El monstruo más grande de la crónica policial argentina quizás no mató a nadie. Y eso, de algún modo, es todavía más perturbador.
Durante décadas se lo señaló como el peor asesino serial de la historia argentina. Quince mujeres, decían las crónicas, degolladas a mordiscones en el cuello, la sangre bebida al mejor estilo Drácula, los cuerpos dejados a desangrarse. Un monstruo real, de carne y hueso, en un pueblo tranquilo de Tucumán. Pero cuando uno abre los archivos y revisa los hechos, se topa con algo todavía más perturbador que un vampiro: la posibilidad de que casi nada de eso haya pasado.
Le dicen el Vampiro de la Ventana. El Vampiro Argentino. Y su caso es, quizás, la leyenda criminal más extraña del país.
Un pueblo, unas ventanas abiertas
La historia, tal como la contaron durante años los diarios y los libros, transcurre en Monteros, una pequeña y tranquila ciudad de Tucumán, entre 1953 y 1960.
El protagonista es Florencio Roque Fernández, nacido en Monteros en 1935. Un joven al que en el pueblo tenían por "raro", con problemas mentales —se habla de delirios, de esquizofrenia—. Cuenta la leyenda que todo empezó cuando, siendo adolescente, vio la película "Drácula", el clásico de Bela Lugosi, y algo se rompió en su cabeza: se convenció de que él también era un vampiro, y desarrolló una fijación con la sangre.
El modus operandi que le atribuyen es siempre el mismo, y aprovechaba una costumbre de la época: en los pueblos, en las noches calurosas de primavera y verano, la gente dormía con las ventanas abiertas. Fernández —dice el relato— acechaba durante días a una mujer que viviera sola, se aseguraba de que estuviera dormida, entraba por la ventana, la sometía a golpes y le mordía el cuello. De ahí los apodos. De ahí el terror que —según las crónicas— transformó a Monteros en un infierno donde nadie dormía tranquilo.
Se lo detuvo en 1960, escondido en una cueva en las afueras del pueblo, viviendo como fugitivo. Fue internado en un hospital psiquiátrico, donde murió en 1968.
El detalle que no cierra
Hasta acá, la leyenda perfecta del monstruo. Pero hay grietas, y son grandes.
Periodistas e investigadores que se tomaron el trabajo de revisar el caso en serio —en vez de repetir lo que ya estaba escrito— encontraron cosas que no cierran. La más notable es de puro sentido común: si en un pueblo tan chico como Monteros hubo dos asesinatos tan atroces, ¿cómo se explica que las mujeres que vivían solas siguieran, tranquilas, durmiendo con las ventanas abiertas? Y sin embargo, según el relato, los crímenes siguieron durante años con exactamente el mismo método. En un pueblo aterrorizado, eso no tiene sentido.
Hay más. No existen registros públicos claros de las quince víctimas. No hay expedientes, actas, nombres documentados que respalden semejante cifra —que, de ser cierta, lo convertiría en el mayor femicida serial del país—. Un familiar lejano, rastreado por los cronistas, dijo que Fernández existió y que era "un chico enfermo", pero que "no era un asesino". Y el paralelo con el "Vampiro de Düsseldorf" alemán, Peter Kürten, es tan exacto que huele a préstamo: da la sensación de que a un caso local se le pegó encima el molde de un asesino europeo famoso.
La conclusión de las investigaciones más rigurosas es incómoda: Florencio Fernández existió realmente, sí. Pero los crímenes que lo hicieron célebre probablemente nunca ocurrieron, al menos no como se contaron. El "Vampiro Argentino" sería, en gran medida, una leyenda periodística: una historia demasiado truculentamente atractiva como para chequearla, repetida por diarios y libros hasta que la repetición la volvió "verdad".
Cómo se fabrica un monstruo
Y acá está lo verdaderamente fascinante —y lo verdaderamente oscuro— del caso. Porque si Fernández no mató a quince mujeres, ¿qué fue lo que pasó realmente?
Lo más probable es una tormenta perfecta muy humana. Un hombre real con una enfermedad mental, que el pueblo señalaba como "el loco". Quizás algún hecho puntual, algún episodio menor, real. Y sobre eso, la maquinaria del sensacionalismo: una prensa de mediados de siglo ávida de historias espeluznantes, que tomó a un pobre hombre enfermo y lo transformó en el Conde Drácula tucumano. Cada nota agregaba una víctima, un detalle más sangriento, un mordisco más. La leyenda se alimentó a sí misma, como el vampiro que decía retratar.
Es un espejo incómodo. Porque muestra cómo una sociedad puede construir un monstruo de la nada: cómo el miedo, el prejuicio hacia el diferente, y la sed de historias truculentas pueden condenar a una persona real —enferma, vulnerable— a la eternidad como "el peor asesino de la historia". Fernández murió en un psiquiátrico, y su nombre quedó para siempre atado a crímenes que quizás nunca cometió. El verdadero horror del caso no está en los mordiscos. Está en la facilidad con la que inventamos al demonio.
Por qué la leyenda no muere
Hoy el Vampiro Argentino sigue apareciendo en notas, en listas de asesinos seriales, en videos de terror. La leyenda es más fuerte que la investigación que la desmiente, porque el mito es mejor cuento: un vampiro real da más miedo, y da más clics, que un enfermo mental víctima del sensacionalismo. Esa es, en sí misma, la lección del caso.
Nosotros elegimos contarlo entero: el mito y la grieta. Porque el "Vampiro de la Ventana" es dos historias a la vez. Una es la del monstruo que bebía sangre en la noche tucumana. La otra, más real y más triste, es la de cómo un país entero fue capaz de creer —y de necesitar— que ese monstruo existiera.
El monstruo más grande de la crónica policial argentina quizás no mató a nadie. Y eso, de algún modo, es todavía más perturbador.