Sagrado para los comechingones, imán de místicos y cazadores de OVNIs. En el Uritorco, la montaña siempre fue más que una montaña.
Hay una montaña en el norte de Córdoba a la que la gente sube por razones muy distintas a las de cualquier otro cerro. Algunos van a hacer trekking. Pero muchos otros van a ver luces en el cielo, a sentir una energía que dicen que transforma, o a buscar la entrada de una ciudad subterránea habitada por seres de otro mundo.
Se llama Uritorco. Y es, sin discusión, el lugar más místico de la Argentina.
La montaña sagrada
El Uritorco —"cerro de los loros" en quichua— es la cumbre más alta de las Sierras Chicas, con casi 1.980 metros, y se levanta como un guardián sobre Capilla del Monte, en el Valle de Punilla. Pero su fama no viene de su altura.
La condición especial del cerro no es nueva. Mucho antes de los OVNIs, los comechingones —los pueblos originarios que habitaron la zona hace siglos— ya lo consideraban un cerro sagrado, con poderes sobrenaturales, y recogían historias sobre extrañas luces que aparecían en sus laderas. O sea: la sensación de que en el Uritorco "pasa algo" es tan vieja como la presencia humana en esas sierras. Lo que cambió, con el tiempo, fue el vocabulario para nombrarlo.
1986: la marca imposible
El hecho que catapultó al Uritorco a la fama nacional tiene fecha: enero de 1986.
Ese verano, en una zona del cerro El Pajarillo, apareció una enorme marca ovalada de pasto quemado. El propio gobierno local difundió las fotografías y sostuvo, en base a testimonios, que un OVNI la había provocado. Se hablaba de luces intensas y de un objeto suspendido en el aire. Las imágenes recorrieron el país, los medios se treparon al fenómeno, y Capilla del Monte quedó marcada para siempre como el epicentro OVNI de la Argentina.
Fue un punto de inflexión. A partir de ahí, el pueblo serrano se convirtió en peregrinación obligada para ufólogos, místicos, curiosos y buscadores de todo tipo. Un destino donde, más que unas vacaciones, mucha gente iba a buscar un encuentro.
Erks, la ciudad que nadie encontró
Dentro de todo el universo de creencias del Uritorco, hay una que brilla más que las demás: Erks.
Según el relato, bajo el cerro existiría una ciudad subterránea —o intraterrena, o de otra dimensión, según quién la cuente—, habitada por una civilización avanzada de seres no humanos. Erks sería una de las "puertas" que conectan este mundo material con otros planos de existencia, junto con —dicen— Machu Picchu y el Tíbet. Solo se revelaría a quienes están "espiritualmente preparados", y sería el refugio de los elegidos cuando llegue el apocalipsis.
Acá conviene la honestidad que nos caracteriza. La leyenda de Erks es relativamente reciente y tiene autor conocido: se atribuye su creación, a comienzos de los años 80, al rosarino Ángel Acoglanis. No aparece en ningún relato anterior a esa época, no hay registros históricos ni evidencia material de su existencia, y grupos de místicos y profesionales que exploraron la zona extensivamente nunca encontraron nada. Erks es, en términos concretos, un mito moderno. Pero un mito que prendió con una fuerza extraordinaria y que hoy es parte central del imaginario del lugar.
¿Y las luces?
Queda la pregunta más difícil: ¿qué son las luces que tanta gente —incluidos testigos nada ingenuos, como aviadores, geólogos, ingenieros y físicos— asegura haber visto sobre el cerro?
Y acá la ciencia tiene una hipótesis fascinante, que no necesita extraterrestres para ser inquietante. El suelo de la zona es piezoeléctrico: rico en cuarzo, feldespatos, turmalinas y otros minerales capaces de acumular enormes cargas eléctricas cuando la corteza terrestre se somete a estrés tectónico. Esas cargas podrían liberarse en forma de plasmas o destellos luminosos en el aire —luces anómalas, flotantes, que aparecen y desaparecen sin explicación aparente—. En otras palabras: la montaña misma podría estar generando esas luces, por pura geología. Un fenómeno natural real, extraño y poco conocido, capaz de encender el cielo sin que haya nada volando.
También hay que decir que buena parte del mito se infló en los años 80 de la mano del sensacionalismo televisivo —el recordado Nuevediario y otros medios amarillistas—, que exprimieron el tema hasta el hartazgo. Ese mismo amarillismo, con el tiempo, le trajo tanto descrédito como fama.
Por qué el Uritorco sigue llamando
Hoy Capilla del Monte vive, en buena medida, de su misterio. Tiene cafés temáticos, murales de extraterrestres, un festival alienígena anual que convoca a miles. El turismo místico es su motor económico. Y para mucha gente que llega, la experiencia no pasa por ver una nave: pasa por sentir algo difícil de explicar, una energía, una emoción, un llamado.
Y quizás ahí esté la verdad más honesta sobre el Uritorco. Puede que las luces sean plasma geológico. Puede que Erks sea un invento de los años 80. Puede que la marca de 1986 tenga una explicación terrenal. Pero la montaña lleva siglos generando en la gente la misma sensación: la de estar frente a algo más grande, más antiguo y más misterioso que uno mismo. Los comechingones lo sentían sin hablar de OVNIs. Nosotros le pusimos naves y ciudades subterráneas. La sensación, en el fondo, es la misma.
Sagrado para los comechingones, imán de místicos y cazadores de OVNIs. En el Uritorco, la montaña siempre fue más que una montaña.