"¡Turay! ¡Turay!", grita en la oscuridad. Hermano, hermano. Y nadie le responde. Nunca más nadie le respondió.

Hay un grito que atraviesa las noches del monte santiagueño. Un lamento largo, agudo, tan parecido al llanto de una persona que a más de uno le heló la sangre en la oscuridad. Los que lo escuchan de noche, lejos de todo, no lo olvidan.

Dicen que es un pájaro. Y dicen que ese pájaro, hace mucho, mucho tiempo, fue una mujer.

Los dos hermanos

La leyenda viene de lejos, de las culturas indígenas que habitaron el norte antes de que llegara nadie, y se fue puliendo durante siglos en la tradición oral hasta convertirse en uno de los mitos más queridos de Santiago del Estero.

Cuenta que dos hermanos vivían solos en el monte, huérfanos, en un rancho humilde. El varón —en muchas versiones lo llaman Turay, que en quechua quiere decir "hermano"— era bueno, trabajador, de gran corazón. Se pasaba los días recorriendo el monte para juntar comida: las algarrobas más gordas, los mistoles más dulces, las tunas más sabrosas. Todo lo mejor era para ella. La cuidaba como se cuida a lo único que a uno le queda en el mundo.

Pero ella no le devolvía nada de ese amor. Al contrario. Lo despreciaba, se burlaba, lo maltrataba sin descanso. Cuando él volvía cansado del monte, no encontraba ni agua ni comida ni una palabra amable. Solo desprecio. Y por más que él insistía, por más algarrobas dulces que trajera, nada la ablandaba.

Hasta que un día el hermano se cansó.

La trampa en el árbol

Escondiendo su intención, la invitó a acompañarlo a un lugar del monte donde —le dijo— había miel en abundancia. Ella, que rara vez aceptaba nada de él, esta vez fue. Llegaron hasta un quebracho enorme, de esos que parecen tocar el cielo, y el hermano la convenció de que trepara hasta lo más alto para alcanzar la miel.

Mientras ella subía, él subió por detrás. Y a medida que avanzaba, fue cortando y desgajando las ramas más bajas, arrancando el camino de descenso. Cuando llegó bien arriba, la dejó ahí, en la copa, sin forma de bajar. Después descendió rápido y se perdió en la espesura del monte.

Ella tardó en entender. Cuando lo vio alejarse allá abajo, empezó a llamarlo. "¡Turay! ¡Turay!" —hermano, hermano—. "¡Kakuy!" —detente—. Pero él no se dio vuelta. No volvió. Se perdió entre los árboles y la dejó sola, en lo más alto, con la noche cayendo sobre el monte.

La transformación

Llegó la oscuridad. Y con la oscuridad, el miedo. La mujer seguía llamando a su hermano, sin respuesta, mientras el monte se cerraba a su alrededor como un manto negro. Las horas pasaban. El llamado se volvía cada vez más desesperado, más ronco, hasta que la garganta se le fue secando y la voz se le quebró.

Y entonces, cuentan, empezó la transformación. Sus pies se curvaron en garras filosas que se aferraron a la rama. Sus brazos se abrieron en alas enormes. El cuerpo se le cubrió de plumas, la boca se le hizo pico, y sus ojos se volvieron dos brasas brillantes en la penumbra. La mujer que despreciaba a su hermano se había convertido en ave.

En un ave nocturna, condenada a vagar por el monte llamándolo para siempre. Sin descanso. Sin respuesta.

El ave que existe de verdad

Acá bajamos del quebracho. Porque el Kakuy, a diferencia de otras criaturas del folclore, existe. Y se lo puede escuchar.

Es un ave real: se lo conoce como urutaú (o kakuy, o cacuy, según la región), un pájaro nocturno de hábitos escurridizos y un plumaje pardo que se confunde a la perfección con la corteza de los árboles. De día se queda inmóvil, camuflado en un tocón, prácticamente invisible. De noche sale. Y su canto —un lamento descendente, grave, quejumbroso— es tan parecido al llanto de una persona que no cuesta nada entender cómo nació la leyenda.

Los especialistas lo confirman: el grito del urutaú se parece muchísimo a un sollozo humano. Esa es, en el fondo, la semilla de todo. Generaciones de santiagueños escucharon ese lamento en la soledad del monte, de noche, y necesitaron ponerle una historia. No podía ser solo un pájaro. Algo que llora así tenía que haber sido, alguna vez, una persona que perdió algo para siempre.

Lo que la leyenda quiere decir

El Kakuy sobrevivió porque es mucho más que la explicación de un canto raro. Es una parábola. Una historia que los abuelos del norte les cuentan a los chicos para enseñarles algo tan simple como profundo: cuidá a tu hermano, agradecé lo que te dan, no desprecies el amor mientras lo tenés cerca. Porque hay indiferencias que, cuando uno se da cuenta, ya no se pueden reparar.

Por eso la leyenda quedó tejida en la música santiagueña, en las chacareras que la nombran, en las esculturas que la homenajean —hay una, famosa, en el Parque Aguirre de la capital—. El Kakuy es patrimonio. Es identidad. Es la voz del monte.

Y sigue ahí. Cada noche, en algún quebracho de Santiago del Estero, un pájaro de ojos brillantes rompe el silencio con su grito.

"¡Turay! ¡Turay!", grita en la oscuridad. Hermano, hermano. Y nadie le responde. Nunca más nadie le respondió.