Un teatro sin fantasmas es un teatro sin historia. Y el Colón tiene más de un siglo de historia.

Hay un dicho no escrito en el mundo del teatro: "Un teatro sin fantasmas es un teatro sin historia". Si eso es cierto, entonces el Teatro Colón —uno de los teatros líricos más importantes del planeta, con más de un siglo de esplendor— tiene que estar lleno de ellos. Y según los que trabajan ahí, así es. Detrás del oro, el terciopelo y la música más sublime, el Colón esconde una mitología de sombras, voces y apariciones que se cuenta puertas adentro desde hace generaciones.

El templo lírico de Buenos Aires

Primero, la grandeza real. El Teatro Colón, inaugurado en 1908 tras casi veinte años de obra, es una de las salas de ópera más importantes y con mejor acústica del mundo. Un edificio monumental en el corazón de Buenos Aires, por cuyo escenario pasaron los más grandes: Toscanini, Callas, Pavarotti, Nijinsky, Caruso. Un lugar donde se consagraron y murieron artísticamente miles de personas, donde se jugaron pasiones, glorias y fracasos durante más de un siglo.

Y esa es, quizás, la primera clave de sus fantasmas. Un lugar tan cargado de emoción humana concentrada —el triunfo, el pánico escénico, la ovación, el olvido— parece el caldo de cultivo perfecto para que algo quede impregnado en sus paredes. Como dijo alguien que trabaja ahí: hay fantasmas por todos lados, se los escucha, se los ve como sombras, pero cuando los vas a buscar, no están.

La bailarina de los espejos

La leyenda más famosa y más hermosa del Colón vive en los camarines de las bailarinas. Se llama Sofía.

Cuentan que Sofía fue una bailarina del cuerpo de ballet que, tras romperse un tobillo, quedó imposibilitada de volver a bailar. Para ella, que vivía para la danza, fue una condena peor que la muerte. Y, dice la leyenda, se quitó la vida. Desde entonces, su espíritu aparece en los espejos de los camarines de las bailarinas. No se muestra amenazante: al contrario. Sofía imita, en el reflejo, los movimientos de las bailarinas que se preparan frente al espejo, como si bailara con ellas una última vez. Y al cabo de unos segundos, se desvanece. Sigue ensayando, en el más allá, la danza que la vida le arrebató.

Es un fantasma triste, no aterrador. Y por eso, quizás, el más querido del teatro.

Los duendes de la cúpula

Hay otra historia del Colón que tiene un giro extraordinario, porque la protagoniza un artista real y de primer nivel. En los años 60, el pintor Raúl Soldi fue el encargado de pintar la enorme cúpula de la sala principal, esa que corona la platea. Y Soldi, hombre serio y reconocido, dejó un testimonio que quedó registrado en libros: al pintar la cúpula, decidió incluir, escondidos entre las cincuenta y una figuras de su obra, a los "duendes del teatro".

No lo dijo como chiste. Soldi, como tantos otros que pasaron por el Colón, creía en esos seres que —según la tradición del teatro— habitan sus rincones. Los pintó ahí arriba, para siempre, escondidos entre las figuras que giran en espiral sobre las cabezas del público. Así que la próxima vez que estés en la platea del Colón y mires hacia la cúpula, sabé que, entre los personajes, hay duendes mirándote de vuelta. Puestos ahí a propósito, por uno de los grandes pintores argentinos.

Voces, encierros y la cabeza maldita

La mitología del Colón tiene muchas más capas. Los trabajadores hablan desde siempre de sensaciones extrañas en los pasillos vacíos, de ruidos en los camarines, de presencias difíciles de explicar en sus laberínticos subsuelos —el teatro se hunde varios pisos bajo tierra, un mundo de talleres, salas de ensayo y depósitos donde es fácil perderse—.

Una de las historias más inquietantes habla de una empleada de limpieza que quedó encerrada por accidente una noche en un palco, y que, según cuentan, enloqueció escuchando voces que le cantaban en la oscuridad; renunció apenas la encontraron. Otra habla de una grabación hecha en una sala de ensayo del segundo subsuelo, donde no había ningún niño, y en la que al reproducirla se escuchó, apenas perceptible, la risa de un chico.

Y está la superstición más pintoresca: la del busto de Beethoven en el hall de entrada de la calle Libertad, al que —tan injustamente como suele pasar en el mundo del espectáculo, lleno de cábalas— se le adjudica traer mala suerte.

Entre la leyenda y el homenaje

Acá va la parte honesta, la marca de Obscura. No existe ninguna evidencia oficial ni reconocimiento institucional de fenómenos paranormales en el Colón. Estas historias son, en rigor, folclore cultural del teatro: relatos orales alimentados por su intensa vida artística, por la cantidad de figuras enormes que pasaron por ahí, y por esa mística tan particular de los teatros, donde se habla con naturalidad de "monstruos" de la danza, "leyendas" vivientes y artistas con "ángel".

Pero hay algo real en el fondo. Durante la construcción del Colón, que llevó casi veinte años, murieron personas —accidentes de obra, y hasta el propio primer arquitecto, que falleció durante el proyecto—. Como en tantos grandes edificios, hay sangre real en los cimientos de tanta belleza. Y quizás por eso el teatro decidió abrazar sus fantasmas en vez de negarlos: hoy el propio Colón ofrece una experiencia teatral itinerante, "Historias secretas del Teatro Colón", que recorre el edificio contando justamente sus leyendas y apariciones, con cantantes y actores. El teatro convirtió sus fantasmas en homenaje.

Por qué el Colón necesita sus fantasmas

Al final, los fantasmas del Colón no son de terror. Son de amor al arte. Una bailarina que no puede dejar de bailar. Unos duendes pintados a propósito en la cúpula. Voces que cantan en la oscuridad de una sala hecha para el canto. Todos hablan de lo mismo: de gente que amó tanto ese lugar, que le entregó tanto, que —dice la tradición— no se fue del todo nunca.

Un teatro sin fantasmas es un teatro sin historia. Y el Colón tiene más de un siglo de historia.