Te pregunta con cuál mano preferís que te golpee. La de lana o la de hierro. Y elijas la que elijas, siempre pierde el que se cruzó con él.
En el norte argentino, la siesta es sagrada. Cuando el sol raja la tierra y el termómetro trepa, entre la una y las cinco de la tarde, todo se detiene: se cierran las persianas, se apagan las voces, la gente se mete adentro a esperar que afloje el peor calor. Y en ese silencio blanco del mediodía, dicen, alguien sale a caminar. Un hombrecito bajo, de sombrero enorme, agazapado entre los viñedos y las peñas.
Le dicen Mikilo. Y para cruzarse con él, hay que tener la mala idea de andar afuera a la hora en que no se debe.
El rey de la siesta
El Mikilo —también Mikilico o Miquilo— es una de las criaturas más queridas y temidas del folclore del noroeste. Reina sobre todo en La Rioja, pero su fama se extiende por Catamarca, Tucumán, Santiago del Estero y Salta. Y tiene un título ganado a pulso: lo llaman "el rey de la siesta".
Porque su horario es preciso, casi burocrático: entre las 13 y las 17, la franja en que el calor del norte vuelve peligroso andar bajo el sol. En ese lapso, el Mikilo es el dueño del campo, de los viñedos, de los olivares, de los senderos de montaña. Muchos riojanos —gente de campo, pero también de pueblos como Chilecito— aseguran haberlo visto deambular a plena siesta, siempre con la misma actitud: agachado, espiando, en busca de alguna víctima despistada.
Se lo describe como un hombrecillo diminuto, casi un enano, que no camina erguido sino encorvado, en posición sospechosa. Bajo un sombrero enorme brillan sus ojos, descritos como grandes y ardientes. Es esquivo, poco sociable, y se anuncia con un grito ululante que parece venir de todos lados a la vez.
La mano de lana y la mano de hierro
Acá está el detalle que hace al Mikilo inolvidable, el que lo separa de cualquier otro duende. Su arma, y su juego cruel.
El Mikilo tiene dos manos distintas: una es de lana, blanda; la otra es de hierro, durísima. Y cuando se cruza con un desprevenido, le hace una pregunta con una sonrisa tramposa: ¿con cuál mano preferís que te golpee?
La víctima, lógicamente, elige la mano de lana, pensando que le va a doler menos. Error. El que elige la mano de lana recibe un golpe brutal, demoledor. En cambio —y acá está la trampa perfecta— el que se anima a elegir la mano de hierro recibe apenas un golpecito leve, casi un roce. Pero nadie, o casi nadie, elige el hierro. La lógica te traiciona. El Mikilo gana siempre, porque conoce cómo funciona el miedo.
Es un detalle genial: el duende no te vence por fuerza, sino por astucia. Te deja elegir, y en esa elección está la condena.
El último dios diaguita
Pero el Mikilo es mucho más que un cuco de la siesta. Y esta es la parte más profunda de su historia.
Según los estudiosos del folclore riojano, el Mikilo es en realidad una deidad diaguita-calchaquí: un dios anterior a la conquista, de los tiempos en que esos pueblos dominaban el noroeste. Y tiene una particularidad que lo vuelve casi heroico: es un numen salvaje que nunca fue absorbido ni por los incas ni por los españoles. Sobrevivió a todo.
Lo describen como un dios de la tierra, de los "dioses salvajes": sin templos construidos por el hombre, sin ofrendas, sin sacerdotes, sin oro que despertara la codicia de los conquistadores. Justamente por eso sobrevivió. Mientras la conquista arrasaba con los grandes cultos, con los templos y las riquezas, el Mikilo —que no tenía nada de eso, que vivía escondido entre las peñas y los árboles— pasó desapercibido. Se refugió en la memoria popular, en los cuentos de los abuelos, y desde ahí atravesó cinco siglos sin que nadie pudiera borrarlo.
Es, en cierto sentido, un sobreviviente. El último dios de un mundo arrasado, que se disfrazó de duende travieso para no desaparecer. Su nombre incluso lo delata: Mikilo significaría "nutria" en quechua, quizás por ese carácter escurridizo de criatura que vive oculta en lo húmedo y lo oscuro. Y es proteiforme: cambia de aspecto según la zona y según se le antoje, como buena deidad de la naturaleza que no se deja encasillar.
El mito que cuida
Como pasa con casi todos los grandes mitos del norte, detrás del susto hay una sabiduría muy concreta.
El Mikilo cumple una función protectora clarísima. En un Norte donde el calor de la siesta puede ser literalmente peligroso —insolación, deshidratación—, ¿cómo hacés para que los chicos no salgan a jugar al rayo del sol mientras los grandes descansan? Les contás que a esa hora anda el Mikilo, y que a los niños desobedientes que se escapan de la casa, los agarra. El miedo al duende reemplaza a la advertencia médica que un chico jamás escucharía. La recomendación popular lo dice todo: si ves huellas pequeñas y extrañas durante la siesta, lo más prudente es entrar a la casa y cerrar bien la puerta.
Un guardián al revés, otra vez: un monstruo inventado para mantener a los chicos a salvo del sol.
Por qué el Mikilo sigue caminando
Lo asombroso del Mikilo es su vigencia. Estamos en el siglo XXI, con celulares y aire acondicionado, y el Mikilo sigue apareciendo: en cuentos, en testimonios de gente que jura haberlo visto, en bromas entre vecinos, en llamados a las radios rurales del norte. No se murió con la modernidad. Sigue siendo el rey de la siesta.
Y quizás sea porque el Mikilo representa algo hermoso: la resistencia de lo nuestro más antiguo. Una deidad de los pueblos originarios que, sin templos ni oro, sin nada material que la sostuviera, logró lo que no lograron imperios enteros: sobrevivir. Seguir viva en la boca de la gente, cinco siglos después de que quisieran borrarla.
Te pregunta con cuál mano preferís que te golpee. La de lana o la de hierro. Y elijas la que elijas, siempre pierde el que se cruzó con él.