En ese instante mi cabeza repetía la frase 'te encontré', como si la estuviese escuchando justo cuando me tomaron la muñeca.
El relato que leerán a continuación surge luego de tres visitas al Palacio Sans Souci, un sitio abandonado en la localidad de Tandil.
"A veces una simple exploración urbana puede brindarnos experiencias que nos marcarán para siempre. Prepárense un café, pónganse cómodos y disfruten de la siguiente lectura."
Primera visita: «Al fin estoy aquí»
Todavía recuerdo la sensación que tenía cuando nos dirigíamos con mi acompañante hacia el Palacio. Unas calles de tierra que cortan la ruta 226 nos llevaban hacia él.
Una tranquera abierta nos daba la bienvenida al predio, donde una hermosa y vasta arboleda marcaba el camino por el cual debíamos conducirnos. Más adelante, un aparcamiento para al menos diez vehículos señalaba el fin del recorrido automotor.
Fue entonces cuando lo vi. Frente a nosotros se alzaba una imponente edificación de tres plantas que, pese al estado de abandono que mostraba, podría describirse como majestuosa.
Caminamos unos 25 metros hasta la entrada principal, donde se alcanzaba a leer, justo antes de llegar, un cartel de «Peligro – Derrumbe». Respiré profundamente y, al exhalar, pensé: «Al fin estoy aquí».
Todas las posibles entradas estaban tapiadas. Asomándome por los travesaños de aquellas viejas ventanas de barrotes temblorosos, intentaba fotografiar el interior, aunque solo me devolvían oscuridad. Cada tanto nos alejábamos un poco del edificio para ver su parte superior.
Creo que el sitio será de unos 500 metros a la redonda. Habiendo recorrido más de la mitad, tomando cientos de fotografías a mi paso y resignada a no poder conocerlo por dentro, me llevé una grata sorpresa: al parecer alguien había violentado una de las chapas que cubrían el ingreso en la parte trasera. Y si ese alguien había infringido la regla de no pasar y se había aventurado a conocer su interior, yo también podía aprovechar esa oportunidad.
Como me encontraba sola en esa parte del predio, fui en busca de mi compañero, por mi seguridad.
Casi tironeándolo del brazo lo llevé hasta allí. Asomé la cabeza, temerosa, y escuché un fuerte golpe. Asustada, me hice para atrás.
—¿Escuchaste eso? —pregunté.
—Deben ser los pájaros o murciélagos —me respondió.
—No. Pareciera que hay alguien —insistí—. Bueno, entremos.
Me agaché bastante para pasar por aquella pequeña abertura. Detrás de mí entró él.
(Tengo que reconocer que siempre siento algo de culpa cuando puedo estar haciendo algo que no corresponde, pero la curiosidad esta vez me ganó y allí me encontraba, pasando por alto la señal de «No Pasar».)
Los que me conocen saben que soy una persona muy expresiva, así que si les digo que al ingresar puse la misma cara de asombro que cuando Papá Noel me trajo de regalo, a los 6 años, una «Valijita Juliana», créanme que fue así.
Pues entonces, como les decía, abrí bien los ojos y la boca, súper exaltada, miré a Max y exclamé:
—¿Lo podés creer? ¡Mirá lo hermoso que es este lugar!
Parados en lo que parecía un hall trasero, podía divisarse a mi derecha la silueta de una escalera derrumbada; unos hermosos mosaicos azules bordeaban la pared. Continuando la descripción hacia la izquierda, mientras avanzábamos unos sutiles pasos, se veía un extenso pasillo, el acceso a lo que parecía un comedor con un ventanal que dejaba ver parte de él, la entrada al living y otro largo pasillo, muy oscuro, que no me permitía distinguir dónde terminaba.
Fue entonces cuando, casi automáticamente, mi sexto sentido (el intuitivo) se puso en alerta. Sin haber mirado más allá del rabillo del ojo, sentí unos ojos pesados posarse en mí.
Él pudo notar que me inquieté un poco.
—¿Qué te pasa, Maru? —me preguntó, preocupado.
—¿No sentís ese olor vos? —pronuncié, temblorosa, al notar una invisible compañía en el sitio.
—¿Olor a qué?
