Al nacer, brillaron en el cielo las Siete Cabrillas. Era la señal de que la maldición había terminado. Porque después de él, ya no podía venir nada peor.

De los siete hijos malditos de la mitología guaraní, hay uno cuyo solo nombre hacía que la gente se persignara y callara. El séptimo. El último. El que cargó con la peor maldición de todas. Ronda los cementerios de noche, devora la carne de los muertos y el alma de los vivos, y arrastra tras de sí un olor a podredumbre que avisa su llegada.

Le decimos lobizón. Pero ese no es su verdadero nombre. Su verdadero nombre, el original, el guaraní, es Luisón. Y su historia es mucho más antigua y más oscura que la del hombre lobo que todos creemos conocer.

El último de los siete

Para entender al Luisón hay que volver al principio, a la genealogía más siniestra del folclore americano. El espíritu del mal, Tau, raptó a la bella Keraná. Por ese crimen, la divinidad lo maldijo: todos sus hijos nacerían sietemesinos y monstruosos. Fueron siete. Teju Jagua, Mbói Tu'í, Moñái, el Jasy Jateré, el Kurupí, el Ao Ao… y, el último, el Luisón.

Sobre este séptimo hijo cayó la mayor de todas las maldiciones. Si cada uno de los hermanos encarnaba un terror, al Luisón le tocó el más definitivo de todos: la muerte misma. Dice el mito que cuando nació, brilló en el cielo la constelación de las Siete Cabrillas —las Pléyades—, como señal de que la maldición que afligía a Tau y Keraná por fin había terminado. Y tiene lógica siniestra: después del señor de la muerte, ya no podía engendrarse nada peor. El Luisón era el fondo del pozo.

El señor de la noche

En su forma original guaraní —antes de que se mezclara con el hombre lobo europeo—, el Luisón era una criatura profundamente ligada a la muerte, y nada parecida al lobo elegante de las películas. Se lo describía con el pelo largo y sucio, caído sobre el cuerpo cubriéndolo casi por completo; la piel pálida y enfermiza; los ojos apagados; y ese olor constante, fétido, a muerte y descomposición que lo precedía.

Su hábitat no era el bosque ni la montaña: eran los cementerios. El Luisón vivía entre las tumbas, en los camposantos y en cualquier lugar vinculado con la muerte. Y su alimento era uno solo: la carne muerta, los cadáveres, la podredumbre. Se lo llamaba el señor de la noche, y se lo ubicaba justo en la encrucijada entre el camino de la vida y el de la muerte. De los siete engendros, era el más temido y el más aborrecido. Como con los vampiros, al presentirlo la gente se santiguaba y bajaba la voz.

Cuando el Luisón se volvió lobizón

Entonces, ¿cómo pasó este devorador de cadáveres a ser el hombre lobo que conocemos hoy? La respuesta está en el encuentro de dos mundos.

Cuando los colonizadores portugueses y españoles trajeron a América la leyenda europea del hombre lobo —el lobisomem portugués, el licántropo que se transforma con la luna llena—, esta se fundió con el Luisón guaraní. Y de esa mezcla nació el lobizón rioplatense, el que todos conocemos. En esa fusión, el Luisón fue perdiendo parte de su conexión original con la muerte y los cementerios, y fue ganando los rasgos del hombre lobo: la transformación en bestia los martes y viernes, o en las noches de luna llena.

El método de transformación quedó registrado en el folclore y es escalofriante en su sencillez: cuando el maldito siente que la metamorfosis se acerca, empieza con mareos; se aleja a un lugar apartado, se despoja de la ropa, se tira al suelo y rueda tres veces mientras reza una oración al revés. Y de ahí se levanta convertido en una bestia lúgubre, mitad hombre mitad perro, de grandes colmillos. Al amanecer recupera la forma humana, pero queda sucio, agotado, triste. Un hombre cualquiera que carga un secreto atroz.

La maldición del séptimo hijo

Y acá está el detalle que vuelve a esta leyenda única entre todas: su cruce con la ley real argentina. (Ya contamos esa historia en detalle en El Lobizón: la maldición del séptimo hijo y la ley que obligó al Presidente a protegerlo.)

La creencia popular dice que el séptimo hijo varón consecutivo de una familia —siete varones seguidos, sin ninguna mujer en el medio— está condenado a convertirse en lobizón al llegar a cierta edad. Durante el siglo XIX, esa superstición tuvo consecuencias trágicas y reales: hay registros de que, por el terror a que les hubiera nacido un lobizón, algunas familias llegaban a abandonar o incluso a sacrificar a ese séptimo hijo varón. El miedo al mito mataba de verdad.

Fue para frenar ese horror que surgió una costumbre que, increíblemente, sigue vigente hoy. Desde fines del siglo XIX, en la Argentina se estableció que el Presidente de la Nación sea el padrino del séptimo hijo varón (o la séptima hija mujer) de una familia. Lo que empezó como una forma de proteger a esos chicos del estigma y del abandono —darles un padrino poderoso para que nadie los tocara— con el tiempo se volvió ley: hoy esos chicos reciben una medalla, una beca y el padrinazgo del Presidente. Es, posiblemente, el único caso en el mundo de una leyenda de hombre lobo convertida en política de Estado. El mito guaraní, vivo, en el Boletín Oficial.

Por qué el Luisón todavía ronda

El Luisón es fascinante porque es dos monstruos en uno. Es el antiquísimo señor guaraní de la muerte, el devorador de cadáveres de los cementerios, una de las figuras más oscuras de la cosmología precolombina. Y es, al mismo tiempo, el lobizón de nuestras noches de campo, el hombre maldito que se transforma con la luna. En él conviven, como en tantas cosas argentinas, lo indígena y lo europeo, fundidos en una sola criatura.

Puede que sea el eco de un miedo ancestral a la muerte y a lo que acecha entre las tumbas. Puede que sea la forma en que el campo explicó enfermedades, deformidades o conductas que no entendía. Pero cuando en una noche de campo, un martes o un viernes, los perros empiecen a aullar sin motivo y el aire traiga un olor que no debería estar ahí, vas a entender por qué, desde hace siglos, al presentirlo la gente se persigna y calla.

Al nacer, brillaron en el cielo las Siete Cabrillas. Era la señal de que la maldición había terminado. Porque después de él, ya no podía venir nada peor.