Sintió que lo transportaban a un lugar desconocido, recorrió las calles de un pueblo extraño lleno de gente que lo miraba. Y de golpe, todo se esfumó.

Hay un pueblo en el norte de Neuquén que existe dos veces. Uno es real: Taquimilán, una localidad rural y tranquila sobre la Ruta 40, cerca de Chos Malal, con unos mil habitantes, montañas alrededor y un silencio enorme. El otro no figura en ningún mapa. Aparece al pie del cerro Naunauco, dura unos minutos, y se desvanece. Y hay quien jura haber caminado por sus calles.

Le dicen la Ciudad Encantada. Y es una de las leyendas más extrañas y hermosas de toda la Patagonia.

El pueblo que emerge del suelo

La leyenda más famosa de Taquimilán es precisa en sus detalles. En ciertos amaneceres y atardeceres de otoño e invierno, sobre un terreno llano y curiosamente pelado —sin un solo rastro de vegetación— al pie del cerro Naunauco, los pobladores aseguran ver aparecer estructuras. Casas antiguas. Chozas de barro. Vigas, columnas de puentes, restos de un poblado entero que se hace visible gradualmente, como si emergiera del suelo, y que al rato se esfuma.

Los que lo cuentan describen construcciones que solo se dejan ver a determinadas horas —la choza de barro que aparece en las tardes, difícil de percibir el resto del día; las columnas que se muestran al caer el sol—. Y no es solo tradición oral: en 2009, un grupo salió detrás de la leyenda y volvió con una filmación de más de media hora donde, según quienes la vieron, aparece y desaparece una suerte de poblado antiguo entre un vapor extraño. Una vecina, Jorgelina Salazar, también grabó las supuestas apariciones. Material que los creyentes toman como prueba, y que los escépticos, al menos, reconocen como una anomalía atmosférica que la ciencia todavía no terminó de explicar del todo.

El que caminó por el pueblo fantasma

Pero hay una versión de la leyenda que va mucho más lejos, y es la que verdaderamente eriza la piel. Porque en Taquimilán, la Ciudad Encantada no solo se ve desde afuera. A veces, te traga.

Cuentan que el pueblo fantasma "se chupa" a quienes pasan por el lugar, y luego de varios minutos los devuelve a su realidad. El relato más conocido es el de un paisano que andaba a caballo por la zona. Por unos instantes, sintió que lo transportaban a un lugar nuevo y desconocido: se encontró recorriendo, perplejo, las calles de un pueblo extraño, distinto, con gente que no conocía y que lo observaba en silencio. Y de pronto, todo se esfumó. Volvió a estar al pie de su conocido cerro Naunauco, donde no hay pueblo alguno, ni casas, ni gente. Solo el terreno vacío y el viento.

No una aparición que se mira de lejos, sino un lugar en el que se entra. Un pliegue en la realidad, al pie de un cerro patagónico.

La tragedia bajo la tierra

Como toda leyenda que se precie, la de Taquimilán tiene una raíz de dolor real. La zona supo tener una explotación de minas de carbón. Y en 1947, un accidente negligente en esas minas terminó con la vida de varias personas.

De ahí nació la interpretación más difundida: que las casas y chozas que aparecen y desaparecen son las viviendas de las familias que habitaron el lugar antes de la tragedia. Un pueblo que la muerte se llevó, y que a ciertas horas vuelve a hacerse visible, como si el paisaje guardara la memoria de lo que fue. La Ciudad Encantada sería, en esta lectura, el fantasma de una comunidad entera.

¿Qué se ve, entonces?

Acá bajamos del cerro. Porque la ciencia tiene una explicación para la Ciudad Encantada, y es tan fascinante como el mito.

Lo más probable es que se trate de un fenómeno óptico: un espejismo por refracción. En determinadas condiciones —el aire frío del otoño y el invierno patagónico, las capas de temperatura sobre ese terreno llano, la luz rasante del amanecer y el atardecer—, la atmósfera puede funcionar como una lente gigante y proyectar la imagen de objetos o construcciones lejanas sobre un lugar donde no están. Es el mismo principio de los espejismos del desierto, o del "Fata Morgana" que hace ver castillos flotantes sobre el mar. Un truco de la luz y el aire, real y documentado, capaz de dibujar un pueblo entero en el vacío.

Pero —y acá está lo lindo— la explicación científica no cierra del todo el caso. Explica las apariciones que se ven de lejos, sí. Pero no explica al paisano que sintió que caminaba por las calles, ni a la gente que lo miraba. Ese detalle, el de entrar al pueblo, se resiste a la refracción. Y ahí, justo ahí, es donde la leyenda respira.

Por qué Taquimilán sigue apareciendo

Lo hermoso de Taquimilán es que la comunidad abrazó su misterio en vez de esconderlo. Hoy la Ciudad Encantada es parte de su identidad y hasta de su turismo: hay circuitos guiados, caminatas al cerro Naunauco, un "Laberinto Ciudad Encantada", y hasta una canción, compuesta por un músico neuquino, que mantiene viva la leyenda como patrimonio del pueblo. El fenómeno que podría dar miedo se volvió orgullo.

Puede que sea un espejismo. Puede que sea el recuerdo atmosférico de un pueblo que la mina se tragó. O puede que, en ciertos atardeceres de invierno, el tiempo se afine tanto al pie del Naunauco que por unos minutos dos épocas se toquen. Los taquimilanenses no necesitan decidirlo. Les alcanza con mirar el cerro, cada tarde, por si acaso.

Sintió que lo transportaban a un lugar desconocido, recorrió las calles de un pueblo extraño lleno de gente que lo miraba. Y de golpe, todo se esfumó.