No reflejaban la luz. Eran completamente negros.
Jonathan estaba solo cuando presenció aquello.
Pasadas las diez de la noche, algunos recorridos del subte porteño quedan prácticamente vacíos. A esas horas no es extraño encontrarse sin otra compañía que el eco de los propios pasos o el reflejo de la propia sombra en la ventanilla.
A sus veinte años, Jonathan regresaba a casa después de una larga jornada de trabajo y estudio. Viajaba en la Línea A, la más antigua del sistema de subterráneos de Buenos Aires y de toda América Latina, inaugurada en diciembre de 1913.
Sus vías unen Plaza de Mayo con San Pedrito atravesando buena parte de la ciudad. Cada día transporta a cientos de miles de pasajeros. Sin embargo, aquella noche de julio de 2011, Jonathan solo prestaría atención a un tramo muy particular del recorrido: el comprendido entre las estaciones Pasco y Alberti.
Hacía frío.
El vagón estaba casi vacío.
Agotado, Jonathan viajaba con los auriculares a un volumen exagerado, observando distraídamente cómo las luces de las estaciones desfilaban detrás de las ventanillas.
No imaginaba que, en cuestión de segundos, viviría una experiencia que jamás podría olvidar.
Años más tarde, tuve la oportunidad de entrevistarlo.
Nos encontramos en una plaza del barrio de Caballito. Mientras hablábamos, noté que evitaba mirar hacia los túneles de acceso a la estación cercana.
—Hasta ese momento no conocía la historia de la media estación abandonada —me confesó—. Solo quería llegar a casa, comer algo y acostarme a dormir.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Recuerdo perfectamente cuando pasó. El tren acababa de dejar atrás una estación y se dirigía hacia la siguiente. De repente, las luces comenzaron a titilar.
Jonathan bajó la vista.
—Primero pensé que era una falla eléctrica. Después se apagaron por completo.
La oscuridad envolvió el vagón.
Solo duró unos segundos.
Pero fue suficiente.
—Entonces los vi.
Su voz apenas fue un susurro.
—Había dos hombres junto a las vías. No estaban caminando. No se movían. Solo permanecían ahí, observando el tren.
Le pregunté si había podido distinguir sus rostros.
Negó con la cabeza.
—No del todo. Parecían llevar ropa de trabajo antigua. Lo único que recuerdo son sus ojos.
—¿Qué tenían de extraño?
—No reflejaban la luz. Eran completamente negros.
Según la leyenda, durante la construcción de la Línea A ocurrieron varios accidentes fatales.
La versión más difundida habla de dos obreros italianos que murieron aplastados por una enorme viga mientras trabajaban en un sector del túnel. Algunas variantes sostienen que la empresa constructora ocultó el hecho para evitar retrasos y problemas legales.
Con el paso de los años comenzó a circular otro rumor.
Entre las estaciones Pasco y Alberti existiría una antigua media estación abandonada, clausurada poco después de la inauguración de la línea. Y precisamente allí sería donde aún se manifestarían los espíritus de aquellos trabajadores.
Durante décadas, numerosos pasajeros aseguraron haber visto figuras inmóviles en los túneles.
Otros afirmaron escuchar golpes provenientes de sectores clausurados.
Algunos incluso sostienen que las apariciones llegaron a ingresar a los vagones durante los breves apagones que solían producirse en los antiguos coches de madera.
Intrigado por el relato de Jonathan, decidí investigar por mi cuenta.
Durante varios meses reuní testimonios de trabajadores y pasajeros habituales de la línea.
Don Pedro, vendedor de diarios en una estación céntrica, fue el primero en hablarme del tema.
—Pibe, esta historia se cuenta desde que yo era chico. Algunos dicen que los obreros están en una estación que nunca se terminó. Otros los vieron caminando por los túneles. Hasta escuché a gente jurar que aparecieron dentro del tren. Yo no sé si es verdad, pero algo raro hay.
Francisca, usuaria frecuente de la línea desde hace más de quince años, también recordaba una experiencia extraña.
—Cuando todavía circulaban los viejos vagones de madera viajaba muy tarde por trabajo. Una noche se cortó la luz entre Pasco y Alberti. Fue apenas un instante, pero juraría que vi dos hombres de pie junto a la pared del túnel. Pensé que eran operarios. Cuando volvieron las luces ya no estaban.
Darío, músico ambulante del subte, tenía una opinión diferente.
—Trabajo en varias líneas y te puedo asegurar que la A tiene algo especial. No sé explicar qué es. El aire se siente distinto. Como si hubiera algo antiguo ahí abajo. Nunca vi fantasmas, pero tampoco tengo interés en buscarlos.
La última entrevista fue la más inquietante.
Aldana, una pasajera habitual, aseguró haber visto a los obreros en más de una ocasión.
—No creo que sean peligrosos —me dijo con total naturalidad—. Están atrapados.
—¿Atrapados dónde?
—En el mismo momento de su muerte.
La respuesta me dejó pensando durante varios días.
Finalmente decidí recorrer el tramo por mi cuenta.
Viajé varias noches seguidas entre Pasco y Alberti.
Observé los túneles.
Esperé los apagones.
Presté atención a cada reflejo en los vidrios.
Pero no vi nada.
O al menos eso creí.
La última noche, cuando el tren abandonaba la estación Pasco, miré por la ventanilla durante apenas un segundo.
Entre la oscuridad distinguí una figura inmóvil.
Parecía un hombre.
Llevaba una gorra antigua.
Estaba de pie junto a la pared del túnel.
Parpadeé.
Y desapareció.
Quizás solo fue una ilusión provocada por el cansancio.
Quizás una sombra.
O quizás algo más.
La modernización del subte ha transformado gran parte de la atmósfera que hizo famosa a esta leyenda. Los viejos vagones de madera fueron reemplazados por coches modernos. La iluminación es diferente y muchos rincones desaparecieron bajo las reformas.
Sin embargo, algunas historias parecen resistirse al paso del tiempo.
Las profundidades de Buenos Aires esconden secretos que pocos conocen.
Bajo las avenidas, las plazas y los edificios históricos existe otra ciudad. Una ciudad de túneles, pasadizos y estaciones olvidadas.
Un lugar donde las tragedias del pasado todavía parecen resonar entre los muros.
Cada día miles de pasajeros atraviesan ese mundo subterráneo sin prestar atención a lo que ocurre más allá de las ventanillas.
Y quizás sea mejor así.
Porque algunas historias permanecen ocultas por una razón.
Y porque, cuando el tren atraviesa la oscuridad entre Pasco y Alberti, nunca se puede estar completamente seguro de quién observa desde el otro lado del túnel.