Recibió reyes, genios y espías. Hoy sus únicos huéspedes son los que nunca se fueron.
En las sierras de Córdoba, en La Falda, hay un gigante de piedra que se niega a morir. Alguna vez fue el hotel más lujoso de la Argentina. Recibió a reyes, a genios, a presidentes. Después recibió a otra clase de huéspedes, más oscuros. Y cuando todos se fueron, quedaron los que nunca se van.
Es el Hotel Edén. Y su historia es tan increíble que casi no hace falta agregarle fantasmas. Casi.
El paraíso
Todo empezó a fines del siglo XIX. Un empresario alemán, Roberto Bahlcke, compró más de mil hectáreas en la zona con una idea en mente: levantar un hotel de descanso en un clima serrano ideal para tratar la tuberculosis, la enfermedad que asolaba a Europa. Se dice que llegaron a trabajar cerca de quinientos obreros, día y noche, y que muchos de los materiales vinieron directamente de Europa. El Edén abrió sus puertas y, casi de inmediato, fundó con su presencia a la propia ciudad de La Falda a su alrededor.
Fue el epítome del lujo de la época. Tenía usina eléctrica propia, campo de golf, canchas de tenis, piletas. Un pedazo de la belle époque europea trasplantado a las sierras cordobesas. Y por sus habitaciones pasó una lista de huéspedes que hoy parece inventada: el príncipe Eduardo de Windsor, Humberto II de Italia, presidentes argentinos como Julio Argentino Roca y Figueroa Alcorta, y figuras como Albert Einstein y Rubén Darío. La aristocracia entera del país y de medio mundo pasó por ahí.
Pero el brillo del Edén tenía una sombra que crecía en silencio.
La sombra
En algún momento, el hotel pasó a manos del matrimonio Eichhorn: Walter e Ida. Y ahí la historia del Edén se tuerce hacia uno de los capítulos más incómodos de la Argentina.
Los Eichhorn viajaban seguido a Alemania. Y según la tradición que se cuenta en La Falda, a mediados de los años 20 conocieron personalmente a Adolf Hitler, adhirieron al Movimiento Nacional Socialista y empezaron a financiar la causa que llevaría al Führer al poder. Se cuenta que cada avance del dictador se celebraba con una fiesta en el hotel, y que los invitados ensayaban el saludo fascista.
El dato más escalofriante —y de los más repetidos— es el de un retrato. Dicen que en una pared del Edén colgaba una foto dedicada, con una inscripción que agradecía a los Eichhorn como "compañeros de batalla en tiempos difíciles", firmada por el propio Hitler. Los relatos de los vecinos de la época aseguran que allá arriba, en el hotel, todos hablaban alemán. Y todavía hoy hay quienes juran que se vio a Hitler caminando por las sierras del Cuadrado.
Acá conviene una pausa honesta: mucho de esto es tradición oral. Los historiadores tienen dificultades para separar el hecho comprobado de la leyenda que el pueblo fue engordando durante décadas. El vínculo de los Eichhorn con el nazismo tiene sustento; las visitas del propio Hitler a las sierras, en cambio, pertenecen al terreno del mito. Pero el mito, cuando se lacra en el imaginario de un pueblo, pesa tanto como la historia.
La caída
Con la derrota del nazismo, el esplendor del Edén se apagó. El hotel fue decayendo, cambiando de manos, hasta quedar abandonado. El gigante que había recibido a la realeza se convirtió en una ruina majestuosa, con sus ventanas vacías mirando a las sierras.
En 1988 fue declarado Monumento Histórico Municipal, y con los años el municipio de La Falda encaró la restauración de algunos de sus espacios. Hoy el Edén está abierto a los visitantes: se ofrecen recorridos históricos de día y, para los más valientes, visitas nocturnas. Porque a esta altura, el Edén ya no es famoso solo por su pasado. Es famoso por lo que dicen que todavía lo habita.
Los que se quedaron
Y acá entran los fantasmas.
La aparición más célebre es la de una de las antiguas dueñas —María Herbert de Kreautner, que murió en 1950—, a quien muchos aseguran haber visto reír o pasear por el balcón que da al jardín. Pero no está sola. Los relatos de guías y visitantes hablan de pasos que se escuchan en los pisos vacíos, puertas que se abren solas, escaleras de madera que crujen sin que nadie las pise, voces que no se pueden explicar y risas que hielan la sangre. Las sombras se ven, sobre todo, en los pisos superiores y en los sótanos.
Hay una presencia que aparece una y otra vez en los testimonios: la de un niño. Se lo asocia a los tiempos en que el clima serrano atraía a enfermos de tuberculosis, y en 2017 la foto de un supuesto "niño fantasma" tomada por un turista tras un ventanal recorrió los medios cordobeses y reavivó todo el mito.
Por qué el Edén no se apaga
Lo fascinante del Hotel Edén es que no necesita exagerar. Es un lugar donde la historia real ya da vértigo: el lujo perdido, la enfermedad, el nazismo agazapado en las sierras, la decadencia. Los fantasmas casi son una consecuencia natural. Cuando un edificio carga con tanto —tanta gloria, tanta oscuridad, tanta muerte—, es casi inevitable que la gente empiece a sentir que algo quedó impregnado en sus paredes.
Puede que sean pasos reales sobre madera vieja. Puede que sea la sugestión de recorrer un caserón inmenso y cargado de historia. O puede que, como dicen en La Falda, algunos huéspedes hayan disfrutado tanto del paraíso que decidieron no irse nunca.
Recibió reyes, genios y espías. Hoy sus únicos huéspedes son los que nunca se fueron.