En Buenos Aires nadie puede afirmar con certeza qué espera, paciente, en la oscuridad.

La Ciudad de Buenos Aires, con más de cuatro siglos y medio de historia y dos fundaciones, ha sido escenario de relatos de toda índole: gestas heroicas, conspiraciones políticas, asesinatos meticulosamente planificados, traiciones, romances apasionados y fenómenos difíciles de explicar. Desde el primer asentamiento fundado por Pedro de Mendoza, sus calles trazadas en damero, inspiradas en las grandes ciudades europeas, han ocultado incontables secretos.

La historia que nos ocupa hunde sus raíces en la época colonial y, según diversos testimonios, reaparece siglos más tarde durante la epidemia de fiebre amarilla que devastó Buenos Aires en el siglo XIX.

Pocos saben que bajo algunas de las avenidas y edificios más emblemáticos de la ciudad se extiende una compleja red de túneles subterráneos interconectados cuyo origen y propósito continúan siendo motivo de debate. Actualmente conocidos como los túneles de la Manzana de las Luces, estos pasajes comunicaban la Iglesia de San Ignacio —la más antigua de la ciudad— con hospitales, instituciones educativas y otras construcciones de relevancia.

Descubiertos en 1912 durante las excavaciones para los cimientos de la entonces Facultad de Ciencias Exactas, sobre la calle Perú al 200, los túneles dieron origen a numerosas teorías. Algunos sostienen que fueron construidos con fines defensivos; otros, que sirvieron para el contrabando o el tráfico clandestino de esclavos. Existe, sin embargo, una hipótesis mucho más inquietante: la posibilidad de que hayan sido utilizados para la realización de rituales oscuros.

La leyenda afirma que, durante las primeras exploraciones, arqueólogos e ingenieros encontraron una gran cantidad de restos humanos y animales. Uno de los testigos, de los pocos que habría accedido a hablar sobre el tema, aseguró haber visto una calavera humana cuyos incisivos parecían afilados como cuchillas.

A partir de este hallazgo surgió una inquietante especulación: la existencia de una secta que habría practicado ceremonias macabras en aquellos pasajes subterráneos, utilizando los restos de víctimas o adeptos como parte de sus rituales.

Sin embargo, para comprender el origen de esta historia debemos retroceder aproximadamente cuarenta años.

Por entonces, los túneles permanecían ocultos bajo la ciudad y Buenos Aires atravesaba uno de los períodos más oscuros de su historia. La epidemia de fiebre amarilla avanzaba sin control. Los conventillos se vaciaban, los comercios cerraban sus puertas, los hospitales colapsaban y los muertos se acumulaban en las calles más rápido de lo que podían ser enterrados.

Fue en medio de aquel escenario de desesperación cuando comenzaron a aparecer cadáveres en las inmediaciones de la Iglesia de San Ignacio.

A diferencia de las víctimas de la epidemia, aquellos cuerpos presentaban características inquietantes: dos pequeñas perforaciones en el cuello o en las muñecas y una notable ausencia de sangre.

Durante una entrevista realizada años atrás, un académico de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, especializado en el estudio de este período histórico, me señaló una curiosa conexión entre estos sucesos y los posteriores hallazgos en los túneles.

Además de los registros sanitarios de la época, el investigador encontró referencias dispersas en diarios personales, cartas y documentos parroquiales. Ninguna de ellas resultaba concluyente por sí sola, pero juntas componían un cuadro inquietante.

En varios testimonios aparecía la mención de una figura que recorría las calles próximas a la Iglesia de San Ignacio durante las noches más críticas de la epidemia. Algunos la describían como un hombre extremadamente pálido; otros aseguraban que se trataba de una silueta alta envuelta en un abrigo oscuro. Las descripciones variaban, pero ciertos detalles se repetían con demasiada frecuencia para ser ignorados.

También llamaba la atención que algunos cadáveres encontrados cerca de la iglesia presentaran características inusuales para las víctimas de la fiebre amarilla. Aunque las autoridades atribuyeron las muertes al caos generalizado que reinaba en la ciudad, algunos médicos y religiosos dejaron constancia de heridas difíciles de explicar.

En una Buenos Aires desbordada por la enfermedad, donde cientos de personas morían cada semana y los recursos resultaban insuficientes, muchos casos quedaron sin investigar. Numerosos registros desaparecieron y otros fueron archivados sin mayor análisis.

Sin embargo, al comparar aquellas referencias históricas con los posteriores hallazgos realizados en los túneles, resulta difícil ignorar ciertas coincidencias.

Las extrañas perforaciones observadas en los cadáveres.

Los restos humanos encontrados bajo tierra.

Las calaveras con dentaduras anómalas.

Y la persistencia de una misma historia a lo largo de generaciones.

¿Se trató simplemente de una sucesión de hechos inconexos?