—No lo sé —respondí, con una extraña sensación amarga en la boca.
Mientras trataba de descifrar de dónde provenía el olor, este comenzó a disiparse. Ingenua, pensando que quizá lo había imaginado o que era producto de la sugestión, giré la cabeza, caminé unos pasos, levanté la mirada y comprendí todo.
A mi derecha, justo en la arcada de aquel primer pasillo hacia donde me dirigía, sentí la presencia de un ser siniestro y muy enojado. Pero eso no fue todo: por el pasillo que daba al living, a mi izquierda, vi pasar a una mujer. La diferencia con esta es que no me transmitió nada en particular, aunque… es difícil de explicar… la vi con un trajecito que consistía en una blusa, falda, tacos bajitos y un sombrerito. Era joven, pero no podría estimar su edad. Pasó dos veces hacia el mismo lado (como una extraña repetición), como percatándose de nuestra presencia allí, pero sin inquietarse por ello.
En cambio, el panorama hacia el otro lado distaba de ser parecido: aquella presencia se mostraba hostil. Solo sentí que no quería que avanzara más de donde ya me encontraba.
De hecho, me cuesta explicarles cómo, pero podía sentir que este ser me repetía una y otra vez que no debía avanzar más. En ese momento mi cuerpo se estremeció, tal vez de miedo, y quedé inmóvil unos segundos.
Mi amigo, sin notar ninguna de las cosas que yo sentía, recorrió apenas el lugar donde estábamos parados. El sitio carecía de luz natural y no podíamos ver mucho a simple vista. Seguido a esto, me dijo que le parecía algo peligroso y aconsejó retirarnos. De hecho, se estaba haciendo tarde y la oscuridad dentro del lugar era tal que mejor no arriesgarse y volver, con suerte, en otra ocasión. Al escuchar su voz volví en mí, asentí con la cabeza y dije:
—Adiós.
(Lo dije pensando en esa horrible entidad, para que supiese que me marchaba. Ya saben cómo se dice en el ambiente del urbex: se pide permiso al llegar y se saluda al partir.)
Salí de allí no sin antes tomar algunas fotos de lo que llegué a vislumbrar de las entrañas de la edificación.
Reconozco que, aunque me moví tan solo unos pasos en su interior, aquella experiencia me dio miedo, ya que estaba muy lejos de ser algo bueno.
Mientras caminaba al auto, me di vuelta y admiré por última vez aquel lugar. Y aunque quizá esté lejos de otros sitios que he explorado en cuanto a belleza, sin duda este se llevó, justo en ese momento, un pedazo de mi corazón.
Segunda visita: «Te encontré»
Al igual que yo, mi padre es fanático de los lugares abandonados. De chica, antes de dormir, me contaba historias de los sitios que visitaba en su juventud, y yo soñaba con poder hacer lo mismo al crecer.
Aquella mañana de viernes era el último día de nuestras vacaciones familiares en Mar del Plata y llovía torrencialmente. A las 12:00 debíamos estar en la posada que reservé en Tandil, pero el clima no nos dejaba partir. Ya saben cómo es: si una reserva no se ocupa a tiempo, se la pueden ofrecer a otra persona. Por suerte la dueña, muy amable, me escribió por WhatsApp que allá ya no llovía y que, por ser huésped habitual, la habitación no la ocuparía nadie más.
Aunque eso me tranquilizó, me impacienté de todos modos: si había llovido mucho, tampoco íbamos a poder hacer la exploración, ya que al ser un gran campo verde con mucho pasto, el lugar podría resultar un barrial y no nos dejarían entrar.
La lluvia en «La Feliz» comenzaba a parar, así que rápidamente guardamos lo último que llevábamos y partimos hacia el «Lugar Soñado».
Adentrados en la ruta, el cielo que íbamos dejando atrás se veía gris oscuro, mientras que el horizonte se mostraba esperanzador. Como a mi viejo y a mí nos encantan las tormentas, frenamos un instante en la banquina para sacar unas fotos alucinantes. Llegamos a la posada cerca de las 14, dejamos las cosas y almorzamos planeando los sitios que íbamos a visitar en la bellísima ciudad tandilense.
