No hace falta inventarle fantasmas al Borda. Su historia real, la de cómo una sociedad encerró aquello que no supo entender, ya es bastante más inquietante.

Hay lugares que cargan con una fama que los precede. Del Hospital Borda, el gran psiquiátrico de Buenos Aires, se cuentan historias de fantasmas, de sombras en los pasillos, de túneles malditos. Pero acá vamos a hacer algo distinto. Porque el Borda no necesita fantasmas inventados para ser fascinante: su historia real —la de cómo una sociedad entera trató, encerró y a veces olvidó a los que no supo entender— es mucho más profunda, y bastante más inquietante, que cualquier cuento de aparecidos.

Y todavía está en pie. Con gente adentro. Hoy.

Un hospicio de más de siglo y medio

La historia empieza en 1863, cuando se funda el Hospicio de San Buenaventura, que después se llamaría Hospicio de las Mercedes y, finalmente, Hospital José Tiburcio Borda. Es uno de los establecimientos psiquiátricos más antiguos y grandes del país, levantado sobre un terreno elevado frente al Riachuelo, en Barracas, que tiene historia desde tiempos jesuíticos.

En sus épocas de hospicio llegó a albergar a más de tres mil internados. Y acá aparece el primer dato que corre el eje del "terror" hacia algo más real y más triste: muchos de esos internados no estaban ahí por lo que hoy entenderíamos como enfermedad mental, sino por alcoholismo, por sífilis avanzada, por pobreza, por no tener a dónde ir. El manicomio, durante mucho tiempo, fue el lugar donde la sociedad depositaba todo lo que prefería no ver. Esa es la primera verdad incómoda del Borda: buena parte de su población no eran "locos peligrosos", sino personas que el mundo de afuera había descartado.

Los túneles que sí existen

Uno de los mitos más repetidos del Borda es el de sus túneles. Pasadizos secretos, subterráneos oscuros, galerías malditas bajo los pabellones. Y acá tenemos algo poco común en el mundo de las leyendas: una investigación real que fue a chequear.

A fines de 2012, un equipo del Instituto de Arte Americano de la Facultad de Arquitectura de la UBA, a pedido del Gobierno de la Ciudad, recorrió y estudió los famosos túneles. ¿La conclusión? Los túneles existen, pero no son lo que la leyenda dice. No son pasadizos de escape ni cámaras de tortura secretas. Uno de los pabellones está construido sobre un enorme montículo, y esas "galerías" son en realidad parte del sistema de cimentación y de terraplenes que sostienen el edificio: espacios que van de una galería a otra, cada vez de menor altura, hasta volverse imposibles de pasar. Un misterio con explicación arquitectónica. Como tituló el propio equipo que los recorrió: "un misterio sin misterio, pero interesante".

Es un ejemplo perfecto de lo que hacemos en Obscura: la leyenda decía "túneles malditos", la realidad dice "sistema de cimentación de 1900", y sin embargo la realidad —bajar a esos huecos angostos y oscuros bajo un manicomio de siglo y medio— no deja de erizar la piel.

Solaris, el paciente de otro planeta

No todo en el Borda tiene explicación tan prolija. Hay un mito que sobrevive entre los relatos del lugar, y es hermoso en su rareza: la historia de Solaris.

Cuentan que un día apareció en el hospital un paciente distinto a todos. Le decían Solaris. Lo describían como un hombre delgado, de tez muy blanca, completamente lampiño, de grandes ojos. Dicen que se reunía con decenas de internos para recitar una especie de mantra, y que durante esas reuniones algunos testigos aseguraban que Solaris parecía iluminarse. La leyenda cuenta que desapareció un 25 de diciembre, dejando unos escritos indescifrables que, sin embargo, para los internos tenían pleno sentido. Y agrega un detalle imposible de comprobar pero irresistible: que su grupo sanguíneo no coincidía con ningún patrón conocido.

¿Verdad, delirio compartido, mito construido entre pacientes y visitantes? Imposible saberlo. Pero la figura de Solaris es, quizás, la leyenda más pura del Borda: la idea de que entre tanta gente a la que el mundo consideró "perdida", hubo una que parecía venir de otro lado.

La radio que salió del manicomio

Y acá está la historia más luminosa del Borda, la que da vuelta por completo el prejuicio del "lugar de terror". En 1991, un joven estudiante de psicología llamado Alfredo Olivera empezó a trabajar como voluntario, y se le ocurrió algo revolucionario: darles un micrófono a los pacientes. Así nació LT22 Radio La Colifata, la primera radio del mundo transmitida desde un hospital psiquiátrico, hecha por los propios internos.

La Colifata se volvió mundialmente famosa, inspiró proyectos similares en todo el planeta, y demostró algo poderoso: que esas personas encerradas, a las que la sociedad trataba como fantasmas en vida, tenían voz, humor, lucidez y muchísimo para decir. La mejor respuesta al mito del "manicomio embrujado" resultó ser, justamente, escuchar a los vivos.

La verdadera historia oscura

Si el Borda tiene un costado genuinamente oscuro, no está en los fantasmas: está en lo real. En las máquinas de electroshock que hoy se exhiben en su Museo de Salud Mental. En las denuncias por las condiciones de internación a lo largo de las décadas. En el estado de deterioro de sus pabellones históricos. Y en algo muy actual: el hospital está hace años bajo la amenaza de cierre y bajo la presión de intereses inmobiliarios que codician sus veinte hectáreas en plena ciudad. Sus paredes están cubiertas de grafitis, y entre ellos se repite una consigna: "No al cierre".

Ese es el Borda real. No un decorado de terror, sino un lugar donde se cruzan la historia de la psiquiatría, la política, la exclusión social y la dignidad de personas concretas. Un monumento vivo a la manera en que una sociedad decide tratar a sus miembros más frágiles.

Por qué elegimos contarlo así

En Obscura nos gustan las historias que dan escalofríos. Pero el escalofrío del Borda no queremos que venga de burlarnos de los que sufren, sino de mirar de frente una verdad incómoda: durante siglo y medio, este edificio fue el lugar donde guardamos lo que no quisimos ver. Los fantasmas del Borda, si existen, no son sobrenaturales. Son los ecos de miles de personas reales que pasaron por ahí, muchas olvidadas por todos.

No hace falta inventarle fantasmas al Borda. Su historia real, la de cómo una sociedad encerró aquello que no supo entender, ya es bastante más inquietante.