos físicos. Según esta idea, había "estigmas degenerativos" —forma del cráneo, de la frente, de las orejas— que delataban al "criminal nato". El delito no era una elección ni una consecuencia del entorno: era un destino escrito en el cuerpo.
Y Godino, para los seguidores argentinos de Lombroso, parecía el ejemplo perfecto. Su apodo lo dice todo: el Petiso Orejudo. Bajo, de aspecto tosco, con orejas prominentes y puntiagudas. Los peritos que lo entrevistaron no dejaban de tomar nota sobre la forma de sus orejas, como si ahí, en ese detalle, estuviera la clave de todo el mal. Anotaron que en él primaban los instintos primarios, que carecía de sentimientos, que era impulsivo y sin remordimientos.
Hubo un episodio que resume toda la locura de esa lógica: años después, en el penal, le operaron las orejas. Le "corrigieron" las orejas aladas con la convicción, casi mágica, de que en esa forma podía esconderse la causa de su maldad. Como si limarle un rasgo físico pudiera limarle lo que fuera que tuviera adentro.
La pregunta equivocada
Con el tiempo, la mirada sobre el caso cambió. Los historiadores y criminólogos que lo estudiaron después empezaron a desarmar el mito.
Para empezar, ni siquiera fue tan "el primero" o "el más terrible" como repite la leyenda; hubo asesinos múltiples antes que él en la Argentina. Y algunos investigadores discuten hasta la etiqueta de "asesino serial", porque Godino no tenía un plan, ni un método elaborado de elección de víctimas. Era, más bien, un impulsivo consciente y profundamente dañado.
Pero lo más importante es que la teoría de Lombroso —esa idea de que el mal se lee en la forma de las orejas— quedó completamente desacreditada por la ciencia. Hoy sabemos que no hay un "rostro del criminal". Y cuando uno vuelve a mirar la historia de Godino sin el filtro de las orejas, aparece otra cosa: un chico nacido enfermo, en una casa violenta, con un padre alcohólico, sin ninguna contención, expulsado de todos lados, empujado por el abandono desde el primer día.
Nada de eso justifica lo que hizo. Pero lo explica bastante mejor que la forma de sus orejas. La ciencia de la época buscó el mal en el lugar equivocado: lo buscó en el cuerpo, cuando quizás había que buscarlo en todo lo que le había pasado a ese cuerpo.
La cárcel del fin del mundo
Godino fue condenado y enviado al penal de Ushuaia, la cárcel del fin del mundo. Ahí pasó más de dos décadas, en un aislamiento casi total. No lo querían ni los otros presos: la naturaleza de sus crímenes —chicos, siempre chicos— lo convertía en un paria hasta entre criminales. Los guardias lo describían como un hombre silencioso, que pasaba las horas mirando el paisaje helado desde la celda, sin una sola señal de arrepentimiento.
Murió en 1944, en el hospital del penal, por una hemorragia interna. Hay versiones que dicen que fue producto de una golpiza de otros presos, que sospechaban que había matado al gato de la cárcel. Su muerte, como toda su vida, quedó rodeada de versiones contradictorias.
Y todavía hay una última vuelta de tuerca, una leyenda negra que ronda su figura: se dice que su tumba fue profanada, y que su cráneo terminó usado como pisapapeles en el escritorio de la casa del director de la cárcel. Real o no, es un final perfectamente macabro para alguien a quien la ciencia de su época había reducido, justamente, a la forma de su cabeza.
Por qué todavía lo contamos
El Petiso Orejudo sobrevive en el imaginario argentino más de un siglo después. Pero su historia no vale la pena por el morbo. Vale la pena por lo que revela.
Godino fue un espejo incómodo de su tiempo: de una ciudad que crecía sin contención, de un Estado que no sabía qué hacer con la infancia abandonada, y de una ciencia tan segura de sí misma que creyó poder leer el alma en la forma de una oreja. Su caso obligó a discutir la responsabilidad penal de los menores, la necesidad de instituciones que no existían, los límites de la psiquiatría en la justicia.
Buscaron el mal en la forma de sus orejas. Nunca se les ocurrió mirar la casa donde había crecido.