La primera parada fue el Palacio Sans Souci. En el camino conversamos sobre la suerte que quizá tendríamos, ya que tal vez alguna persona que hubiese querido ir habría desistido a causa del clima, y así tendríamos el sitio para nosotros solos (confieso que celo los lugares que exploro, caprichosamente).
Lo gracioso es que, cuando estábamos entrando al predio, comenzó a garuar. Sabía que a mi padre no le importaría en absoluto sacar fotos bajo la lluvia; de hecho, ambos creemos que le da ese toque de «no sé qué» que tanto nos gusta. Pero a mi mamá le preocupaba un poco, así que prometimos no tardar más de una hora (bueno, una mentirilla piadosa no hace tanto daño).
Siempre creí que mi papá se comporta cual niño en un parque de diversiones cuando hacemos este tipo de salidas, ya que le brota la curiosidad desde el minuto cero. Tanto es así que apenas bajó del auto ya estaba espiando por las ventanas, sin siquiera esperar a entrar.
Le dije que no se preocupara, ya que había una chapa ligeramente doblada por la que podríamos ingresar y verlo, pero hizo oídos sordos y, con una sonrisa de oreja a oreja, me ignoró completamente.
A causa de la lluvia insistí en ingresar al sitio; quizá mientras lo recorríamos, esta cesara.
Caminando en fila india (mi padre adelante, yo después y mi mamá detrás) nos dispusimos a entrar. Fue justo en ese momento previo a pisar el interior, al cruzar esa arcada donde alguna vez hubo una chapa y hoy se encontraba completamente arrancada, cuando sentí que una mano me tomaba de la muñeca izquierda y me soltaba. Habrá durado un segundo. En ese instante mi cabeza repetía la frase «te encontré», como si la estuviese escuchando justo cuando me tomaron la muñeca.
Volteé y le dije, sorprendida, a mi mamá:
—Me agarraron de la muñeca y me soltaron —e hice el gesto.
Me miró extrañada y respondió:
—Bueno, Mariela, ¡entremos que está lloviendo!
Traté de convencerla de que era en serio, pero solo hizo un gesto con la mano, como exclamando que entráramos de una vez. No puedo culparla: detesta este tipo de salidas y no cree mucho en estas cosas, así que es normal esa reacción.
Repasé varias veces el hecho en mi cabeza y solo pensaba en lo extraño que era; después de todo, llevaba una campera gruesa e impermeable y, aun así, aseguro que pude sentir los cinco dedos de una mano sobre mi piel. Hasta miré en dos ocasiones para ver si tenía alguna marca. No era la primera vez que algo me tocaba, sin embargo, nunca lo había sentido de esa forma. A raíz de esto, antes de entrar temí que pudiese experimentar alguna otra cosa como la primera vez, y confieso que, aun temiendo, nunca hubiese dejado a mis padres entrar solos al sitio.
Para nuestra sorpresa, apenas ingresamos nos topamos con una pequeña bandada de pájaros (alrededor de veinte) y muchos murciélagos. Podía oírse, además, el ruido del agua cayendo, penetrando alguna grieta de aquel escaso techo. Caminamos unos pasos más adentrándonos en la derruida casona y, apenas llegamos al pasillo (donde les conté que tuve aquel encuentro con una entidad perversa), cuatro murciélagos aparecieron volando directo hacia nuestras cabezas. Mi madre gritó y los tres corrimos rápidamente hacia el hall por donde habíamos ingresado.
A causa de estos infortunios preferimos concluir el recorrido interior y continuarlo por fuera; después de todo, el lugar merecía cada foto que le pudiésemos sacar bajo la lluvia.
Mamá volvió al coche y allí nos esperó jugando unos puzles con su celular. Creo que fueron demasiadas sorpresas por un día y también le dio algo de temor. ¡No es para menos! ¿No creen?
Al caer la noche volvimos a la posada. La dueña del lugar había visto por la tarde una foto de la visita a ese magnífico predio que compartí en mis estados de WhatsApp, y nos contó que los lugareños no suelen hablar mucho de este sitio (lo tienen algo olvidado), pero que con el correr de los años se siguen escuchando anécdotas de gente que se ha aventurado a visitar el Sans Souci, asegurando oír gritos, quejidos o simplemente sentir que los observan a la distancia o desde alguna ventana.
