Cuando se va, deja un olor a azufre. Así sabés que el que estaba charlando con vos, con cara de paisano, no era de este mundo.

En el folclore argentino, el mal tiene muchas caras, y no todas dan miedo a primera vista. Algunas son diminutas, con un sombrero ridículamente grande y una sonrisa traviesa. Otras se te acercan con cara de paisano amable, te convidan un mate, charlan un rato… y recién cuando se van, por el olor a azufre que dejan, te das cuenta de con quién estuviste hablando.

Son el Duende y el Mandinga. Dos figuras del mal criollo, a veces distintas, a veces la misma, que rondan desde hace siglos las casas y los montes de la Argentina.

El Duende del sombrero

Empecemos por el más conocido y, en apariencia, el más inofensivo. El Duende del noroeste argentino es un ser bajo, de cabeza desproporcionada y un enorme sombrero de paja, que aparece en las quebradas, los cañadones y los montes de Catamarca, Salta, Tucumán y toda la región. Sus horarios preferidos son los mismos de siempre en el norte: la siesta y el anochecer, esas horas de frontera en que el mundo cotidiano se afina.

La palabra "duende" tiene raíz ibérica —viene de "dueño de casa", "duen de casa", el espíritu que habitaba y poseía los hogares—. Pero al llegar a estas tierras y mezclarse con las cosmovisiones andinas y diaguitas, el Duende criollo tomó rasgos propios. Y uno de esos rasgos lo comparte con otra criatura del norte que ya conocemos, el Mikilo: sus dos manos distintas, una de lana y otra de hierro. Cuando el Duende sorprende a alguien, le ofrece elegir con cuál mano quiere que lo golpee. El que elige la lana, pensando que dolerá menos, recibe el peor golpe; el que se anima al hierro, apenas un roce. La misma trampa lógica, el mismo castigo al miedo.

Pero detrás del duende travieso hay una historia triste. La tradición oral sostiene que el Duende sería el alma errante de un niño: en algunas versiones, un niño que murió sin ser bautizado y quedó condenado a vagar entre los mundos; en otras, un niño que fue cruel con su madre, que la golpeó, y por ese pecado quedó transformado en este ser violento y errante. El folclorista Adolfo Colombres lo definió como un "espíritu menor del monte, ligado al castigo de los desobedientes y a las almas no bautizadas". Como el Yasí Yateré o el Mikilo, el Duende es también un mito con función: mantener a los chicos lejos del monte en las horas peligrosas, y una advertencia moral sobre el respeto a los padres y la fe.

El Mandinga, diablo con poncho

El Mandinga es harina de otro costal. Porque el Mandinga no es un duende: es el Diablo mismo, en su versión criolla y argentina.

Su nombre delata un origen fascinante y muchas veces olvidado: "Mandinga" viene de África. Era el nombre de un pueblo y una región del África occidental, y llegó a estas tierras con las personas esclavizadas durante la colonia. Con el tiempo, en el sincretismo del folclore rioplatense y sudamericano, "Mandinga" pasó a ser uno de los nombres populares del demonio. Es, en el fondo, una huella de la cultura afro en nuestro folclore, una de las tantas que quedaron enterradas y que pocos reconocen.

Lo que distingue al Mandinga de la imagen clásica del diablo con cuernos y tridente es su astucia. El Mandinga no se aparece como un monstruo: se presenta con apariencia de ser humano normal, un paisano cualquiera, para resultar más amigable y ganarse la confianza de su víctima. Charla, convida, se hace el simpático. Así puede tentar con más facilidad, empujar a la gente a la perdición sin que se den cuenta de con quién tratan. Pero tiene un detalle que lo delata: cuando se aleja, deja tras de sí un inconfundible olor a azufre. Ese aroma es la firma del diablo criollo. La señal de que el amable desconocido no era de este mundo.

Cuando las dos figuras se cruzan

En el vasto folclore del norte, el Duende y el Mandinga a veces se rozan, se mezclan, se confunden. Hay un ejemplo hermoso: la Luz Mala, esa luz fantasmal que aparece de noche en el campo, en el noroeste es llamada directamente el "Farol de Mandinga" —el farol del diablo—. El mal criollo es un territorio poroso, donde las figuras se prestan nombres y atributos según la región y el narrador.

Y hay algo que ambos comparten, y que es muy propio del folclore rural argentino: el vínculo del pacto. Tanto al Duende como al Mandinga se les puede pedir favores —que crezcan los cultivos, que se cuiden los animales, riquezas—. Pero nunca es gratis. Quien pide un favor queda obligado a cumplir con ofrendas, noche tras noche, sin olvidarse jamás. Y si se olvida, despierta la furia de la criatura, que descarga toda clase de maldades sobre el hogar. El mal criollo funciona como un préstamo con intereses: te da, pero después te cobra, y el que se atrasa lo paga caro.

Por qué el diablo criollo sigue rondando

Lo fascinante del Duende y el Mandinga es que son un mapa de quiénes somos. En ellos conviven las tres raíces de la cultura argentina: la ibérica (el duende dueño de casa, el diablo católico), la indígena (las manos disímiles, la siesta, la cosmovisión andina) y la africana (el nombre mismo de Mandinga, herencia de los esclavizados). El mal criollo no es una importación: es un mestizaje, tan mezclado como nosotros.

Y siguen vivos. En Tafí del Valle todavía se cuentan encuentros con el duende del sombrero; en los campos, todavía hay quien no nombra al Mandinga por las dudas; y en las siestas del norte, a los chicos todavía se les dice que no anden solos. Porque el mal, en el folclore argentino, no vive en un infierno lejano. Vive acá nomás: en el monte, en la quebrada, en el umbral de la casa. A la hora de la siesta o al caer la tarde.

Cuando se va, deja un olor a azufre. Así sabés que el que estaba charlando con vos, con cara de paisano, no era de este mundo.