Si escuchás el 'tué tué' en la noche, no salgas a mirar. Lo peor que podés hacer es dejar que sepa que lo escuchaste.
Hay un grito que, en el sur, nadie quiere escuchar de noche. Un "tué tué" agudo que cruza el cielo sin luna, viniendo de ningún lado y de todos a la vez. Los que lo conocen no salen a mirar. Se persignan, cierran las puertas, prenden algo en el fuego. Porque ese grito tiene nombre, y su nombre es un anuncio.
Le dicen Chonchón. Y lo más perturbador es lo que en realidad está volando allá arriba: una cabeza humana.
La cabeza que se suelta del cuerpo
El Chonchón —también tué-tué, chon-chon, quilquil— es una de las criaturas más antiguas y temidas de la mitología mapuche, arraigada también en el folclore chileno y en buena parte del sur argentino: Neuquén, Cuyo, la zona de Bariloche. Y su origen no es un animal. Es una persona.
Según la leyenda, el Chonchón es la transformación que realiza un kalku —un brujo o hechicero mapuche que practica la magia oscura, con ayuda de los espíritus malignos llamados wekufe—. No cualquiera puede hacerlo: solo los brujos más poderosos, los que conocen el secreto. El rito es tan simple como escalofriante. De noche, el kalku se unta un ungüento mágico alrededor del cuello. Entonces su cabeza se desprende del cuerpo. Le crecen unas garras, y las orejas se le agrandan hasta volverse enormes, funcionando como alas. Y así, convertido en pura cabeza voladora, sale a surcar la oscuridad.
El cuerpo, mientras tanto, queda tendido en algún lado, dormido, inerte, esperando que la cabeza regrese antes del amanecer.
Por qué vuela
La leyenda cuenta que el brujo se transforma en Chonchón por tres motivos, a cual peor.
El primero es práctico: para trasladarse. Convertido en cabeza alada, el kalku vuela hasta las cuevas donde se reúnen los brujos —en la tradición chilota, la célebre cueva de Quicaví— para participar de sus aquelarres. La forma de Chonchón es, simplemente, su medio de transporte hacia la reunión de los suyos.
El segundo es más siniestro: para alimentarse. El Chonchón revolotea sobre las casas donde hay enfermos o gente dormida, y les chupa la sangre. Por eso se lo teme especialmente cerca de los que están débiles o postrados: su presencia sobre un techo es una amenaza directa al más vulnerable de la casa.
Y el tercero es el ataque directo: a veces el Chonchón vuela porque un brujo lo envió, como un arma, contra una persona a la que quiere hacer daño. Un maleficio con alas.
El grito que anuncia la muerte
Pero de todo lo que hace el Chonchón, lo que más se teme es su grito. Ese "tué tué" —o "tue tue"— que le da uno de sus nombres.
Porque el grito es un presagio. Cuando alguien lo escucha en la noche, la creencia dice que anuncia una desgracia: mala suerte, enfermedad, o directamente la muerte de quien lo oye o de alguien cercano. El Chonchón no siempre se ve —de hecho, poquísimos dicen haberlo visto—, pero se escucha. Y esa voz en la oscuridad, esa que viene del cielo sin dueño visible, es suficiente para helar la sangre de cualquiera.
No es un mito menor ni reciente. Está documentado desde hace siglos: hubo procesos judiciales en los siglos XVIII y XIX contra supuestos brujos donde el tema del Chonchón salió a la luz. Y a mediados del siglo XIX, cronistas de la época aseguraban que los chonchones eran uno de los terrores que más acosaban a la sociedad de entonces, incluso en las grandes ciudades. El miedo a la cabeza voladora cruzó del campo a la urbe, y de la tradición mapuche a la criolla.
Cómo defenderse
Como toda criatura del folclore, el Chonchón tiene sus contras, y son muy concretas.
La más conocida: quemar ají seco en una hoguera o en la estufa. El humo picante espanta a la criatura y la obliga a huir. Y hay un detalle delator asociado a esta contra: al día siguiente, la persona que era el brujo transformado amanece con los ojos rojos, irritados por el humo — la marca que revela quién, en la comunidad, era en realidad el Chonchón de la noche anterior.
Otras tradiciones hablan de oraciones, de trazar figuras, de fórmulas específicas para hacer caer a la cabeza voladora o impedir que su cuerpo vuelva a unírsele. Porque ahí está su gran vulnerabilidad: si alguien encuentra el cuerpo descabezado y lo mueve o lo da vuelta, la cabeza, al regresar, no puede volver a unirse. Y el brujo muere. La criatura todopoderosa de la noche depende, en el fondo, de un cuerpo indefenso escondido en algún rincón.
El animal detrás del mito
Como casi siempre, hay una raíz posible en el mundo real. Los estudiosos vinculan al Chonchón con alguna especie de ave rapaz nocturna: el chuncho, el pequén —pequeños búhos y lechuzas del sur, de costumbres nocturnas, ojos grandes y vuelo silencioso—. Un ave chica, de cabeza redonda y ojos enormes que brillan en la oscuridad, cruzando la noche con un chillido raro, es más que suficiente para que la imaginación, alimentada por siglos de miedo a la brujería, la convierta en la cabeza desprendida de un hechicero.
Por qué el Chonchón sigue volando
Lo fascinante del Chonchón es cómo condensa varios miedos en una sola imagen imposible. El miedo a la brujería, a los que tienen un poder que no se ve. El miedo a lo que ataca al más débil de la casa mientras duerme. Y el miedo más antiguo de todos: el del sonido en la noche que no sabés de dónde viene, esa voz sin cuerpo que quizás está anunciando el final de alguien.
Puede que sea un pequén cruzando el cielo. Puede que sea el eco de siglos de creencias sobre los kalku y los wekufe. Pero cuando estés en el campo, en el sur, en una noche cerrada sin luna, y de golpe escuches allá arriba un "tué tué" que no viene de ningún pájaro que conozcas… vas a entender por qué, todavía hoy, hay gente que se mete adentro y no vuelve a salir hasta que amanece.
Si escuchás el "tué tué" en la noche, no salgas a mirar. Lo peor que podés hacer es dejar que sepa que lo escuchaste.