La pregunta abre la puerta a una hipótesis tan improbable como fascinante: la presencia de una entidad desconocida, muy diferente a los fantasmas o espíritus que suelen protagonizar las leyendas urbanas. Una criatura asociada al imaginario popular gracias a la novela publicada por Bram Stoker en 1897: Drácula.

Desde la fundación de Buenos Aires, innumerables vidas se han perdido entre sus calles. Quizás por eso no resulta extraño que algunas historias parezcan repetirse.

Las historias parecían destinadas a perderse en el tiempo hasta que, ya entrado el siglo XXI, comenzó a circular un rumor entre investigadores del patrimonio histórico porteño.

Según distintas versiones, un hombre en situación de calle fue hallado muerto en las inmediaciones de la Iglesia de San Ignacio. Las circunstancias nunca quedaron del todo claras. Algunos afirmaban que presentaba heridas profundas en las muñecas; otros aseguraban que la pérdida de sangre había sido inusualmente elevada.

Como ocurre con muchas leyendas urbanas, los detalles varían según quién cuente la historia. Sin embargo, el relato persistió durante años, alimentando las especulaciones sobre los antiguos túneles y los misterios asociados a ellos.

Quizás se trate de una simple coincidencia.

O quizás las viejas historias nunca desaparecieron del todo.

Las explicaciones posibles son numerosas.

Algunos atribuyen estos hechos a una secta dedicada a cultos prohibidos. Otros hablan de fanáticos religiosos obsesionados con antiguas creencias. También existe la posibilidad de que detrás de estos casos se esconda una persona afectada por el llamado síndrome de Renfield, un trastorno psicológico asociado a la fascinación patológica por la sangre.

Y luego está la explicación más perturbadora de todas.

La posibilidad de que un vampiro —o quizás varios— haya habitado las sombras de Buenos Aires durante generaciones. Seres cuyo origen podría remontarse tanto a las culturas precolombinas de América como a las leyendas traídas desde Europa por los inmigrantes.

Esta no es, por supuesto, la única historia de vampiros vinculada a la ciudad.

En el libro Buenos Aires es Leyenda, de Guillermo Barrantes y Víctor Coviello, se menciona el caso del llamado «Vampiro de Flores», una figura que durante años habría sembrado el temor entre los vecinos del Bajo Flores.

La leyenda asegura que su recuerdo fue tan persistente que algunas viviendas de la zona llegaron a exhibir coronas de ajo en puertas y ventanas, una costumbre que, según la tradición popular, servía para mantener alejado a aquel visitante nocturno proveniente de los Cárpatos.

En lo personal, tuve la oportunidad de recorrer los túneles de la Manzana de las Luces durante una visita guiada realizada hace algunos años.

Todavía recuerdo descender por una estrecha escalera en espiral hasta alcanzar los antiguos pasajes de ladrillo y piedra. Las puertas de hierro impedían avanzar demasiado, pero aun así era posible observar cómo los túneles desaparecían entre curvas, sombras y recovecos.

Aquel recorrido me dejó una sensación difícil de explicar.

Era una mezcla de inquietud y desasosiego. La misma sensación que obliga a una persona a girar la cabeza para comprobar que nadie camina detrás de ella.

Mientras el guía continuaba con sus explicaciones, recuerdo haber apoyado una mano sobre uno de los antiguos muros de ladrillo. Estaba frío, húmedo, como si el tiempo no hubiera transcurrido allí abajo. Durante unos segundos imaginé cuántas personas habrían recorrido esos pasajes antes que nosotros. Sacerdotes, soldados, esclavos, contrabandistas... o tal vez alguien más.

Años después, cuando escuché la teoría del académico, aquel recuerdo adquirió un significado completamente distinto.

Aunque dudo de la existencia de los vampiros, tampoco me atrevo a descartarla por completo.

Después de todo, la historia universal está repleta de relatos vinculados al vampirismo. Desde Vlad Tepes, el Empalador, hasta Erzsébet Báthory, la llamada «Condesa Sangrienta», numerosas figuras históricas han contribuido a alimentar estas creencias.

Por eso, querido lector, te invito a sacar tus propias conclusiones.

Quizás los túneles de la Manzana de las Luces no sean más que una reliquia histórica. Tal vez las muertes atribuidas al supuesto vampiro tengan explicaciones racionales que se perdieron con el paso del tiempo.

O quizás, en algún rincón olvidado bajo las calles de Buenos Aires, aún permanezca oculto algo que jamás debió despertar.

Si alguna noche caminás por las inmediaciones de la Iglesia de San Ignacio, tal vez te convenga permanecer bajo la luz de los faroles y evitar las sombras demasiado profundas.

Por mi parte, sigo llevando un pequeño crucifijo colgado al cuello.

No porque crea en vampiros.

Sino porque en Buenos Aires nadie puede afirmar con certeza qué espera, paciente, en la oscuridad.