Como si adentro, detrás de las persianas oxidadas, todavía hubiera una partida en curso.
En la esquina de Fonrouge y Pueyrredón, a pocas cuadras de la estación de Lomas de Zamora, hay un edificio que hoy ocupa una sede gremial. Nada llamativo a simple vista, salvo por un detalle: en la fachada todavía se puede leer, en fileteado descascarado, el nombre de lo que fue durante décadas un punto de encuentro del barrio. Ahí funcionó el bar «Billares».
Lo abrieron por los años '50. Era bar, café y salón de billar al mismo tiempo, uno de esos lugares donde se cruzaban generaciones enteras de vecinos a tomar algo y jugar una partida. Funcionó así por mucho tiempo, hasta que cerró sus puertas. Las persianas quedaron bajas, la pintura se fue cayendo de a poco, y el local entró en ese estado de abandono silencioso que tienen los sitios que alguna vez estuvieron llenos de gente.
Ahí empieza la leyenda.
Ruidos que no deberían estar
Según cuentan generaciones de vecinos, mucho después de que el bar cerrara, algunos empezaron a escuchar cosas raras al pasar de noche por esa esquina. No un ruido cualquiera: copas chocando, cubiertos, voces mezcladas en charlas animadas y, sobre todo, el golpe característico de las bolas de billar. Como si adentro, detrás de las persianas oxidadas, todavía hubiera una partida en curso.
La explicación que circuló —y que se sigue repitiendo hoy— es que se trataba de los antiguos parroquianos del bar, muchos de ellos ya fallecidos, que seguían reuniéndose ahí después de la muerte para tomar su copa y jugar su partida de siempre. El «billar fantasma», le empezaron a decir.
La historia no se quedó en el rumor de barrio. Quedó registrada en Buenos Aires es Leyenda, el libro de Guillermo Barrantes y Víctor Coviello dedicado a los mitos urbanos de la ciudad, y en distintas notas periodísticas de la zona sur a lo largo de los años, todas coincidiendo en los mismos detalles: la esquina, los ruidos, la explicación sobrenatural que le dio el barrio a un edificio vacío.
El bar que ya no está, pero sigue
Hoy en ese lugar funciona una sede de la CTA (Central de Trabajadores de la Argentina), y hasta sus propios empleados conocen la leyenda que envuelve al edificio, aunque ninguno asegura haber tenido la mala (o buena) suerte de escuchar algo. Lo que sí sigue ahí, resistiendo el paso del tiempo, es el cartel fileteado con el nombre del bar original: lo único que queda a la vista de lo que fue.
No hay registro de una tragedia puntual detrás de esta leyenda, ni un hecho fundacional concreto más allá del cierre del bar. Es, en ese sentido, una leyenda urbana en su forma más clásica: un edificio vacío, el paso del tiempo, y la necesidad del barrio de darle una explicación a ese silencio. Puede que sea eso, nomás. O puede que, la próxima vez que pases por Fonrouge y Pueyrredón de noche, escuches algo que no debería estar ahí.