Tercera visita: «Ya vuelvo»
Dicho todo esto, puedo finalmente concluir contándoles la última vivencia en este enigmático y misterioso sitio (por ahora).
En enero del año 2020 aprovechamos el último fin de semana de vacaciones nuevamente para ir solos con mi papá a pasar un día completo de urbex. Visitaríamos un castillo abandonado en Rauch y luego nos dirigimos a este palacete al que le prometí volver.
A las 5:30 de la mañana del sábado, con el sol asomándose por el horizonte, nos subimos al auto para volver a tan anhelados sitios, llevando con nosotros un sinfín de cosas y entre ellas nuestras queridas ¡remeras de Obscura! Tiempo atrás le había regalado a mi papá una para sacarnos unas fotos juntos. Él es quien me acompaña en las exploraciones urbanas siempre.
El día estaba tan soleado y celeste que nos pusimos a recordar toda la hazaña que vivimos la primera vez que fuimos.
Llegamos al Palacio alrededor de las 13 horas (porque primero fuimos al castillo que antes les mencioné). El sol quemaba mucho, el predio es muy grande y podría decirse que la mansión en ruinas era casi nuestro único refugio.
Tal como hicimos la primera vez, echamos un vistazo general para asegurarnos de que la zona fuese segura. Recuerdo que al bajar del auto nos recibió un perrito muy simpaticón que andaba deambulando por el predio, y que no tardó mucho en entrar en confianza y traernos sus botellitas para que le jugáramos (ya saben, trae la botella para que se la lances y así buscarla). Honestamente, me perdí unos 5 minutos mientras me divertía con él. Fue entonces cuando levanté la vista y no vi a mi papá. Caminé unos 20 metros y allí, desde la puerta del palacete, mi padre me hacía señas agitando los brazos para que entráramos.
(Es importante que recuerden al perro, ya que creo que jugó un papel importante en el recorrido. Luego sabrán por qué.)
Pese al calor que hacía afuera, dentro del recinto el frío nos erizó la piel; yo llevaba puesta una camperita de algodón para cubrirme de posibles raspones, bichos o algún elemento que pudiese rozarme y lastimarme.
Al ingresar, mi padre no dejó de expresarse con onomatopeyas: ¡Wow! ¡Uff! ¡Mirá! ¡Ohh! (¿Recuerdan mi expresión en el primer relato? Tan igual que asusta), ya que durante la visita anterior no pudo apreciar como entonces lo bello de este lugar.
Me preocupaba que el perrito pisara algo que pudiese lastimarle las patas, pero para mi entera sorpresa se mantuvo pegado a mí y se movía con extrema cautela. De hecho, si le daba una orden la cumplía, por ejemplo «vení» o «quieto acá». Se notaba que era de alguien y que estaba cuidado; luego vi su chapita, se llamaba Bruno.
Aunque estábamos en pleno verano, esta vez el sitio escaseaba en aves y murciélagos. Solo oímos unos pocos dentro de una sola habitación, donde la luz no penetraba por ningún orificio.
De manera lenta pero segura, recorrimos cada uno de los espacios que el lugar ofrecía. Incluso pude conocer el living principal, con una chimenea digna de palacio, toda labrada en yeso, con un espacio en medio donde alguna vez hubo un escudo y otros símbolos a sus lados también. A todo esto, Brunito se quedó siempre a nuestro lado.
Pero no fue hasta que llegamos a las escaleras del sótano que el comportamiento del perro cambió. Se colocó frente a nosotros, bloqueándonos el paso, y cuando tratamos de bordearlo comenzó a lloriquear. Sin dudas él podía sentir que algo allí no estaba bien y, por alguna razón, decidimos ignorarlo. Le dije, como hago con mi mascota:
—Cosita hermosa, ya vuelvo.
Y antes de bajar lanzamos un cascote a ver si se escuchaba algo o salía volando un ave, aunque solo se oyó el eco de este, que al llegar al piso se hizo añicos.
Comenzamos a descender y, mientras esto ocurría, el perro se inquietaba más y más. Para ese entonces admito que me preocupé, porque confío en el sexto sentido de ellos, pero por otro lado no iba a dejar a mi viejo bajar solo al sótano.
