No dijo que dobló. No dijo que se alejó. Dijo que desapareció.

"El taxi, con su silencio sepulcral, se convirtió en un ataúd en movimiento mientras el fantasma del pasado se sentaba a mi lado."

El Cementerio de la Chacarita no solo es el más grande de la Ciudad de Buenos Aires. También es uno de los cementerios más extensos del mundo.

Basta caminar junto a sus interminables muros para comprender la magnitud del lugar.

Noventa y cinco hectáreas de calles, bóvedas, nichos y monumentos donde descansan millones de personas.

Construido originalmente para albergar a las víctimas de la epidemia de fiebre amarilla que devastó la ciudad durante el siglo XIX, el cementerio terminó convirtiéndose en una verdadera ciudad de los muertos.

Una ciudad con sus propias calles.

Sus propios barrios.

Y, según algunos, sus propios habitantes.

A lo largo de los años han surgido innumerables historias vinculadas a la Chacarita.

Apariciones.

Sombras.

Fantasmas.

Figuras que caminan entre las tumbas después del anochecer.

Pero entre todas ellas existe una leyenda particularmente inquietante.

La del taxi fantasma.

Un automóvil antiguo que aparece en las inmediaciones del cementerio y cuyo conductor no sería otro que la propia muerte.


Una mañana gris de invierno me dirigí hacia una de las entradas principales del cementerio, sobre la intersección de las avenidas Corrientes y Federico Lacroze.

El cielo permanecía cubierto por nubes bajas.

El aire olía a flores húmedas y tierra recién regada.

Mi objetivo era simple.

Encontrar a alguien que hubiera oído hablar del misterioso taxi.

Y no tardé demasiado.

Los primeros en hablar fueron los taxistas que trabajan habitualmente en la zona.

José llevaba varios años recorriendo las calles cercanas a la necrópolis.

—La historia es viejísima —me dijo—. Hay pasajeros que me la cuentan desde que empecé a trabajar.

—¿Cómo describen el auto?

—Casi siempre igual. Un Ford Falcon antiguo.

Hizo una pausa.

—Y el conductor... bueno, ahí es donde las historias se ponen raras.

—¿Por qué?

—Porque algunos dicen que parece un esqueleto.

José sonrió.

—Otros directamente dicen que es la muerte.

Más tarde hablé con Francisco.

Su versión era diferente.

—Yo lo vi.

La seguridad con la que lo dijo me sorprendió.

—¿Estás seguro?

—Tan seguro como que estás parado frente a mí.

Según su relato, una noche observó un vehículo antiguo circulando por la zona.

—Lo manejaba un tipo rarísimo.

—¿Cómo era?

—Muy pálido. Inmóvil. Como si fuera una estatua.

Francisco incluso intentó seguirlo con su taxi.

—Lo perdí en la avenida Del Campo. Cerca de las vías.

Negó con la cabeza.

—Desapareció.

La palabra sonó extraña.

No dijo que dobló.

No dijo que se alejó.

Dijo que desapareció.

Como si el automóvil simplemente hubiera dejado de existir.


No todos los testimonios hablaban del taxi.

Algunos se desviaban hacia otros fenómenos asociados al cementerio.

Héctor, por ejemplo, recordaba una experiencia completamente distinta.

—Una noche vi a un hombre trepando uno de los paredones.

—¿Y después?

—Después nada.

Se encogió de hombros.

—Se esfumó.

La historia era imposible de comprobar.

Pero en un lugar como la Chacarita, pocas leyendas parecen necesitar pruebas para sobrevivir.


Al mediodía abandoné la zona de la entrada principal y recorrí algunas calles cercanas.

La avenida Del Campo estaba repleta de tránsito.

Colectivos.

Autos.

Camiones.

Resultaba difícil imaginar que una historia de fantasmas pudiera sobrevivir en medio de aquel movimiento constante.

Sin embargo, seguía apareciendo una y otra vez.

Matilde, una vendedora del barrio, me contó una de las versiones más difundidas.

—Dicen que todo empezó con una mujer.

—¿Qué mujer?

—Una señora que había ido a visitar la tumba de su madre.

Según la leyenda, al salir del cementerio tomó el primer taxi que encontró.

Nunca llegó a destino.

Su cuerpo habría sido hallado días después sobre una tumba familiar.

La historia cambia según quién la cuente.

Algunas versiones aseguran que apareció muerta.

Otras sostienen que simplemente desapareció.

Pero todas coinciden en un detalle.

El conductor era el mismo.

Mateo, dueño de un kiosco cercano, también afirmaba haber visto el vehículo.

—Yo era joven cuando pasó.

Miró hacia la avenida.

—Lo recuerdo perfectamente.

Según él, el automóvil apareció de la nada.

—Parecía recién salido de otra época.

—¿Y el conductor?

Mateo sonrió nerviosamente.

—Eso fue lo peor.

—¿Por qué?

—Porque no parecía una persona.

Durante unos segundos permaneció en silencio.

—Parecía un esqueleto.


Después de escuchar tantos relatos decidí entrar al cementerio.

Caminé durante más de una hora por sus calles silenciosas.

Entre mausoleos.

Esculturas.

Y largas galerías de nichos.

La Chacarita tiene algo particular.

Incluso durante el día resulta fácil olvidar que uno sigue en Buenos Aires.

El ruido de la ciudad desaparece.

El tiempo parece avanzar más despacio.

Y la sensación de estar observando una ciudad detenida en otra época resulta inevitable.

Finalmente emprendí el regreso.

Salí por la entrada principal mientras el sol comenzaba a descender lentamente.

Los taxis seguían pasando frente al cementerio.

Uno tras otro.

Modernos.

Comunes.

Perfectamente normales.

Pensé que la investigación había terminado.

Y entonces ocurrió algo.

A unos cien metros de distancia vi un Falcon negro detenido junto al cordón.

Era antiguo.

Impecable.

Demasiado impecable.

Permaneció allí apenas unos segundos.

Lo suficiente para llamar mi atención.

Cuando intenté acercarme, el semáforo cambió.

Un colectivo pasó frente a mí.

Y cuando volví a mirar...

el automóvil ya no estaba.

Quizás simplemente arrancó.

Quizás dobló en alguna calle lateral.

Quizás nunca estuvo allí.

Pero todavía recuerdo una última cosa.

Mientras desaparecía entre el tránsito, me pareció distinguir una silueta inmóvil detrás del volante.

Observándome.

Esperando.

Como si supiera que algún día todos terminamos realizando el mismo viaje.

Y que algunos pasajeros...

simplemente llegan antes que otros.