Si aparece roja, alguien importante va a morir. Si te protege, es porque un brujo lo quiso. El Anchimallén no elige: obedece.

Hay luces que aparecen de noche en los montes del sur y no son de este mundo. No son la luna, ni un farol, ni una fogata. Son pequeñas, flotan a baja altura, brillan con una intensidad extraña, y de golpe se apagan como si nunca hubieran estado. Y si te acercás lo suficiente —dicen—, a veces esa luz tiene forma. La forma de un niño.

Le dicen Anchimallén. Y es una de las criaturas más hermosas y perturbadoras de toda la mitología mapuche.

La luz que tiene forma de niño

El Anchimallén —también Anchimayén, Anchimalén, Anchimalguén, y una docena más de variantes según la zona— es un ser pequeño de la mitología mapuche y pehuenche, del sur argentino y chileno. Su característica principal es la luminosidad: puede transformarse en una esfera que emite un resplandor radiante, como una centella, visible desde muy lejos. De día esas esferas se ven opacas; de noche, arden.

Pero no es solo una luz. En su otra forma, el Anchimallén es un ser diminuto, de aspecto infantil, del tamaño y el grosor de un niño de pocos meses —casi un bebé—. Los cronistas que lo describieron lo asimilaron a un duende o un enano, de sexo indeterminado, andrógino. Y hay un detalle que hiela la sangre: se dice que emite un grito, un canto lastimero, semejante al llanto de un recién nacido.

Un ser de existencia dual, dijeron los que lo estudiaron: con un pie en el mundo de los hombres y otro en el mundo espiritual, más oscuro. Ni del todo vivo ni del todo muerto. Ni del todo luz ni del todo cuerpo.

El presagio en el color

En su forma más pura, el Anchimallén es una llama ligera y fugitiva que aparece de repente en los montes y en el aire, y se desvanece en segundos. Y para los mapuches, verlo no es un hecho neutro: suele ser un mal augurio. Su aparición presagia desgracias —la muerte, la enfermedad—.

Hay un detalle particularmente inquietante ligado al color. Cuando el Anchimallén aparece de color rojo, la tradición mapuche lo interpreta como el anuncio de la muerte de un gran personaje. La luz, según su tono, es un mensaje. Y el rojo es el peor de todos.

Esa cualidad luminosa hizo que, con el tiempo, el Anchimallén se cruzara con toda clase de fenómenos: se lo confundió con Kuyén, el espíritu de la Luna; se lo emparentó con otras criaturas de fuego de la mitología mapuche como los cherufes; y en tiempos modernos, inevitablemente, hubo quienes vincularon esas esferas de luz que aparecen y desaparecen en el cielo del sur con el fenómeno OVNI. La misma luz, leída de mil maneras distintas según la época.

El sirviente de los brujos

Pero la parte más oscura del Anchimallén es su origen, o mejor dicho, uno de sus orígenes. Porque acá el mito se bifurca en dos.

En su versión benéfica, el Anchimallén es un espíritu protector. Criado por una familia mapuche, se lo alimenta con leche, sangre o miel, y a cambio cuida los animales, los bienes, la casa. Defiende con valentía lo que se le encomienda, ahuyenta a los ladrones, atrae la fortuna. Se lo pasa de generación en generación, como una herencia viva, para que la riqueza no abandone a la familia. Un guardián leal, mientras se lo mantenga satisfecho. Porque hay una advertencia: si el encargado se olvida de saciar su apetito, el Anchimallén puede volverse contra él, y castigarlo hasta con la muerte.

Y después está la versión maligna, la que da verdadero escalofrío. En ella, el Anchimallén es una criatura fabricada por un kalku —un brujo mapuche— que no cuenta con un espíritu wekufe lo bastante poderoso y necesita un sirviente sobrenatural que lo proteja y obedezca. El brujo lo crea a partir de los restos de un niño muerto de forma repentina, mediante un rito tan macabro que preferimos no detallar. La criatura resultante queda atada a la voluntad de su creador, condenada a servirle.

Es un contraste tremendo, y muy propio del pensamiento mapuche: la misma criatura puede ser un ángel guardián o un esclavo del mal, y la diferencia no está en ella, sino en las manos que la moldearon. El Anchimallén no es bueno ni malo por naturaleza. Hace el bien o el mal según los deseos de quien lo controla. Es, en el fondo, un reflejo de su dueño.

Lo que la luz nos dice

¿Qué había, en realidad, detrás de esas luces? Es probable que la raíz esté en fenómenos lumínicos reales del monte y el cielo patagónico: fuegos fatuos, meteoritos, descargas eléctricas, esas luces que la ciencia explica y que, vistas de noche, en soledad, se sienten como cualquier cosa menos naturales. Sobre esa base, un pueblo entero construyó una de sus criaturas más ricas.

Y lo fascinante del Anchimallén es lo que condensa. El miedo a las luces inexplicables en la oscuridad. El terror antiquísimo ligado a la muerte de los niños. La idea perturbadora de un ser inocente —con forma de bebé, con llanto de bebé— convertido en herramienta de un poder oscuro. Y esa dualidad tan humana: la de que una misma fuerza puede protegerte o destruirte, según quién la maneje.

Puede que sea una centella. Puede que sea un fuego fatuo sobre un pantano. Pero cuando estés en el sur, de noche, lejos de las luces del pueblo, y veas una pequeña esfera brillante flotando entre los árboles, acercándose y apagándose… mejor no te acerques a ver si tiene forma.

Y si aparece roja, ya sabés lo que significa.

Si aparece roja, alguien importante va a morir. Si te protege, es porque un brujo lo quiso. El Anchimallén no elige: obedece.