No se sabe quién los construyó. No se sabe cuándo. No se sabe para qué. Tres siglos de silencio bajo la calle Perú.
En pleno microcentro porteño, entre las calles Perú, Bolívar, Moreno y Alsina, hay una manzana que parece cualquier otra. Oficinas, el Colegio Nacional, una iglesia antigua, turistas sacando fotos. Pero debajo, a pocos metros de los pies de la gente que pasa apurada, corre otra Buenos Aires. Una red de túneles de ladrillo, oscuros y fríos, con más de tres siglos de antigüedad. Y el mayor misterio de todos es este: nadie sabe con certeza quién los construyó, ni cuándo, ni para qué.
Es la Manzana de las Luces. Y su secreto está bajo tierra.
El corazón de la Buenos Aires colonial
Primero, lo que sí sabemos. La historia de la Manzana de las Luces arranca a fines del siglo XVII, con la llegada de los jesuitas a Buenos Aires. Ahí, en esa manzana, la Compañía de Jesús levantó su residencia, la Iglesia de San Ignacio —la más antigua que se conserva en pie en la ciudad— y el Colegio de San Ignacio, que con el tiempo sería el Colegio Nacional de Buenos Aires.
Con los siglos, ese predio se volvió el cerebro del país en formación. Por sus edificios pasó de todo: la primera imprenta del Río de la Plata, la Universidad, la Sala de Representantes que funcionó como una especie de Congreso desde 1822, la Biblioteca. Ahí juró Rivadavia como presidente. El nombre "Manzana de las Luces" no es casual: alude a las luces de la razón, del conocimiento, de la modernidad que se gestaba entre esos muros. Era el lugar más iluminado de la ciudad, en sentido intelectual.
Pero toda esa luz, arriba, convivía con una oscuridad literal, abajo.
Los túneles imposibles de explicar
Bajo la Manzana corre una red de túneles coloniales. Y acá empieza el misterio, uno que es completamente real: hasta hoy, los historiadores no se ponen de acuerdo sobre su origen exacto.
Lo que se cree es que fueron obra de los jesuitas, construidos entre los siglos XVII y XVIII. Hay un dato fuerte que lo respalda: el trazado de dos de esos túneles —uno que corría de sur a norte y otro de este a oeste— aparece dibujado en un mapa de 1780, ordenado por el virrey Juan José de Vértiz. Y la Compañía de Jesús tenía experiencia en este tipo de construcciones subterráneas: hay túneles jesuíticos parecidos en Córdoba y en Lima. Todo apunta a ellos.
Pero acá está lo inquietante: más allá de ese mapa y de algunas menciones tardías, prácticamente no existe registro de ellos. Durante cientos de años permanecieron ocultos, casi olvidados. Fueron "redescubiertos" recién en 1893, y buena parte de la red salió a la luz en excavaciones de 1980. O sea: una obra enorme, de ingeniería considerable, bajo el corazón de la ciudad… de la que casi nadie dejó constancia escrita. Es como si alguien se hubiera tomado el trabajo de que no quedara memoria de por qué se hicieron.
¿Para qué servían? Las teorías
Y esa es la gran pregunta que mantiene viva la fascinación. ¿Para qué se construyó semejante red de pasadizos? Hay varias teorías, y ninguna cierra del todo.
La primera es la defensa. Buenos Aires era una ciudad expuesta —invasiones, ataques—, y los túneles podían servir como vías de escape o de movimiento seguro entre puntos clave: conectaban, se cree, la Manzana con iglesias, con el Cabildo y con el antiguo Fuerte (cuyos cimientos todavía están bajo la Casa Rosada). Una ciudad con rutas secretas bajo tierra para cuando las de arriba se volvieran peligrosas.
La segunda, la más jugosa, es el contrabando. Durante buena parte de la época colonial, la Corona española prohibía o restringía severamente el comercio por el puerto de Buenos Aires. Y donde hay prohibición, hay contrabando. La teoría dice que los túneles habrían servido para mover mercadería de manera clandestina, ingresándola y embarcándola al margen de la ley española. Los pasadizos como economía en negro, tres siglos antes de la que conocemos.
La tercera, más funcional: que eran simplemente espacios de uso de las autoridades jesuitas, o de la servidumbre —trabajadores y esclavos— que sostenía el funcionamiento del complejo.
Y después están las teorías que ya pasan al terreno del mito: la que imagina toda una ciudad subterránea, una red que conectaba en secreto todos los edificios del poder colonial, sociedades secretas moviéndose bajo tierra, cámaras ocultas, tesoros jesuitas escondidos antes de la expulsión de la orden en 1767. Publicaciones y guías fueron engordando esos mitos con el tiempo, hasta volver a los túneles casi un personaje de novela.
Lo que revela la tierra
Lo fascinante es que cada nueva restauración suma misterio en vez de aclararlo. Las últimas excavaciones revelaron estructuras subterráneas coloniales inéditas, pozos de agua, antiguos sistemas cloacales. Un mundo entero congelado bajo la ciudad. Y solo una parte de todo eso está restaurada y es visitable: gran parte de la red sigue sin explorar del todo, tapiada, esperando.
Hoy se puede bajar. La Manzana ofrece visitas a un tramo restaurado de los túneles —a veces, incluso, recorridos nocturnos con linternas—. Y quienes bajan cuentan siempre lo mismo: que al descender, la calle Perú desaparece de golpe. Que el aire se vuelve frío y denso, con ese olor inconfundible a tierra mojada. Que se tocan los ladrillos rojizos, ásperos, y uno siente de repente el peso de los siglos. En esa penumbra, con la linterna temblando, no hace falta mucho para que los túneles parezcan, por fin, murmurar.
Por qué el misterio no se apaga
Lo que hace tan poderosos a los túneles de la Manzana de las Luces es que su misterio no es inventado. No necesitamos agregarle fantasmas ni leyendas para que dé escalofríos: el escalofrío está en los hechos. Una red enorme de túneles, bajo la ciudad, de la que nadie dejó registro claro de por qué existe. La incógnita real es más inquietante que cualquier cuento.
Y hay algo más profundo. Los túneles nos recuerdan que la ciudad que caminamos todos los días está construida sobre otra ciudad, más vieja y más secreta. Que bajo el asfalto, las oficinas y el apuro, hay tres siglos de historia enterrada, literalmente, bajo nuestros pies. Y que de esa Buenos Aires subterránea todavía no sabemos —quizás nunca sepamos— todo lo que esconde.
No se sabe quién los construyó. No se sabe cuándo. No se sabe para qué. Tres siglos de silencio bajo la calle Perú.
Y si te gustan las historias que esconde este rincón de la ciudad, hay otra leyenda que late muy cerca de acá: la de El vampiro de la colonia, uno de los mitos más antiguos y perturbadores del Buenos Aires colonial.
Para visitar los túneles y conocer horarios, el sitio oficial del Complejo Histórico Cultural Manzana de las Luces tiene toda la información actualizada.