A veces el monstruo no está en el pastizal. Está en lo que no queremos mirar.
A quince minutos del microcentro, entre los rascacielos de Puerto Madero y el Río de la Plata, hay 350 hectáreas de pastizales, lagunas y juncos donde Buenos Aires se olvida de que es una ciudad. La Reserva Ecológica Costanera Sur. Un pedazo de mundo salvaje que creció casi solo, encajado en medio del cemento. Y como todo lugar así, tiene su monstruo.
Le dicen Reservito
Cuentan que entre los pastizales hay algo. Una criatura del tamaño de un perro, con cara de rata, que sigue a los que caminan solos cuando el sol empieza a caer. Que se mueve rápido y sin ruido. Que en las versiones más pesadas de la historia tiene apetito por la carne humana. Dicen que sus ojos devuelven la luz de la luna y que su hocico siempre está húmedo, esperando. La mayoría de los que hablan de él nunca lo vieron. Pero todos conocen a alguien que sí.
Como el Nahuel Huapi tiene su Nahuelito y Escocia su monstruo del Lago Ness, la Reserva tiene su Reservito. Cada rincón salvaje parece necesitar una bestia que lo habite. Como si el silencio de esos lugares fuera demasiado grande para dejarlo vacío.
De dónde salió
La historia arranca en 1986, apenas se inauguró la Reserva. El lugar era nuevo, un ecosistema que se había armado casi por su cuenta sobre tierras ganadas al río, y todavía nadie terminaba de saber qué vivía ahí adentro. En ese territorio a medio conocer empezaron a aparecer los testimonios: gente que aseguraba haberse cruzado con un animal que no sabía nombrar. Algo mediano. Algo entre el perro y la rata. Algo que no estaba en ningún cartel de la entrada.
El rumor se corrió solo. Y con cada persona que lo repetía, el animal se volvía un poco más grande, un poco más rápido, un poco más hambriento. Así funcionan estas historias: no las escribe nadie, las escribe todo el mundo al mismo tiempo.
La superstición
Hay un detalle que le da al Reservito un peso más oscuro que el de una simple rareza zoológica. Se dice que cruzárselo es promesa de desgracia. La leyenda cuenta que la primera persona que afirmó haberlo visto murió en un accidente de auto pocas semanas después. Del resto de los que dijeron encontrarlo, quedaron pocos rastros. Y ese silencio, como siempre en estas historias, se llenó solo de sospechas.
Los incendios
Cada tanto, la Reserva se prende fuego. Columnas de humo negro que se ven desde media ciudad. Y entre las explicaciones que circulan, hay una que pertenece a la leyenda: que los incendios son intentos de sacar al Reservito de su territorio, de acorralarlo. Que la bestia, viéndose rodeada por el fuego, se vuelve cada vez más agresiva. Cuentan que en las noches posteriores a un incendio los avistajes aumentan, como si algo hubiera quedado sin lugar donde esconderse.
Ahora, la parte que no da miedo
Acá bajamos del pastizal. Porque el Reservito, casi con seguridad, existe. Solo que no es un monstruo.
La explicación más repetida por quienes conocen la Reserva es tan simple como decepcionante: se trata de un coipo. Un roedor semiacuático, robusto, de pelaje marrón, cola larga y dientes anaranjados, que vive tranquilo en las costas del Río de la Plata y en cualquier humedal de la zona. Mucha gente lo confunde con una nutria. Y para alguien que camina al atardecer y ve salir de entre los juncos a un bicho grande, marrón, de cara de roedor, moviéndose rápido hacia el agua… no hace falta mucho más para que la cabeza complete el resto.
Nunca hubo una foto. Nunca hubo un ataque comprobado. Nunca hubo una desaparición. Grupos de curiosos se organizaron más de una vez para ir a buscarlo, y siempre volvieron con las manos vacías y una historia nueva para contar.
¿Y los incendios? También tienen una explicación bastante menos sobrenatural, y bastante más argentina: la sospecha recurrente es que se provocan para degradar la Reserva y liberar esas hectáreas carísimas, pegadas a Puerto Madero, al negocio inmobiliario. El monstruo real, si hay alguno, no tiene cara de rata.
Por qué la leyenda sigue viva
Y sin embargo, el Reservito no se muere. Sobrevive en las charlas de los bares de la Costanera, en los grupos de secundarios que se meten cuando cae la tarde, en cada crónica que vuelve a contar la historia. Los datos lo desmienten una y otra vez, y una y otra vez alguien vuelve a jurar que lo escuchó moverse entre los juncos.
Quizás porque el Reservito, en el fondo, no habla de un animal. Habla de nosotros.
Habla de una ciudad que dejó crecer un pedazo de naturaleza salvaje en su patio de atrás y que, sin saber bien qué había ahí adentro, prefirió ponerle un monstruo antes que dejarlo en blanco. Porque lo desconocido incomoda. Y es más fácil convivir con una bestia que tiene nombre —Reservito, casi cariñoso, casi mascota— que con la idea de que hay 350 hectáreas, ahí nomás, que todavía no terminamos de entender.
La próxima vez que camines por la Reserva y sientas que algo se mueve entre los pastizales, es casi seguro que sea el viento. O un coipo volviendo al agua.
Casi seguro.