Si trepás a un árbol, lo derriba. Si corrés, te alcanza. Solo hay una salvación contra el Ao Ao, y es saber cuál es el árbol correcto.

Hay un sonido en la selva guaraní que significa que ya es tarde. Un "¡ao ao ao!" que no viene de un solo lado, sino de varios a la vez, acercándose. Cuando lo escuchás, es porque la manada ya te rodeó. Y contra lo que viene, correr no sirve. Trepar tampoco. Solo hay una salvación, y hay que saberla de antemano.

Le dicen Ao Ao. Y es una de las bestias más implacables de toda la mitología del Litoral.

El sexto hijo maldito

Para entender al Ao Ao hay que conocer su familia, que es de las más siniestras que existen. En la mitología guaraní, el espíritu del mal, Tau, y la bella Keraná tuvieron siete hijos, todos nacidos malditos, todos monstruos. Son los siete engendros legendarios: Teju Jagua, Mbói Tu'i, Moñai, el Jasy Jateré, el Kurupí, el Ao Ao y, el último, el Luisón. Dicen que cuando nació el séptimo, apareció en el cielo una señal de advertencia: las Pléyades, ese racimo de estrellas, para que los hombres se cuidaran de la descendencia del mal.

Cada uno de los siete hermanos encarna un terror distinto. El Jasy Jateré rapta a los niños en la siesta. El Luisón —el lobizón— ronda los cementerios y la muerte. Y al Ao Ao, el sexto hijo, le tocó un papel brutal y directo: asolar los rebaños y devorar a la gente. Es, de los siete, la pura hambre. La bestia devoradora sin más motivo que el apetito.

Mitad oveja, mitad jabalí

El Ao Ao es un animal contradictorio, y esa mezcla es parte de lo que lo hace inquietante. Se lo describe como un cuadrúpedo grande, cubierto de un pelaje áspero y espeso parecido al de una oveja —en algunas zonas de Paraguay directamente lo llaman ovecha ka'aguy, "oveja del monte"—. Pero la cabeza no es mansa: es la de un jabalí, con colmillos enormes y una mirada feroz. Y es mucho más grande que cualquiera de los dos animales que lo componen.

Esa combinación —la lana inofensiva de la oveja con la furia del jabalí— lo convierte en algo que no encaja en ninguna categoría. No es del todo bestia conocida ni del todo monstruo fantástico. Es un error de la naturaleza, un animal que no debería existir. Armado, además, de poderosas uñas con las que despedaza a sus víctimas.

Habita las zonas más inhóspitas, los cerros y las montañas de la vasta comarca guaraní, las selvas más espesas. Es el dueño de esos lugares. Y de ahí sale a cazar.

La cacería en manada

Acá está lo verdaderamente aterrador del Ao Ao, y lo que lo distingue de otros monstruos solitarios: no está solo. Nunca está solo.

El Ao Ao original tenía, según la leyenda, un poder de procreación descomunal —tanto que en algunas versiones se lo considera, paradójicamente, una deidad de la fecundidad—. Y todos sus descendientes son iguales a él: caníbales, feroces, insaciables. Por eso el Ao Ao caza en manada.

El nombre mismo lo delata: "Ao Ao" es onomatopéyico. Es el grito con el que los miembros de la manada se llaman entre sí para coordinar el ataque. Cuando escuchás ese coro de "¡ao ao ao!" viniendo de todos lados, no es un animal: son muchos, y ya te están cercando.

Y son metódicos. Si la persona perseguida intenta salvarse trepando a un árbol —el reflejo lógico ante cualquier bestia—, los Ao Ao no se van. Rodean el árbol en círculo, y a los gritos, empiezan a cavar las raíces con sus uñas, sin descanso, hasta que el árbol se desploma. Y ahí devoran al que cayó. No se cansan. No se aburren. No se rinden. Esa persistencia implacable —la certeza de que van a seguir cavando hasta el final— es quizás lo más pesadillesco de todo.

La única salvación

Pero toda leyenda guaraní, por más terrible que sea, deja siempre una puerta de escape. Y la del Ao Ao es de las más hermosas y curiosas.

Contra el Ao Ao, trepar a cualquier árbol es inútil… salvo a uno. La única salvación es subirse a una palmera pindó (el mbokaja o coco, en guaraní). ¿Por qué justo esa? Acá el mito guaraní se entrelaza con la tradición cristiana traída por los jesuitas, en una fusión típica de la región. Porque el pindó es considerado un árbol sagrado, bendecido por Tupã —Dios—, por ser, según la leyenda, la única planta que dio alimento y sombra al niño Jesús durante la huida a Egipto.

Ese carácter sagrado lo hace inexpugnable. El Ao Ao, criatura del mal, no puede tocar el árbol de Dios: sus uñas no logran cavar sus raíces, no puede derribarlo. Así que el que logra trepar a un pindó a tiempo, se salva. La bestia queda abajo, dando vueltas, gritando su "ao ao" impotente, hasta que se cansa y se va. La fe, en el mito, es literalmente lo único que se interpone entre la persona y las fauces.

Lo que el Ao Ao nos enseña

Como todo gran mito, el Ao Ao es más que un monstruo. En su origen, cumplía una función práctica: advertía sobre los peligros reales de la selva profunda, de aventurarse solo en los cerros y montes inhóspitos donde acechaban riesgos verdaderos. El miedo a la bestia mantenía a la gente en los caminos seguros.

Pero hay algo más, algo que los propios narradores del mito supieron ver. En las versiones más modernas, el Ao Ao se lee también como una metáfora: el depredador que acecha al que anda solo, la amenaza que se ceba con el vulnerable, la manada que rodea al que se quedó sin refugio. Por eso muchas versiones subrayan que contra el Ao Ao la salvación es estar unidos, no dispersarse. El monstruo caza al que se separa del grupo. La comunidad, como el pindó sagrado, es refugio.

Puede que el Ao Ao sea el eco de un jabalí gigante mal recordado, o el miedo antiquísimo a las bestias del monte. Pero cuando estés en la selva del Litoral, lejos de todo, y escuches a lo lejos un "ao ao" que parece contestarse a sí mismo desde varios puntos… no trepes al primer árbol que veas. Fijate bien cuál es. Puede ser lo único que importe.

Si trepás a un árbol, lo derriba. Si corrés, te alcanza. Solo hay una salvación contra el Ao Ao, y es saber cuál es el árbol correcto.