Cien metros de altura por los cien cantos del poema. Veintidós pisos por las estrofas de cada canto. Nada acá es casualidad.

En plena Avenida de Mayo, entre estudios de abogados y oficinas de contadores, hay un edificio que no debería estar ahí. No por su altura —que alguna vez fue récord— ni por su estilo, imposible de clasificar. Sino porque el Palacio Barolo no es un edificio. Es un poema de cien metros de alto, escrito en hormigón, cemento y bronce. Y el poema que cuenta es la Divina Comedia.

Quien lo levantó tenía un plan tan ambicioso que roza la locura: traer las cenizas de Dante Alighieri a Buenos Aires y guardarlas acá, en el corazón de un edificio pensado como su mausoleo. Esa es la leyenda. La realidad, como veremos, es casi tan increíble.

Dos italianos y un sueño desmedido

La historia empieza con dos inmigrantes italianos. Luis Barolo, un empresario textil que llegó al país en 1890 sin nada y construyó un imperio del algodón. Y Mario Palanti, un arquitecto visionario y excéntrico, de esos que llenaban cuadernos enteros con bocetos que parecían salidos de un sueño. Se conocieron alrededor de la Exposición del Centenario de 1910, y de esa sociedad nació uno de los edificios más raros del mundo.

Barolo no era solo un empresario. Era un intelectual, un ferviente admirador de Dante, y —según todas las versiones— un iniciado en la masonería. Palanti también. Y los dos compartían una idea que en la Europa de posguerra sonaba lógica: que el viejo continente iba a hundirse en las guerras, y que había que poner a salvo lo más valioso de la cultura latina antes de que fuera tarde. Lo más valioso, para Barolo, era Dante. Su obsesión: rescatar las cenizas del poeta y traerlas a la Argentina.

La construcción arrancó en 1919. La idea era inaugurarlo en 1921, para los 600 años de la muerte de Dante. Pero la obra se demoró y recién se terminó en 1923. Barolo no llegó a verlo: murió en 1922, con apenas 52 años.

Un edificio que se lee como un libro

Acá está lo fascinante, y lo que hace del Barolo algo único en el planeta. Todo el edificio es una traducción arquitectónica de la Divina Comedia. Nada es decorativo. Todo significa algo.

Como el poema de Dante, el edificio se divide en tres partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso.

La planta baja y los subsuelos son el Infierno. En el foyer, nueve bóvedas representan las nueve jerarquías infernales —y también los nueve pasos de iniciación de la logia masónica "Fede Santa", a la que se dice que pertenecían tanto Dante como Palanti—. En la base hay figuras de bronce, dragones y serpientes, que con la iluminación de los subsuelos proyectan una imagen de llamas rojizas. El fuego del averno, en el centro de Buenos Aires.

Los pisos intermedios son el Purgatorio, con su decoración ligada a los siete pecados capitales. Y arriba de todo, la cúpula, es el Paraíso: coronada por un faro que arroja su luz sobre la ciudad, inspirada —dato increíble— en un templo hindú, para representar el amor tántrico y espiritual entre Dante y Beatriz.

El código de los números

Si algo delata que nada en el Barolo es casual, son los números. Palanti los usó como un lenguaje cifrado.

El edificio mide cien metros de altura: uno por cada uno de los cien cantos de la Divina Comedia. Tiene veintidós pisos, como las veintidós estrofas de cada canto. Y el número nueve aparece obsesivamente por todos lados: nueve son las bóvedas, nueve los ascensores, nueve los pisos que hay que subir por escalera para llegar a la cúpula. Nueve, los círculos del Infierno de Dante. Nueve, los pasos de la iniciación masónica.

A esto se suma toda una capa de simbología de las logias: mosaicos en damero blanco y negro, la letra "A" de los carteles diseñada con forma de compás, y —quizás el detalle más hermoso— el faro de la cúpula, que en ciertas fechas queda alineado con la constelación de la Cruz del Sur. El edificio dialoga con el cielo.

¿Y las cenizas de Dante?

Llegamos al corazón del mito. Porque toda esta maquinaria simbólica fue construida, según la leyenda, con un propósito muy concreto: ser el mausoleo que guardaría los restos de Dante.

Y acá viene la parte honesta. Las cenizas de Dante nunca llegaron. El poeta está enterrado en Rávena, Italia, y su ciudad natal, Florencia, lleva siglos reclamando sus restos sin éxito. La idea de Barolo de traerlas a Buenos Aires quedó en eso: una idea, un sueño desmedido que la muerte de su promotor y la complejidad de la empresa dejaron trunco.

Pero —y esto es lo interesante— el hecho de que el mausoleo haya quedado vacío no le quita nada al misterio. Al contrario. El Barolo es un mausoleo sin cuerpo. Un templo esotérico levantado para un huésped que nunca llegó. Un poema de hormigón que espera, hace un siglo, a alguien que ya no va a venir.

El gemelo del otro lado del río

Un último dato que pocos conocen: el Palacio Barolo tiene un gemelo. Palanti diseñó, del otro lado del Río de la Plata, en Montevideo, el Palacio Salvo, con el mismo espíritu. Se dice que los dos faros —el del Barolo y el del Salvo— fueron pensados para "mirarse" a través del río, uniendo simbólicamente a las dos ciudades hermanas. La luz del Barolo, en la práctica, nunca llegó tan lejos. Pero la intención estaba: dos templos enfrentados, dos faros hablándose sobre el agua.

Por qué el Barolo sigue fascinando

Hoy el Palacio Barolo funciona como siempre: oficinas, estudios, gente entrando y saliendo con carpetas bajo el brazo, ajena al hecho de que trabaja adentro de una representación del Infierno. Se puede visitar, subir hasta el faro, ver Buenos Aires desde el Paraíso.

Lo fascinante del Barolo es que no necesita fantasmas. Su misterio es real, está en sus paredes, en sus números, en la ambición desquiciada de un hombre que quiso construirle una casa a un poeta muerto seiscientos años antes. Es un secreto a plena luz del día, en una de las avenidas más transitadas de la ciudad, y la mayoría pasa por al lado sin sospechar lo que esconde.

Cien metros de altura por los cien cantos del poema. Veintidós pisos por las estrofas de cada canto. Nada acá es casualidad. El Barolo es lo más parecido que tiene Buenos Aires a un libro sagrado. Solo que, en vez de leerlo, se puede caminar adentro.