No se le reza en silencio ni se le prende una vela y se espera. A la Telesita se le paga bailando. Siete chacareras, descalzo, hasta caer.
En casi todo el país, a los santos se les reza en silencio. Se les prende una vela, se les pide un favor, se espera. Pero en el monte de Santiago del Estero hay una santa distinta. A ella no se le reza quieto. A ella se le paga bailando, hasta caer rendido al piso.
Le dicen la Telesita. Y su historia es una de las más tiernas y trágicas del folclore argentino.
La muchacha que vivía para bailar
La leyenda cuenta que a mediados del siglo XIX vivió, en la zona de Salavina —o de Figueroa, según la versión—, una joven llamada Telésfora Castillo. La ternura popular la apodó Telesita. Se la describe como una muchacha "almita": inocente, de una bondad extrema, algo huraña, que vivía sola en la espesura del monte.
Y tenía una sola pasión verdadera: la danza. Cuentan que escuchaba el bombo a lo lejos —una fiesta, un baile en algún rancho— y salía corriendo del monte, sin importar la hora, descalza, desgreñada, para sumarse. Bailaba sola, embriagada en el delirio de la danza, hasta el amanecer. Y cuando salía el sol, volvía sola a su monte. Así una y otra vez.
La noche del fuego
La tragedia llegó una noche. Las versiones difieren en los detalles, pero coinciden en lo esencial: la Telesita murió quemada.
La versión más difundida cuenta que, en una noche de mucho frío, buscó calor y se acercó demasiado a una fogata. Se quedó dormida junto al fuego, sus ropas se prendieron, y las llamas terminaron con su vida. Otra versión cuenta que, en una fiesta, la muchacha no apareció; los paisanos, extrañados, salieron a buscarla, y solo encontraron su cuerpito calcinado en el monte.
Murió joven. Y el pueblo, que la había querido con esa ternura que se les tiene a los inocentes, no la olvidó. Al contrario: empezó a recordarla de la única manera que ella hubiera querido. Bailando.
Cómo nació el culto
Lo que convirtió a la Telesita de recuerdo triste en santa milagrosa fue, dicen, un chancho perdido.
Cuenta la tradición que a alguien le robaron un animal justo cuando estaba por venderlo. Desesperado, decidió pedirle ayuda a la muchacha muerta: organizó un baile en su honor, tomó siete copas y bailó siete chacareras seguidas, tomando más entre danza y danza, hasta caer rendido. Cuando cayó al piso, agotado, el animal apareció.
De boca en boca, la historia se hizo enorme. Empezaron a decir que la Telesita era un "alma en pena" que no buscaba hacer mal a nadie: solo quería compañía, quería que la fiesta siguiera. Y que, a cambio de un baile en su honor, concedía favores: encontrar cosas perdidas o robadas, hallar agua, hacer llover en la sequía. Se volvió la abogada de las cosas perdidas. Y los bailes para pedirle tomaron su nombre: las telesiadas.
La telesiada: rezar con el cuerpo
La telesiada es un rito hermoso y único, una "rogativa" que es también fiesta. Cuando alguien recibe el favor pedido, tiene que pagar la promesa con un baile en honor a la santa. Y no es un baile cualquiera.
En un rancho, se arma un altar humilde. Sobre una mesa se coloca un muñeco de trapo o de papel que representa el cuerpo de la Telesita, rodeado de siete velas encendidas. Entonces empieza el rezabaile: el promesante y su pareja bailan siete chacareras seguidas, sin parar entre una y otra, descalzos, demostrando la misma resistencia que tenía Telésfora en vida. Entre danza y danza se bebe una copa de caña, aloja o vino —no para emborracharse, dicen, sino como ofrenda para "calmar la sed de la santita"—. Después el baile se generaliza y sigue, con caja, bombo, violín y guitarra, hasta que se consumen las siete velas.
Y hay un cierre cargado de simbolismo: a la madrugada, se quema un muñeco de paja que representa a la Telesita. El fuego que le quitó la vida vuelve, ahora, como rito de purificación y memoria. Se la despide como murió, pero esta vez rodeada de la fiesta que ella amaba.
Una santa que no está en ninguna iglesia
Lo profundo de la Telesita es que es una santa del pueblo, no de la Iglesia. No tiene canonización oficial, ni templo, ni estampita bendecida. Su culto nació enteramente de la gente del monte, de la tradición oral, y sobrevivió más de siglo y medio. Inspiró coplas, poesías, y algunas de las chacareras más antiguas que se conocen —una de ellas recopilada por Andrés Chazarreta a comienzos del siglo XX—.
Detrás del misterio del alma milagrosa hay algo muy humano y muy hermoso: una comunidad que tomó a una muchacha inocente, sola, muerta en la tragedia, y decidió que su forma de seguir viva fuera la alegría. Que no se la recordara por cómo murió, sino por lo que amaba. Le devolvieron, en la muerte, la fiesta que la había hecho feliz en vida.
No se le reza en silencio ni se le prende una vela y se espera. A la Telesita se le paga bailando. Siete chacareras, descalzo, hasta caer. Porque hay quien cree que, en algún rincón del monte, cuando el bombo suena fuerte en la madrugada, todavía hay una muchacha que escucha, sale de la espesura, y se pone a bailar.