Tratando de calmarlo, subí unos escalones y le hice unos mimos. Le dije de nuevo que «ya volvía» y se sentó a esperar (me dio mucha ternura).
Abajo, el panorama era bastante tétrico. El escabroso y pequeño sitio carecía de olor a humedad pese al encierro; era muy frío, aunque por momentos sentías que algo te sofocaba, y su base sólida de ladrillos te hacía creer que al menos el sótano se mantendría en pie 100 años más. Sería un cuartito de diez metros cuadrados que unía el exterior con una rampa como la que se usa para deslizar la mercadería en los restaurantes y, casi como un pequeño secreto dentro de él, se halla un túnel con cañerías que recorre el palacio unos 50 metros por debajo.
Mi papá ingresó por el conducto con la luz de emergencia. Parece más angosto de lo que es, pero debe tener 1,60 metros de altura y 1 metro de ancho.
Mientras observaba muy atenta su recorrido, noté que a la mitad de mi brazo derecho se me erizó el vello y, al dirigir la mirada hacia ese espacio negro a mi lado, lo vi aún más negruzco. No puedo expresarles el miedo que sentí cuando percibí que unos ojos, aun sin verlos concretamente, me miraban fijo. Mientras esto sucedía, mi cabeza contemplaba a mi papá a la distancia y escuchaba al pichicho, que comenzó a llorar y casi a aullar. No es la primera vez que un espacio negro se vuelve más negro en mi presencia, mientras mi entorno enmudece casi por completo y la sensación de muerte me rodea. Tomé la decisión de observar ese espacio con detenimiento y, mientras lo hacía, pude ir percibiendo una figura: alguien pequeño o arrodillado, angustiado y desahuciado. Posaba sus manos cruzadas sobre mí y de allí venía ese frío sepulcral; sus ojos me miraban como esperando algo de mí, pero no supe entender qué.
Saben, leí muchas historias sobre el lugar que compartiré en otro posteo; no las conocía la primera vez que fui, pero sí esta última. Y si me permiten dudar, podría tratarse de un niño o un esclavo.
Lo cierto es que, de un momento a otro, aquello que se manifestó se evaporó, el espacio ennegrecido volvió a tomar algo de color con la poca claridad que entraba por la rampa que antes mencioné y el perro dejó de llorar. Mi papá salió del túnel y entonces exclamé:
—¡Qué silencio!
Cuando subimos, Bruno no estaba. Lo llamé varias veces, pero no se acercó.
Continuamos el recorrido en la última habitación con sótano, con la diferencia de que en esta no se podía bajar, solo observar por las grietas de aquel piso de madera roto. Aunque podría decirse que era bastante grande, ya que ocupaba todo el espacio de la pieza y hasta tenía dos divisiones.
Cuando salimos del palacio vimos al perro, que nos observó fijo a la distancia, inmóvil, desconfiado. Solo tuve que pronunciar su nombre para que acudiera nuevamente a nosotros, tirándose panza arriba en el pasto, pidiendo mimos y jugando. Decidí compartir un tiempo con él mientras mi papá sacaba unas cuantas fotos por el predio.
Antes de partir le dije que debía mostrarle un último rinconcito mágico del predio. Y aprovechando que Bruno se fue con una parejita que acababa de llegar, lo llevé. Caminamos unos minutos y pronto llegamos a una verde y frondosa arboleda donde se encuentra un extraño mirador escondido, prácticamente la guarida de dos novios jóvenes en las películas. Tiene un barandal hecho de troncos que forman un calado perfecto y, en la cima, se respira el aire más puro y fresco que jamás sentiste. Desde allí apenas se divisa el Palacio o el resto del predio, aunque se puede disfrutar de un espléndido momento de paz y armonía.
Habiendo transcurrido 3 horas de visita en aquel misterioso y abandonado lugar, nos retiramos contentos y satisfechos por la exploración que pudimos realizar sin inconvenientes.
Sin dudas, tanto para él como para mí, fue un día memorable, en el que compartimos unas lindísimas exploraciones, sacamos un sinfín de fotos y, en lo personal, viví una importante vivencia que me recordará por siempre que hay mucho más allá de lo que creemos conocer.